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El sonido de las cañerías de St. Hilda a las seis de la mañana sonó, como siempre, como una sirena llamando al turno de fábrica. Pero esa mañana, Camila ya estaba despierta.
Llevaba con los ojos abiertos desde las cuatro, viendo cómo la oscuridad de su ventana se diluía en ese gris plomizo y húmedo de Oxford. No había dormido bien, pero no por rabia. La palabra "despacho" seguía flotando en el silencio de la habitación, pero ya no ardía. Se había enfriado hasta convertirse en un dato.
Un dato que le indicaba cuánto le faltaba por recorrer.
Se levantó de la cama con movimientos tranquilos. El caos de emociones de la noche anterior se había asentado, dejando lugar a una claridad práctica. Tenía una reunión a las cuatro. Tenía diez horas.
Diez horas para asegurarse de que, cuando entrara en el terreno de Aiden Sinclair, no lo haría como una turista perdida, sino como alguien que ha estudiado el mapa.
Se duchó con agua fría para despejarse y se vistió con su uniforme habitual: jeans oscuros, suéter gris. Se sentó frente a su escritorio, pero no abrió los libros de econometría. Abrió su laptop y escribió un nombre en el buscador: Aiden Rhodes Sinclair.
Lo que encontró no fue un perfil de estudiante, sino un historial corporativo. Apellidos entrelazados con bancos, fundaciones y propiedades que se remontaban a siglos atrás . No era intimidante; era instructivo. Estaba tratando con una institución, no solo con un compañero de clase.
Su teléfono vibró sobre la madera. Un mensaje de Chloe.
Chloe: ¿Café en El Caldero antes del suplicio de las 10? Necesito descargar mi odio hacia el Derecho Romano o voy a prender fuego algo.
Camila sonrió. Chloe era su único cable a tierra en la locura de Oxford. Una chica con una cuenta bancaria abultada pero con la sensibilidad de una forastera, alguien que entendía lo absurdo de todo aquello.
Camila: Voy para allá.
Veinte minutos después, Chloe ya estaba instalada en una mesa con un café con leche y un croissant a medio terminar. Su abrigo de diseño colgaba de la silla con un descuido que Camila envidiaba secretamente .
—Te ves... intensa —dijo Chloe a modo de saludo, analizándola por encima de sus gafas—. ¿Noche larga con tus economistas muertos?
—Algo así —respondió Camila, sentándose—. Tuve una sesión de trabajo ayer. Con mi compañero.
—¿Y quién es el afortunado? —preguntó Chloe, untando manteca en su medialuna.
—Un tal Aiden Sinclair.
La mano de Chloe se detuvo en el aire.
—¿Aiden Sinclair? —repitió, bajando el cuchillo—. ¿Ese Aiden?
Camila asintió, restándole importancia.
Chloe soltó un silbido bajo y se inclinó sobre la mesa, bajando la voz.
—Cam, ese chico es... un espécimen raro. No es solo dinero viejo. Es de esa clase de gente que camina por el mundo como si el suelo se hubiera pavimentado solo para ellos . Es la realeza de acá. Y lo peor es que ni siquiera se dan cuenta. Para ellos, es lo normal.
Camila revolvió su café negro.
—Me di cuenta —dijo—. Ayer me preguntó si nos reuníamos en su despacho o en el mío. Lo dijo con una naturalidad total.
Chloe hizo una mueca de simpatía.
—Uf. Eso es... un idioma, Cam. Él habla un idioma que nosotras no entendemos, y ni siquiera sabe que lo está hablando. Es como un pez que no sabe que está mojado .
—Lo sé. Por eso no me enojé. Solo... tomé nota.
El teléfono de Camila vibró de nuevo sobre la mesa. Una notificación de correo electrónico iluminó la pantalla.
De: Aiden Rhodes Sinclair
Asunto: Cambio de planes - Reunión de hoy
Camila sintió una leve tensión en el estómago. Abrió el mensaje.
Wilde,
He estado revisando el esquema y necesito acceso a la base de datos privada de mi familia sobre tendencias de inversión de los 80, así como a algunos volúmenes de la biblioteca de mi abuelo. Sería ineficiente transportar todo ese material.
Nuestra reunión de hoy a las cuatro será en mi casa. La dirección es 14 Wellington Square.
Espero puntualidad. ARS.
Camila leyó el correo dos veces. No era una invitación; era una instrucción logística. Fría, práctica, eficiente.
—¿Qué pasa? —preguntó Chloe, notando su silencio.
Camila giró el teléfono para que leyera. Chloe leyó y levantó las cejas.
—Vaya. El Príncipe de Hielo te convoca a su castillo —dijo, mitad en broma, mitad en serio —. Wellington Square. Eso es territorio serio, Cam.
Camila miró el mensaje. La biblioteca era terreno neutral. Su casa... su casa era otra cosa. Era entrar en su mundo bajo sus reglas. Podía negarse. Podía decirle que trajera los libros.
Pero recordó su resolución de la noche anterior. No vas a ser una visita. Vas a ser una igual.
Si él quería jugar de local, ella iría. No para ser intimidada, sino para ver. Para entender dónde vivía el pez que no sabía que estaba mojado.
—Voy a ir —dijo Camila, bloqueando el teléfono y guardándolo en el bolsillo—. Si él prioriza la eficiencia, yo también.
Chloe la miró con una mezcla de admiración y preocupación.
—Solo tené cuidado —dijo—. Esa gente... a veces se olvidan de que los demás somos reales.
—No te preocupes —respondió Camila, terminando su café—. No voy a dejar que se olvide.
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El tiempo entre el café con Chloe y las cuatro de la tarde se estiró como una banda elástica a punto de cortarse. Camila intentó concentrarse en sus lecturas, pero las palabras bailaban en la página sin sentido. Su mente ya no estaba en la teoría; estaba en Wellington Square.
Repasó la situación una y otra vez, no con enojo, sino con la distancia fría de quien revisa un plan de operaciones. La indiferencia de él en el correo. La decisión de ella de ir.
Si él puede ser práctico, yo también.
A las tres y media, cerró los libros. Se miró en el espejo agrietado que colgaba en la puerta de su armario. Vio sus ojos oscuros, serenos. Se alisó el saco de segunda mano, su armadura habitual. Estaba tan preparada como era posible estarlo.
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Editado: 18.12.2025