La Vigilia del Rey Errante

4. Luz Nocturna

El sonido de las hojas secas crujiendo entre los árboles resonaba en el ambiente, mientras un jadeo constante se mezclaba con el cantar de los pájaros. Dos siluetas oscuras empezaban a desentonar entre la maleza a medida que el día le ganaba terreno a la noche y la luz se apoderaba del bosque.

Sin embargo, Kairn y Zillas no bajaban el ritmo. Mantenían un paso apresurado que casi parecía un trote; como siempre, con Kairn guiando el camino con el rostro endurecido y su silencio característico, y Zillas arrastrando los pasos con la cabeza gacha, encerrado en su propia mente. Cada paso le costaba más que el anterior y sentía los huesos entumecidos por el dolor. Aunque la idea de detenerse a descansar le cruzaba la cabeza, el nudo en su estómago al recordar esa noche lo obligaba a seguir.

Intentando distraerse, empezó a mirar a su alrededor, hasta que al fijar la vista en Kairn algo llamó su atención.

—¿Estás bien? —preguntó Zillas con voz apagada.

—¿Qué? —respondió Kairn sin dejar de caminar.

—Tu mano... no se ve muy bien —dijo, apuntando a su articulación hinchada y con leves tonos morados.

—Estoy bien, no es nada grave —contestó Kairn con voz serena.

Una vez más, la mudez los volvió a cubrir. El silencio inquietaba a Zillas; en ese momento no quería quedarse a solas con su mente.

—¿Quiénes eran? —volvió a preguntar, mezclando curiosidad y miedo—. Uno de ellos no parecía del pantano, está claro.

—El líder de los que nos emboscaron era un desterrado —respondió Kairn tras unos segundos de reflexión—. Junto a él había más, pero también aldeanos comunes.

—¿Y eso es raro? —preguntó Zillas, confundido.

—Bastante. Lo normal es que los aldeanos ejecuten a los desterrados nada más verlos.

—Bueno... —suspiró Zillas—. Eso es muy alentador.

—Al parecer atacaron la aldea y se hicieron con ella. Había varios cuerpos en el agua. Ese hombre, el líder...

—Limnne —lo interrumpió Zillas. Pronunciar aquel nombre hizo que sus hombros se tensaran de inmediato—. Se llama Limnne... Y el otro, el de vestimenta elegante, se llama Sir Chrysian. Él lo contrató para que me capturara —añadió en un murmullo tembloroso.

La mención de este último nombre hizo a Kairn encerrarse en sus pensamientos por unos momentos. Aquel hombre lo inquietaba: no lo había visto antes, pero se le hacía conocido. Sin que se diera cuenta, su agarre sobre el pomo de la espada se hizo más firme.

—Los hombres como él... —murmuró Kairn, aún ensimismado— no cruzan la cordillera en vano, y menos se adentran en el pantano. Algo verdaderamente grande hizo que se moviera.

Al escuchar lo que dijo Kairn, un frío escalofrío le corrió por la espalda a Zillas, que nada tenía que ver con la brisa matutina. Apartando la mirada, sus ojos se quedaron sin brillo, transportado a un recuerdo que preferiría haber olvidado.

—Él vendrá por mí... —dijo con voz temblorosa, caminando un poco más lento—. No se detendrá hasta encontrarme.

El guerrero, notando el cambio brusco en su compañero, desaceleró la marcha para ponerse a su lado. Mirándolo con una leve sombra de sonrisa, dijo:

—Les llevamos ventaja —apoyando suavemente su mano en el hombro del joven—. Solo hay que caminar un poco más.

Aquel gesto le devolvió la esperanza a Zillas. Le devolvió la mirada a Kairn y siguió su camino a su lado en un silencio menos pesado.

Pero por la mente de Kairn pasaban muchas preguntas que en ese momento no sería adecuado responder. Resignado, solo pudo pensar: «Chico... ¿en qué estás metido?».

Las horas pasaban, el sol se movía y ellos no se detenían. Avanzaban sin parar sorteando arroyos, túmulos y rocas. A medida que avanzaban, el entorno cambiaba: de un bosque espeso y con maleza que dificultaba caminar, pasaron a una arboleda con inmensos árboles y espacios más abiertos. Kairn caminaba con la misma soltura de antes; un poco más atrás, los pasos de Zillas eran más cortos y torpes.

Al pasar por encima de unas rocas, su mente y su cuerpo no se pusieron de acuerdo y cayó al suelo como un fardo. Kairn, escuchando el golpe que acababa de darse Zillas, se dio media vuelta y, al verlo tendido, suspiró y se acercó a socorrerlo. Lo levantó un poco hasta que comprobó que aún estaba consciente. Zillas, sintiendo que el peso en cada extremidad era tal que casi no podía moverse, dijo con la voz apagándose lentamente:

—Déjame descansar un momento... solo un momento...

Kairn lo miró por unos segundos, alzó una ceja en su inexpresivo rostro y lo dejó acomodado en la tierra. Se volvió a erguir, examinó los alrededores con la mirada y, sujetando a Zillas con firmeza, lo ocultó tras unas densas malezas.

Zillas, aún en el suelo, lo siguió con la mirada hasta que el guerrero se alejó. El cielo que ya comenzaba a apagarse distrajo al príncipe: el contraste entre la tenue luz del sol poniente y el destello de las primeras estrellas le brindó una extraña calidez a su cansado cuerpo. Agudizando el oído, empezó a prestar atención a su entorno.

El ruido del bosque en ese momento pareció aumentar. El latido de su corazón retumbaba en sus oídos y cada crujido de ramas o el revoloteo de las aves le sonaba demasiado cercano. A lo lejos escuchó pasos imprecisos que no sabía si pertenecían a un conejo, a un ciervo o al mismo Kairn. Poco a poco, el cansancio se enroscaba en él como una serpiente y Zillas simplemente se dejaba llevar, hasta que Kairn irrumpió entre la maleza, sobresaltándolo.

—Encontré un lugar seguro para pasar la noche —dijo Kairn, sujetando al joven y tirando de él hacia arriba.

—Ah... Eso es bueno —respondió Zillas después de unos momentos, colgado al hombro de Kairn e intentando calmarse.

Al llegar a unos pocos metros de donde estaban, yacía un gran tronco caído cubierto de musgo que lo hacía pasar desapercibido, justo en medio de otros inmensos árboles que sobresalían. El tronco era tan colosal que Kairn podía caminar tranquilamente en su interior. Metió a Zillas casi hasta el fondo, lo dejó en el suelo de una forma poco gentil y le dijo:



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En el texto hay: persecucion, aventura, fantasia oscura

Editado: 28.07.2026

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