La Villa de la Desesperación

Capítulo 3

Para mi sorpresa, Saulė y Janina se encuentran en la entrada de mi casa. Le ordeno a Rūta que me espere entre la arboleda del frente.

—¡Eh, Milán, hola! —exclama Janina apenas me ve acercarme desde la distancia. Está decidida a hacernos sentir normales. Agradezco eso— ¿No pudiste contener la emoción del viaje y saliste a correr? Una fantástica idea... Eh, Milán..., ¿qué te pasó?, ¿te golpearon?

Saulė y Janina se me pegan como remoras a estudiar mis heridas. Solo atiné a lavarme el rostro con el agua helada de una manguera antes de llegar. Saulė me siente la superficie del parpado con precaución, pero aun así me provoca un dolor que cala en mí profundamente.

—¿Qué hacen aquí? —suelto, buscando cambiar el tema— Deberían de estar en la escuela.

—No intentes cambiar el tema —reprocha Janina, sin apartar su mirada de mi rostro hinchado. Luego suspira—. Es nuestro último año, algunos maestros nos permiten irnos antes. Habíamos prometido ayudarlos con la mudanza, así que... aquí estamos.

Saulė toma la palabra.

—¿Deberíamos ir al hospital? —. Distingo un leve tono de disgusto en su voz, como si le diese asco mi semblante morado y rojizo.

Aunque Janina estaba por contestar con un firme, me apresuro y digo que no, que no y por nada del mundo, que no y que nadie, nadie, nadie lo necesitaba saber jamás.

—Guárdenme este secreto, por favor... No le cuenten nada a mi hermana —suplico con la voz más tierna que encuentro en mi registro.

—Em... —desliza Saulė, indirecta. De repente escucho pasos detrás de mí.

—¿¡Qué de tu hermana!? —exclama Laura, corriendo hacia aquí. Pone sus manos sobre mi pecho y me abraza por la espalda. No puedo corresponder ni en lo más mínimo a su alegría. Mi mundo está perturbado y mis piernas temblorosas no consiguen soportar todo este peso. Mi corazón vuelve a latir convulso.

—¡Nada, nada, nada! —repito y me escondo entre mis manos, simulando que me masajeo el sueño aparte de mi rostro.

Janina suelta un gran suspiro y camina hacia Laura. Se abrazan con fuerza y comparten una risita de mejores amigas; esas que se recuerdan su amor cada diez segundos.

—¿No han llegado los chicos? —pregunta Laura hacia Janina, mientras, por detrás, se acercan Aleksas y Lukas. Todos, ellas y ellos, venían en el auto de Aleksas; aquel que está estacionado al puro frente de nuestra casa. Misma de la que se despidieron anoche con aquella reunión.

—Linas y Vilius salieron a La Cueva del Rock. Quieren un mezclador de sonido por el que aún no han ahorrado lo suficiente, ¡pero quieren comprobar que nadie se lo haya llevado aún! Ya nos podrían haber dicho que no querían ser parte de esto. Lukas tenía clases que no se podía saltar, ya que el hombre no las da con las matemáticas; ¡pero se las saltó para estar aquí!

Lukas se encoje de hombros, modesto.

—Era solo una asesoría.

—Eh, pero no creas que te esperaré otros ochenta años a que te gradúes, ¿¡está bien!? —aboga Saulė, su novia.

—¿Ya hicieron las paces nuestras dos divas? —ironiza Laura, refiriéndose a Vilius y Linas. Ellos, junto a Lukas, están en un prototipo de banda masculina de rock.

—Lo dudo, de vez en cuando se llevan bien, pero Vilius es un caso perdido; todo lo vuelve problemas —sentencia Saulė, plantando, como siempre, la semilla de la discordia entre ella y su hermano, Vilius—. De no ser porque él y su don familiar en la música los llevan en la espalda, Linas lo habría expulsado hace bastantes meses de la banda. Pero pues, bueno, Linas es un vocalista terrible y Lukas, aunque lo amo —. Siempre utiliza ese recurso cuando va a quejarse de algo que hace su novio, "aunque lo amo"—, no es muy buen guitarrista. Vilius, aparte de ser el baterista y hacer arreglos de piano, también compone pistas en aplicaciones, balancea todos los sonidos, salpica indiscretamente los errores de Linas con autotune. Él es el alma de aquella banda. En general, los otros dos son un poco horribles.

—A mí me parece divertido—rescata Janina—, nadie tiene que ser perfecto para intentar hacer algo.

—Si estuvieran empezando; pero Janina, llevan meses con esto —. Saulė lloriquea dramáticamente—. Con el dinero del mezclador de sonido, Lukas me habría podido llevar a cenar al Amandus. Dicen que los postres de ahí hacen llorar a las personas de felicidad.

—¿Una cena en Amandus sonaría así? —. Janina imita el sonido del teclado eléctrico, hasta que Saulė le indica que se detenga. Laura se ríe con ella. Aleksas se acerca más al portal.

—Bueno. En unos minutos viene mi padre con la camioneta. ¿Qué les parece si comenzamos a sacar sus maletas?

—¡Está bien! —exclama Laura, después me golpea levemente la espalda con su mano abierta—, ¿terminaste tus maletas?

Escondo mi mirada por el sentido contrario a donde está ella.

—Pues, casi..., igual, tengo que hacer algo primero. Volveré para marcharnos.

—Pero... —desliza Laura. La interrumpo.

—De tomas maneras, viajo ligero; no tengo casi ropa en mi clóset.

—Pero... —. Quiere hablar. La interrumpo.



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En el texto hay: crimen, asesinato, madurez

Editado: 26.07.2025

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