La Voz De La La Carta Final

Cap11

Ariadna

El camino hacia la carpa principal nunca me había parecido tan largo. Cada paso que daba junto a Kael era un recordatorio de la marca ardiendo bajo mi piel, latiendo al mismo ritmo que la suya. No necesitaba mirarlo para saberlo: lo sentía, como si su respiración estuviera conectada a la mía.

Las luces del circo brillaban a lo lejos, pero ya no tenían el encanto de antes. No eran promesas de espectáculo, sino faros que me guiaban directo a una trampa. Las telas ondeaban con el viento nocturno, y en ellas juraría que veía figuras dibujadas: lobos con colmillos ensangrentados, vampiros alzando copas llenas de fuego, y yo, siempre en medio, sosteniendo la baraja.

—Podemos huir —susurré, apenas capaz de escuchar mi propia voz.

Kael no se detuvo.

—No. —Su tono era grave, definitivo—. Si huimos, Lucien nos cazará. Si entramos, al menos elegimos cómo pelear.

Tragué saliva. Tenía razón, aunque mi instinto me pedía correr, dejar atrás el circo, las cartas, a él. Pero cuando intenté imaginarlo, la marca en mi brazo me recordó la verdad: no había salida.

Al llegar a la entrada, los trabajadores del circo ya estaban allí. Sus ojos vidriosos me observaron como si me conocieran de toda la vida. Me estremecí al reconocer la falta de vida en sus gestos: eran cuerpos vacíos, marionetas movidas por hilos invisibles. Y todos me abrían paso, en silencio, como si yo fuera parte del espectáculo.

La campana sonó.

No la de la iglesia.

La del circo.

Su eco resonó en mis huesos, más fuerte que nunca, obligándome a avanzar. La multitud comenzó a reunirse en las gradas, atraída por una fuerza que ni ellos comprendían.

Kael me rozó el hombro con la mano, firme, cálida, casi salvaje.

—No te separes de mí —ordenó.

Quise responder, pero entonces lo vi.

Lucien.

En el centro de la pista, vestido de negro y carmesí, con los brazos abiertos como un rey que recibe a su corte. Sus ojos carmesí brillaban con un gozo que me revolvía el estómago. Y su voz, suave como veneno, se alzó para llenar la carpa.

—Bienvenidos, damas y caballeros… a la función más esperada.

El público aplaudió, eufórico, sin saber que lo que se abriría esa noche no era un espectáculo, sino un abismo.

Lucien sonrió directamente hacia mí.

—Hoy —anunció—, verán bailar a la muerte con dos máscaras: la del lobo… y la de la vidente.

Los reflectores se encendieron sobre nosotros, dejándonos expuestos en el centro de la arena.

Y la baraja, dentro de mi bolso, comenzó a gritar.

El aplauso retumbaba como un trueno, pero no era humano. O al menos, no lo sentí así. Cada palma golpeando la otra era un eco hueco, metálico, como si las gradas estuvieran llenas de espectros disfrazados de público.

Lucien avanzó con la elegancia de un depredador que nunca se ensucia las garras. Cada movimiento suyo parecía ensayado, pero yo sabía que no lo era. No necesitaba actuar: el verdadero espectáculo era él.

—Esta noche —dijo, con una voz que hipnotizaba incluso a los que intentaban resistirse—, el circo revelará su verdad.

El aire en la carpa se volvió más denso. Las antorchas parpadearon, alargando sombras que parecían moverse por sí solas. Yo apretaba la baraja contra mi pecho; podía sentirla vibrar, como si latiera con mi sangre.

Kael estaba a mi lado, tenso, sus ojos brillando con un resplandor dorado apenas contenido. Nadie más parecía notarlo, o quizá nadie quería hacerlo.

—Ariadna —Lucien pronunció mi nombre como si fuera suyo, como si me perteneciera—. Muéstrales lo que escondes.

Me congelé.

—No —susurré, apenas audible.

Él ladeó la cabeza, su sonrisa era un filo que me cortaba la respiración.

—No me lo pidas otra vez.

Y entonces ocurrió. Las cartas salieron disparadas solas de mi bolso, girando en espiral sobre el aire. El público gritó, maravillado, creyendo que era parte del acto. Nadie entendía que aquello no lo controlaba yo.

Las cartas comenzaron a ordenarse frente a mí. Una, dos, tres… hasta formar un círculo resplandeciente. Cada una mostraba símbolos que jamás había visto: un sol negro, un lobo encadenado, un vampiro coronado, un corazón atravesado por un clavo de plata.

Mi voz tembló al reconocer lo que pasaba.

—Es… una tirada.

Lucien aplaudió suavemente, satisfecho.

—La baraja nunca miente. Hoy revelará quién merece sobrevivir.

Un rugido profundo, bestial, retumbó desde las jaulas cubiertas en el fondo de la carpa. El público lo celebró como un efecto de sonido. Yo, en cambio, lo reconocí al instante: no era un truco. Era un llamado.

Kael gruñó entre dientes.

—Es uno de los míos.

Las cartas brillaron más fuerte, y una se adelantó del círculo para flotar frente a mí. El reverso ardía como una brasa.

Cuando la giré, sentí que el suelo bajo mis pies desaparecía.

Era La Jaula Rota: el dibujo mostraba barrotes partidos y ojos ferales brillando en la oscuridad.

El rugido volvió, más fuerte.

Las cadenas al fondo comenzaron a crujir.

El público aplaudía, emocionado.

Yo sabía la verdad: Lucien estaba soltando a la bestia.

Y las cartas ya habían decidido que yo sería la primera en enfrentarla.



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En el texto hay: cartas, vampiros y lobos

Editado: 27.12.2025

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