El lobo en la carpa 💥
Ariadna
Lucien me tenía atrapada con la mirada, como si sus ojos fueran un ancla que no me dejaba moverme. Sus palabras aún resonaban en mi mente: “No lucho contra ti… lucho a través de ti”.
Yo no entendía, pero mi piel sí lo hacía: estaba ardiendo, la baraja en mis manos vibraba como un corazón que no era mío. Cada carta pulsaba, y podía jurar que escuchaba voces en susurros, antiguas, reclamándome.
De pronto, un crujido.
No venía de la baraja.
Era la madera de la carpa, detrás de mí.
Lucien giró apenas la cabeza, como si ya lo supiera, y entonces lo vi. Una sombra grande, peligrosa, un cuerpo que emanaba fuerza. Sus ojos dorados atravesaron el espacio como cuchillos encendidos.
Kael.
Sentí que el aire se partía en dos.
Por un lado, la calma venenosa de Lucien, elegante, sereno, como un depredador que nunca se ensucia las manos.
Por el otro, Kael, tenso, puro instinto, con esa mirada que me decía sin palabras: “Aléjate de él”.
Yo estaba en el medio.
La baraja latió más fuerte, como si se alimentara de la tensión. Mis dedos comenzaron a sangrar: pequeños cortes aparecieron en la piel sin que yo hiciera nada, y la sangre fue absorbida por los bordes negros de las cartas.
Lucien sonrió.
—Ah… —murmuró, saboreando el instante—. El lobo y la vidente… qué encantadora coincidencia.
Kael dio un paso al frente, gruñendo apenas, sus dientes mostrando lo que realmente era.
—No la toques.
Su voz no era humana del todo, tenía un eco salvaje, como si el bosque hablara con él.
Yo retrocedí un poco, el corazón desbocado. Entre ellos dos, no sabía quién era más peligroso… ni quién me estaba protegiendo de verdad.
Lucien inclinó la cabeza, divertido.
—Protección… —rió suavemente—. ¿Eso crees que puedes darle, cachorro? Esta niña no necesita un guardián. Necesita aceptar lo que ya es.
Sus ojos volvieron a mí, y sentí que un abismo se abría bajo mis pies.
La baraja se estremeció con tanta fuerza que varias cartas salieron disparadas al aire. Una de ellas cayó frente a mí, dándome la cara.
El Lobo.
Mis manos temblaron. ¿Era una advertencia? ¿Un destino?
Kael rugió con furia, y yo solo pude gritar cuando la carpa entera estalló en un viento gélido, las velas apagándose de golpe, dejando todo en tinieblas.
El aire se volvió tan denso que me costaba respirar. Las velas apagadas habían sumido la carpa en un negro absoluto, pero aun así yo podía sentirlos: el frío afilado de Lucien y la rabia ardiente de Kael. Eran polos opuestos, y yo era el centro del campo de batalla.
Las cartas giraban a mi alrededor como si tuvieran vida propia. Chocaban entre sí, dejando destellos de luz pálida que iluminaban por segundos los rostros de ambos. Lucien parecía disfrutarlo: su sonrisa era casi un reto. Kael, en cambio, parecía un animal acorralado, los músculos tensos, las uñas creciendo en garras.
—Ariadna, escúchame —dijo Kael, su voz ronca—. Suéltalas. No dejes que te controlen.
—Ella no las controla —respondió Lucien con calma—. Son ellas quienes la eligen. ¿No lo ves, lobo? La baraja ya probó su sangre. Es su dueña legítima.
Yo temblaba, con las manos heridas y rojas. La baraja seguía drenando mi energía, como si no me perteneciera, como si yo fuera solo un canal.
—¡Basta! —grité, y de mis manos estalló un resplandor.
Las cartas volaron como un enjambre y se clavaron en las paredes de la carpa, cada una brillando con símbolos distintos: el Sol, la Luna, la Muerte, el Lobo, el Vampiro… todas me observaban.
Lucien dio un paso hacia mí, sus ojos oscuros reflejando aquella luz sobrenatural.
—¿Lo sientes, Ariadna? —susurró—. El poder es tuyo… solo tienes que reclamarlo.
Kael se interpuso entre nosotros de inmediato, su silueta cubriéndome. Lo escuché gruñir, más animal que humano.
—Si la tocas, juro que…
Lucien lo interrumpió con una carcajada baja y peligrosa.
—¿Que me matarás? —ladeó la cabeza—. Oh, lobo… ¿aún no lo entiendes? Ella no necesita que la salves de mí. Necesita que la salves de sí misma.
Mis piernas flaquearon. No sabía en quién confiar.
De pronto, una carta ardió con tanta fuerza que cayó del muro y se clavó en el suelo frente a mí.
Era La Torre, partida en dos por un rayo.
Sentí que un escalofrío me recorrió la columna.
La carpa tembló como si el mundo entero fuese a derrumbarse sobre nosotros.
Y en ese segundo, antes de que todo se hundiera en caos, lo entendí:
No eran enemigos al azar. Lucien y Kael estaban ligados por algo más oscuro.
Y yo… era el centro de esa unión.