Ecos en mi sangre🌪️
Ariadna
El mundo volvió a mí como un murmullo distante. Lo primero que sentí fue el frío: un frío que no venía del aire, sino de dentro de mí, como si mi propia sangre se hubiera convertido en hielo.
Abrí los ojos de golpe. El techo de la carpa ya no estaba sobre mi cabeza; en su lugar, vi un cielo oscuro, cargado de nubes que parecían presionar contra la tierra. Estaba recostada sobre algo duro y cálido a la vez. Tardé unos segundos en entender: los brazos de Kael.
—Despierta, Ariadna —su voz sonaba tensa, quebrada—. Necesito que te quedes conmigo.
Intenté moverme, pero un dolor agudo me atravesó el pecho, justo donde había sentido que las cartas me quemaban. Bajé la mirada y vi una marca. Una especie de tatuaje negro que no recordaba tener, extendiéndose como raíces bajo mi piel.
—¿Qué… qué es esto? —susurré, tocando la cicatriz viva.
Kael evitó mi mirada, como si tuviera miedo de la respuesta.
—La carta te eligió. Pero no solo a ti… también a mí. —Me mostró su brazo: la misma marca, aunque en forma de garras que parecían moverse como si fueran reales.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Las cartas habían unido nuestras sangres. Vampiro y lobo, enemigo y enemigo… ¿y yo en medio?
Cerré los ojos, y entonces ocurrió. Una visión me arrastró sin permiso. Vi al Circo de Medianoche ardiendo en llamas, vi lobos y vampiros destrozándose entre sí, y vi mi propio reflejo… con ojos que no eran míos. Eran rojos, profundos, y me miraban desde dentro.
Grité y la visión se rompió, devolviéndome al presente. Kael me sujetó fuerte, como si quisiera evitar que me rompiera.
—Dime qué viste —ordenó.
Tragué saliva, la voz temblando.
—Vi… el final del circo. Y no sé si… si era yo quien lo destruía.
Kael endureció la mandíbula.
—Entonces no podemos quedarnos aquí. Lucien no va a esperar. Y esas cartas tampoco.
El viento sopló con fuerza, levantando polvo y cenizas del suelo. La marca en mi piel ardió otra vez, como un recordatorio cruel. Comprendí que ya no era solo una espectadora del Circo de Medianoche. Era parte de su maldición.
Kael se inclinó hacia mí, su voz un murmullo entre los rugidos del viento:
—Ariadna, de ahora en adelante… lo que te pase a ti, me pasará a mí. Estamos atados.
Y en el fondo de su mirada, junto al lobo salvaje que brillaba en ella, vi un destello de miedo. Un miedo que no provenía de Lucien, ni del circo, sino de lo que yo misma podía llegar a ser.
El silencio después de mis palabras fue insoportable. El viento agitaba las lonas rasgadas del circo como si fueran alaridos. Kael mantenía su mirada fija en el horizonte, con la mandíbula apretada, como si luchara contra algo invisible.
—¿Atados? —repetí, la voz rota—. No… no puede ser. Yo no elegí esto.
—Ni yo —respondió con un gruñido bajo—. Pero las cartas no piden permiso.
Intenté apartarme de él, pero mis piernas flaquearon. Apenas logré sostenerme de pie, y un hormigueo extraño subió por mi brazo derecho. La marca se encendió con un fulgor negro y rojizo. Al mismo tiempo, Kael se llevó la mano al pecho como si compartiera mi dolor.
—¿Lo sentiste? —pregunté con los ojos abiertos de par en par.
—Sí —admitió, respirando con dificultad—. Tu herida es la mía. Y lo que sea que intentes hacer, lo sentiré en carne propia.
Un terror distinto al que me producía Lucien o el circo me invadió. No era miedo de él, sino de lo que significaba estar unida a un lobo, enemigo jurado de los vampiros. Yo había vivido entre las sombras del circo toda mi vida; él venía de una guerra. Y ahora éramos un mismo cuerpo dividido en dos.
De pronto, el suelo vibró bajo nuestros pies. Pensé que era un temblor, pero no: era un retumbar rítmico, como tambores golpeando desde el corazón de la tierra. Las luces del circo se encendieron a lo lejos, una a una, como ojos abriéndose en la oscuridad.
Kael me tomó del brazo.
—Lucien lo sabe. Está llamándonos.
Un escalofrío recorrió mi espina dorsal. La visión del circo en llamas volvió a cruzarme la mente, y esta vez lo sentí como una advertencia.
—Si vamos… no saldremos iguales.
—Si no vamos… él vendrá por nosotros —gruñó Kael—. Y prefiero elegir mi muerte a esperar la suya.
El eco de sus palabras se mezcló con un murmullo lejano que juraría salió de las cartas dentro de mi bolso: voces susurrantes, antiguas, que pronunciaban mi nombre.
Me llevé la mano al pecho, tratando de contener el fuego que ardía en mi interior. Por primera vez en mucho tiempo, tuve miedo no solo del circo, ni de Lucien… sino de mí misma.
Kael me miró de frente, y por un instante no vi al lobo, ni al enemigo: vi a alguien tan perdido como yo.
—Entonces —susurró—, ¿estás lista para elegir?
Yo respiré hondo. Y aunque mi voz temblaba, respondí:
—No tengo otra opción.
Y juntos, caminamos hacia la entrada iluminada del Circo de Medianoche, con el presentimiento de que la verdadera función apenas estaba por comenzar.