La Vigilia del Rey Errante

Las fauces

Una penumbra densa y húmeda cobijaba el pantano, haciéndolo parecer aún más oscuro y hostil de lo que ya era. El susurro del viento entre los árboles retorcidos se traducía en un lamento inquietante, apenas aliviado por los débiles destellos de algunas luciérnagas que revoloteaban sobre el agua estancada, aportando un atisbo de calidez irreal a la fría noche.

En el interior de una de las chozas colgantes, Zillas permanecía inmóvil. El murmullo de voces en un idioma desconocido y gutural que se filtraba a través de las delgadas paredes de madera tensó cada fibra de su cuerpo; cuando los pasos pesados comenzaron a aproximarse a la entrada, la sangre se le heló en las venas. La puerta se abrió y por ella ingresó su captor, Limnne, escoltando a un hombre que desentonaba por completo con la rudeza del entorno.

Era un individuo de cabello rubio, corto y perfectamente cuidado, vestido con ropajes elegantes que delataban la gracia y el porte de un noble de alta cuna. Sin mediar palabra, el recién llegado se aproximó al príncipe y comenzó a examinarlo con dedos fríos y meticulosos, buscando cualquier lesión que devaluara su precio. Al llegar a la pierna herida, presionó con fuerza deliberada sobre la carne. Zillas ahogó una mueca de dolor, un detalle que el examinador no pasó por alto.

—¿Qué te ocurrió aquí? —preguntó el hombre con una seriedad cortante.

—Me atravesó una flecha —respondió Zillas tras vacilar un instante, midiendo al intruso con recelo.

El noble extrajo una fina navaja de plata de su cinto y, con precisión quirúrgica, rasgó la tela del pantalón para exponer la cicatriz. Tras observarla en silencio durante unos segundos que a Zillas se le antojaron eternos, se incorporó con parsimonia.

—Fue atendida con rapidez y está cicatrizando de manera correcta. ¿Quién disparó?

—Pregúntale a tu amigo —replicó Zillas, señalando con la barbilla a Limnne, que aguardaba unos pasos atrás.

La respuesta disgustó visiblemente al noble, quien se giró con brusquedad hacia el líder de los mercenarios.

—Eso viola los términos del contrato, Limnne. Sin embargo, dado que el muchacho se encuentra en buen estado general, seré benevolente contigo: solo te descontaré quince monedas de oro del pago acordado.

—¡Pero Sir Chrysian! —exclamó Limnne, henchido de indignación—. ¡Eso es la mitad de lo que habíamos estipulado!

Chrysian clavó en él unos ojos dorados tan penetrantes e implacables que la protesta del mercenario murió en su garganta. Sin pronunciar una palabra más, el noble hizo un leve gesto con la mano para ordenarle que se retirara. Luego, dándole la espalda a Zillas, sentenció con frialdad:

—Al amanecer te llevaré conmigo. Hay personas en la corte que estarán encantadas de conocerte.

Salió de la habitación con paso firme, dejando al joven príncipe sumido en un torbellino de preguntas a cada segundo más aterradoras.

Afuera, Limnne seguía a Chrysian con evidente descontento, intentando asimilar la pérdida del botín mientras caminaban por las pasarelas colgantes. Buscando recuperar parte del oro perdido, el mercenario apresuró el paso para colocarse a su altura.

—Señor, también capturamos al hombre que acompañaba al chico. Es un guerrero formidable; se deshizo de varios de mis mejores hombres antes de caer. Su cabeza podría valer una buena suma.

—No me interesa —respondió Chrysian sin disminuir la marcha—. Haz lo que quieras con él.

—Pero, señor, si tan solo lo viera... —insistió Limnne.

Chrysian se detuvo en seco, girándose con una presencia tan imponente que obligó al mercenario a dar un paso atrás.

—Recibirás la mitad del oro por el príncipe, Limnne. No pienso gastar una sola moneda más en un simple espadachín de camino. Además, ya tienes este asentamiento y a su gente bajo tu control, ¿no es eso lo que querías?

—Sí, pero...

—Ten la certeza de que no será la última vez que requiera tus servicios —lo interrumpió Chrysian con un hilo de voz helado—. Así que, si es por el oro, no te preocupes; tendrás más oportunidades de sangrar mis arcas.

Sin darle espacio a réplica, el noble dio media vuelta y se dirigió hacia una de las casuchas mejor reforzadas, custodiada por guardias ataviados con armaduras de un oro bruñido. Limnne se quedó solo en la pasarela, con las palabras atragantadas en la garganta y una expresión de puro odio pintada en el rostro, maldiciendo en silencio la soberbia de aquel hombre.

Masticando su rabia, Limnne se dirigió hacia la cabaña más grande del complejo. Empujó la puerta con violencia, sobresaltando a los centinelas apostados a los lados, y entró en la estancia en penumbra. En el centro de la habitación, arrodillado y con las manos atadas, Kairn lo esperaba con una mirada completamente inexpresiva.

—Malas noticias, grandote —escupió Limnne con saña—. No vales nada para mis compradores. Ha llegado la hora de deshacernos de ti.

Kairn alzó la vista, manteniendo su rostro como una máscara de piedra. Limnne ordenó a los guardias que lo levantaran y lo escoltaran fuera. Descendieron por las toscas escaleras de madera hasta alcanzar los pequeños muelles que se adentraban en el agua estancada. Limnne guio al grupo hacia la plataforma más apartada, aquella que moría directamente contra las raíces colosales de un roble del pantano. Mientras avanzaban, Kairn analizó el entorno; sus ojos captaron la macabra silueta de varios cadáveres hinchados que flotaban a la deriva en las aguas oscuras.

Al llegar al extremo del muelle, Limnne se giró hacia su prisionero con una sonrisa retorcida.

—Te liberaré, mi callado amigo. Te liberaré de una vida que de todos modos iba a ser larga y dolorosa. Considéralo un acto de caridad.

Kairn lo sostuvo con una mirada fija, penetrante e imperturbable. Su silencio sepulcral irritó al mercenario, quien hizo una seña brusca a sus hombres. Los guardias empujaron a Kairn al agua helada y amarraron sus muñecas con fuerza a una de las raíces gruesas, obligándolo a permanecer con los brazos estirados por encima de la cabeza y el agua turbia lamiéndole el cuello.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.