La llamada de la sangre 🌑
Kael
No dormí. No podía.
La luna había bajado, y aun así, el eco del aullido seguía ardiendo en mi garganta. Algo me ataba a esa humana, algo que ni siquiera mi instinto más salvaje podía ignorar. Y lo peor era que no era solo mío: lo sentía en el aire, en la manada, en el silencio expectante de los bosques.
Ariadna.
Ese nombre que jamás debí pronunciar en voz alta.
Me obligué a caminar hasta la colina, donde el resto de los míos aguardaba. Sus miradas eran cuchillos clavados en mi espalda. Ellos sabían. Mi olor me delataba, mi indecisión me traicionaba.
—Estás cambiando, Kael —dijo Darya, la loba de ojos grises que siempre había estado a mi lado—. El circo te está tentando, y no con sangre.
No respondí. No podía.
Ella se acercó más, sus pupilas brillando con furia contenida.
—Si sigues así, no solo te perderás a ti mismo. Nos perderás a todos.
Me giré hacia el horizonte. Desde allí se veía el resplandor de las luces del Circo de Medianoche, brillando como estrellas envenenadas. Ese lugar era un veneno, lo sabía. Y sin embargo, algo en mí me empujaba hacia él.
El aullido volvió, esta vez más nítido, más real. No venía de mí, ni de mi manada. Venía de allá… del circo.
Y supe, con un escalofrío recorriéndome la espina dorsal, que no era un llamado cualquiera. Era una advertencia.
Ariadna estaba en peligro.
Mi pecho se tensó. Una parte de mí gritaba que la dejara, que era solo una humana atrapada en un juego que no podía comprender. Pero otra, más profunda y salvaje, me rugía que si no la protegía, no sería digno de llamarme lobo.
—Kael —la voz de Darya me alcanzó de nuevo, fría y cortante—. Si cruzas esas luces otra vez, no habrá retorno. Te convertirás en enemigo de tu propia manada.
No respondí. Solo bajé la cabeza, dejando que la sombra de mi transformación recorriera mis venas.
—Entonces, que así sea.
Corrí. Corrí hacia las luces malditas del circo, hacia la trampa, hacia la sangre. Porque aunque me arrancara la piel, no podía dejarla sola.
Y mientras la noche me envolvía, una certeza se clavó en mi interior:
Lucien ya me estaba esperando.
El aire cambió apenas crucé el borde del bosque. Era más espeso, cargado con un perfume metálico que reconocí de inmediato: sangre fresca.
Mis garras se clavaban en la tierra húmeda mientras avanzaba. Cada paso que daba hacia el circo era un paso que me alejaba de los míos. La lealtad a la manada pesaba en mi pecho como una cadena rota, pero la imagen de Ariadna, sola entre vampiros, me impulsaba más fuerte que cualquier juramento.
El terreno se abrió, y allí estaba: el Circo de Medianoche, con sus carpas resplandecientes y sus luces que parpadeaban como si respiraran. El bullicio de risas, gritos y música cubría la verdadera melodía que solo yo podía escuchar: el murmullo de colmillos deslizándose, el pulso de los vampiros ocultos entre los espectadores.
Me detuve en la penumbra, mi cuerpo entre humano y bestia, sintiendo cómo los ojos rojos de ellos ya me miraban desde las sombras.
Lucien sabía.
No era ingenuo. Había dejado que yo oliera su rastro, que lo siguiera como un perro tras un hueso. Quería que yo viniera.
Pero lo que no esperaba era lo que descubrí cuando mi oído agudo captó su voz, suave como veneno, dentro de la gran carpa.
—Mi querida Ariadna… la carta ha despertado.
Un gruñido me escapó sin querer. La rabia me recorrió entero. Esa baraja no era un simple truco, lo sabía. Los vampiros siempre habían buscado objetos antiguos, reliquias con poder, y ahora habían elegido a esa chica como pieza en su juego.
Mis colmillos asomaron. Mi corazón latía con violencia.
Y entonces, lo sentí.
Su latido.
Ariadna estaba ahí dentro. Su corazón golpeaba rápido, desbocado, como un tambor llamando a la guerra.
—Aguanta —murmuré, más para mí que para ella—. No dejaré que te arranquen lo que eres.
Me lancé hacia adelante, atravesando las sombras, listo para irrumpir en la boca de la bestia aunque me costara la vida.
Y en lo más profundo de mi pecho, la certeza se encendió como fuego: esta noche, o me convertía en traidor de mi especie… o en el único lobo capaz de desafiar a un rey vampiro.
Los pasos se escuchaban dentro de la carpa, un eco de botas firmes, acompasadas, que anunciaban dominio. Lucien caminaba como un rey en su trono, y yo, escondido entre las sombras de los postes, lo observaba como un lobo hambriento listo para saltar sobre su presa.
Pero no era él lo que me mantenía con el corazón en llamas. Era ella.
Ariadna estaba de pie en el centro, con la baraja en sus manos, temblando. Vi cómo intentaba ocultar el miedo detrás de su respiración acelerada. Vi cómo su mirada buscaba salidas, aunque sabía que ninguna la llevaría lejos.
El aire entre ellos era un juego de espejos: Lucien con su sonrisa de depredador, ella con sus ojos ardiendo de valentía. Y yo, atrapado entre mis instintos y mi deber, jurando que si daba un paso de más, rompería la delgada línea que aún me separaba de la guerra abierta.
Lucien extendió una mano hacia la baraja.
—No temas, pequeña —dijo, su voz como seda envenenada—. No lucho contra ti… lucho a través de ti.
Mis músculos se tensaron. No entendía del todo sus palabras, pero sabía lo suficiente: quería usarla.
Un rugido silencioso se formó en mi garganta. No podía esperar más. El bosque detrás de mí ya no importaba, ni la manada, ni las reglas que alguna vez juré.
La madera crujió bajo mis pies cuando di el primer paso hacia la carpa. Ya no había marcha atrás.
Esa noche, las cartas habían elegido a Ariadna…
y yo había elegido a Ariadna también.
El destino estaba marcado.