La marca del vampiro🩸
Kael
El sonido del metal desgarrándose me atravesó los huesos. No era solo una jaula que se rompía: era la memoria de mi manada, el recuerdo de noches en que los nuestros fueron cazados y enjaulados como bestias de feria.
El rugido que llenó la carpa no era ajeno.
Lo reconocí al instante.
—No… —susurré, sintiendo que el mundo se me venía encima.
Los barrotes cayeron con estrépito, y de la oscuridad surgió un cuerpo enorme, de pelaje gris oscuro y ojos amarillos como brasas. Las cadenas aún colgaban de sus patas, arrastrándose por el suelo como serpientes metálicas.
El público estalló en vítores. Ellos veían un “acto salvaje”. Yo veía un infierno hecho carne.
—Darya… —El nombre escapó de mis labios como un lamento.
Ella me oyó.
Lo sé porque sus orejas se movieron hacia mí, porque sus ojos, aun brillando con furia y locura, me reconocieron.
Pero lo que Lucien le había hecho era peor que la muerte.
Su respiración era entrecortada, mezclada con gruñidos inhumanos. Su cuerpo temblaba como si luchara contra hilos invisibles. No era la loba orgullosa que había corrido conmigo bajo la luna. Era una marioneta encadenada al espectáculo del vampiro.
A mi lado, Ariadna temblaba. Podía oler su miedo, mezclado con la sangre fresca que aún manchaba sus manos por culpa de la baraja.
—¿Quién es? —me preguntó con la voz quebrada.
No respondí. No podía.
Lucien alzó una mano, como un director presentando su obra maestra.
—El público merece ver lo que ocurre cuando las bestias olvidan su lugar.
Darya rugió de nuevo, y el sonido fue tan desgarrador que sentí que me partía el alma en dos.
El círculo de cartas brilló más fuerte, marcando el suelo entre Ariadna y la bestia. No había dudas: la baraja la estaba eligiendo a ella como sacrificio.
Me interpusé de inmediato, los colmillos asomando en mi boca, las uñas transformándose en garras.
—Tendrás que matarme primero.
Lucien sonrió.
—Oh, Kael… —su voz era seda y veneno a la vez—. Eso es exactamente lo que quiero.
El público rugió con aplausos.
Y la campana del circo sonó de nuevo, sellando el inicio de un combate que nunca debió existir: lobo contra lobo.
Y yo sabía que, si no encontraba la forma de salvarla, Darya me arrancaría la garganta frente a todos.
El círculo de cartas brillaba como un muro invisible, separando a Ariadna del resto del mundo. Yo lo sentía, la energía que manaba de esas figuras: un poder antiguo, un juicio que no se podía evitar. Pero no me importaba. No dejaría que ella quedara sola ante lo que venía.
Darya se lanzó hacia adelante, las cadenas arrastrándose como látigos. El suelo tembló bajo sus zarpas, y el aire se impregnó del olor de su furia.
—¡Detente! —rugí, con la esperanza absurda de que aún me escuchara.
Por un instante, sus ojos brillaron con un destello de reconocimiento. Una chispa. Un recuerdo. La loba que había corrido conmigo en las montañas, que había compartido la sangre y la luna. Pero esa chispa se apagó de inmediato, sofocada por la mano invisible de Lucien.
Ella saltó, y tuve que transformarme. Mis huesos crujieron, mi piel se desgarró, y la bestia en mí emergió como un río incontenible. Mis garras encontraron sus cadenas, las detuvieron en seco, pero la fuerza de su embestida me arrojó contra el suelo.
El público enloqueció. Gritaban, reían, aplaudían, creyendo que era un truco. Nadie comprendía que estaban presenciando una ejecución.
Ariadna gritó mi nombre, su voz atravesando el rugido y la música. Ese sonido me sostuvo.
Me puse de pie, jadeando, la sangre caliente corriéndome por el labio. Miré a Lucien. Él observaba la escena con los brazos cruzados, como un director satisfecho con su obra.
—¡Suéltala! —le gruñí, apenas humano.
Lucien inclinó la cabeza, divertido.
—Hazlo tú, lobo. Si puedes.
Darya volvió a atacar. Esta vez sus colmillos rozaron mi cuello. Sentí la muerte tan cerca que mi lobo aulló dentro de mí. La empujé con toda mi fuerza y rodamos por el suelo, dos sombras desgarrándose bajo la lona del circo.
Por un instante, sus ojos volvieron a ser los de antes. Llenos de dolor. Llenos de súplica.
—Má… tá… me… —gimió entre gruñidos.
El mundo se detuvo. El público seguía gritando, pero para mí no existía nada más que esa mirada.
Ella estaba pidiéndome lo único que no podía darle: libertad.
Sentí las cartas vibrar detrás de mí, un coro de voces susurrando la misma palabra: sacrificio.
Apreté los colmillos, mi corazón dividido entre la manada que había perdido y la humana que me necesitaba.
Y mientras la sangre me nublaba la vista, comprendí que esa noche tendría que elegir entre mi pasado… y mi futuro.