Bajo la piel del lobo (II)🔥
Kael
El olor a sangre me quemaba las fosas nasales. La sangre de Ariadna. La baraja la estaba devorando poco a poco, y Lucien disfrutaba como si fuera un espectáculo más de su maldito circo.
Mi lobo interior rugía, exigiendo salir, desgarrar, acabar con ese vampiro de sonrisa helada. Pero si me transformaba dentro de la carpa, podría perder el control. Y ella estaba en medio. No podía arriesgarme.
—¿Qué demonios quieres de ella? —le solté, con los colmillos apenas contenidos.
Lucien inclinó la cabeza, como si fuera un director de orquesta saboreando cada segundo del caos.
—No lo entiendes, Kael. Ella ya está marcada. La baraja no escoge al azar… siempre cobra un precio.
Lo miré fijamente.
—¿Qué precio?
Lucien sonrió, y esa sonrisa fue más cruel que cualquier amenaza.
—Su vida… o la tuya.
Ariadna me miró entonces. Sus ojos estaban enrojecidos, no sé si de dolor o de miedo. Sus labios temblaban, como si una parte de ella quisiera gritarme que corriera, que la dejara allí. Pero no podía.
Las cartas resplandecían en las paredes como un enjambre de estrellas negras. Cada símbolo ardía con un significado oculto que no comprendía, pero lo sentía en mis huesos: aquello no era magia cualquiera. Era destino.
Di un paso hacia Lucien, el aire vibrando con mi furia contenida.
—No dejaré que la uses.
Lucien no se movió. Solo me observó con esa calma insoportable.
—El problema, lobo… es que tal vez ella ya no te pertenece a ti.
Mis garras brotaron sin que pudiera detenerlas. La carpa se estremeció con un viento extraño, como si respondiera a nuestra tensión. Estaba al borde de lanzarme, de hundir mis colmillos en su garganta.
Pero entonces Ariadna gritó.
Las cartas comenzaron a girar con más fuerza, desatando un torbellino que arrancaba la tela de la carpa. Los símbolos brillaban tanto que apenas podía mantener los ojos abiertos.
Vi una cosa entre todo ese caos:
Dos cartas flotando frente a mí y Lucien.
El Lobo.
El Vampiro.
Ambas se encendieron al mismo tiempo… y se unieron en un estallido de luz.
El rugido de mi lobo se mezcló con la risa oscura de Lucien.
Y comprendí lo que Ariadna había descubierto en silencio:
Nuestros destinos estaban entrelazados.
La explosión de luz me obligó a cubrirme los ojos con el antebrazo. El viento era como un huracán enjaulado dentro de la carpa, arrancando lonas, quebrando estacas y haciendo volar la ceniza de las antorchas.
Cuando la claridad se disipó un poco, vi algo que me heló la sangre: las dos cartas seguían en el aire, fundidas como si fueran una sola. Mitad colmillo de lobo, mitad garras de vampiro. El símbolo palpitaba como un corazón vivo.
Ariadna cayó de rodillas, sujetándose el pecho, jadeando como si le arrancaran el aire. Corrí hacia ella, pero una fuerza invisible me detuvo en seco, empujándome contra el suelo. Mis músculos ardían, como si alguien intentara desmembrarme desde dentro.
Lucien tampoco salió ileso. Su sonrisa se quebró un instante cuando la nueva carta lo alcanzó en el pecho como una lanza de fuego. Vi cómo sus ojos se ennegrecían aún más, y escuché un gruñido gutural que no parecía humano.
—Esto no debía ocurrir —escupió, con la voz quebrada, como si el control se le escapara.
Yo mismo temblaba. Mi lobo rugía dentro de mí, desatado, como si aquella carta hubiera abierto la jaula donde lo mantenía. Pude sentir su hambre, su deseo de destrozar todo lo que se interpusiera.
Ariadna levantó la vista. Sus labios sangraban, pero en sus ojos brillaba algo más fuerte que el dolor: una certeza.
—No lo entienden… —dijo con un hilo de voz—. Las cartas no eligen entre ustedes. Los atan.
El aire se quebró con esas palabras. Lucien me miró, y en su mirada había puro odio… y un destello de miedo.
La carta flotante se incrustó de golpe en el suelo, como una daga, y el circo entero se estremeció. Sentí un temblor recorrer el suelo, como si algo muy antiguo despertara bajo nosotros.
Lucien retrocedió un paso, los colmillos expuestos.
—Esto cambia todo.
Yo apenas podía mantenerme en pie. La mitad de mi cuerpo ardía como si se transformara solo, sin mi permiso. Y lo supe: la baraja había decidido. No habría camino sin sangre entre vampiros y lobos.
Ariadna se desmayó en mis brazos antes de poder decir nada más.
Lucien se desvaneció en las sombras, como si la carpa lo hubiera tragado, pero no sin antes dejarme sus últimas palabras:
—Si quieres salvarla… tendrás que matarme.
Y allí quedé, sosteniendo a Ariadna, con el símbolo de la carta brillando a nuestros pies, grabado en la tierra como una herida.