La Voz De La La Carta Final

cap13

Ariadna

Nunca olvidaré esa noche.
La lona de la gran carpa parecía un cielo desgarrado, y cada farol ardía con un fulgor extraño, como si quisiera anunciar que lo que iba a ocurrir no era espectáculo… sino sentencia.

Kael estaba a mi lado, tenso, su respiración entrecortada. Yo lo sentía en mi propia piel, porque la marca que nos unía ardía con cada latido. Lucien nos esperaba en el centro, con su sonrisa inmortal y sus ojos carmesí encendidos como brasas.

—Damas y caballeros —su voz se expandió, hipnótica, incluso cuando la multitud aún no estaba allí—. La función de esta noche no será para el público… sino para el destino.

Las cartas en mi caja comenzaron a vibrar. Me arrodillé con las manos temblando y las vi saltar una a una al aire, girando como cuchillas. Una se clavó en la madera del suelo frente a Lucien: El Vampiro. Otra cayó frente a Kael: El Lobo. Y entre ambas, una tercera ardió en mis dedos antes de caer al centro: La Torre, partida por un rayo.

Mi pecho se cerró. Sabía lo que significaba: ruina, caída, guerra.

Kael gruñó, mostrándole los colmillos a Lucien.
—No la tendrás.

—Oh, pero ya la tengo —respondió Lucien suavemente—. Ella es la llave, lobo. Tú y yo solo somos los peones que giran a su alrededor.

Sentí que mis piernas flaqueaban. Las cartas ardían tanto que se me incrustaban en la piel, como si quisieran marcarme más allá del cuerpo. Y entonces lo escuché: un aullido lejano, que no venía de Kael.

La multitud entraba en la carpa. Decenas de ojos humanos, hipnotizados, llenaron las gradas. Todos miraban como si fueran testigos de un ritual que llevaba siglos escrito. Algunos murmuraban nombres que no reconocía, otros repetían frases en lenguas muertas.

Lucien extendió los brazos, como un sacerdote en un altar.
—Que comience la verdadera función.

Las cadenas de las jaulas se rompieron. De ellas no salieron animales, sino figuras deformes: híbridos, mitades de vampiro y de lobo, criaturas arrancadas del infierno de la alquimia oscura.

El público aplaudió, creyendo que era un número más del circo.
Yo, en cambio, entendí la verdad.

El circo no era un refugio. Era un campo de batalla antiguo.
Y en el centro de esa guerra estaba yo.

La baraja brilló con un resplandor que me cegó. Sentí cómo una voz, fría y múltiple, hablaba desde dentro de las cartas:

—Elige, Ariadna. Lobo o vampiro. Uno morirá, el otro reinará.

Me llevé la mano al pecho, jadeando. Kael me sostuvo, furioso, dispuesto a luchar. Lucien solo sonrió, paciente, como si la elección ya estuviera tomada.

Y yo… supe que cualquier decisión rompería no solo la carpa, sino mi propio destino.

El rugido de las criaturas híbridas llenó la carpa. No eran lobos, no eran vampiros: eran cuerpos desfigurados, piel desgarrada, colmillos y garras donde no deberían existir. Los ojos brillaban vacíos, como si solo respondieran a un amo.

Lucien.

Él los observaba con la calma de un director que disfruta de su obra. Yo apenas podía mantenerme en pie. El mazo ardía en mis manos, y cada carta me susurraba al mismo tiempo, como un coro imposible: “Sangre. Fuego. Ruina. Elige. Elige. Elige.”

—¡Ariadna, mírame! —la voz de Kael me atravesó. Estaba frente a mí, interponiéndose entre los híbridos y mi cuerpo—. ¡No escuches esas voces!

Pero las cartas no callaban. Una tras otra se iluminaban y caían a mi alrededor: La Muerte, El Colmillo, El Lobo, La Torre. La tierra bajo mis pies comenzó a agrietarse, y un viento gélido me envolvió como si alguien intentara arrancarme el alma.

Lucien se inclinó hacia adelante, sus ojos rojos ardiendo.
—El mazo ya lo decidió, pequeña. Este circo siempre ha sido un tablero, y tú eres la reina. Solo falta que muevas tu pieza.

Las criaturas avanzaron, arrastrando cadenas, gruñendo como si sintieran mi sangre. El público, hipnotizado, aplaudía sin entender nada. Risas, gritos de asombro, vítores… como si la tragedia fuera el mejor espectáculo de todos.

De repente, la marca en mi brazo se encendió. Sentí cómo mi piel ardía, y un grito ahogado escapó de mis labios. Kael cayó de rodillas al mismo tiempo, llevándose la mano al pecho: él también lo sentía. La unión de las cartas nos desgarraba a ambos.

—¡Basta! —rugió Kael, levantándose con los ojos brillando en oro—. ¡Si quieres sangre, Lucien, toma la mía, pero no la toques a ella!

Lucien sonrió, satisfecho, y chasqueó los dedos.
Las jaulas se abrieron del todo.

Los híbridos corrieron hacia nosotros.

Yo cerré los ojos, apretando el mazo contra mi pecho. Y en ese instante, las cartas se levantaron en el aire por sí solas y se unieron en un círculo de fuego. Una nueva carta emergió del centro, nunca antes vista: La Reina de Medianoche.

Mi silueta estaba dibujada en ella.

El viento se detuvo. Las criaturas frenaron, como si esperaran mi orden. Lucien contuvo la sonrisa. Kael me miraba con horror y esperanza a la vez.

Comprendí entonces lo que significaba:
El circo me reconocía.

El destino me había puesto en el centro del tablero, pero aún no había decidido si yo sería salvadora… o verdugo.

El dibujo de la carta ardía frente a mis ojos: La Reina de Medianoche.
Era yo. Mi silueta estaba allí, con las cartas en las manos y una corona negra en la frente, como si ya todo estuviera escrito mucho antes de que naciera.

El aire se detuvo. El público dejó de aplaudir, hipnotizado, y hasta los híbridos parecieron contener el aliento.
Todos me miraban.
Esperaban.

Sentí la marca en mi brazo palpitar como un segundo corazón. Kael jadeaba a mi lado, doblado por el mismo dolor, pero aun así alzó la vista hacia mí. Sus ojos dorados se clavaron en los míos.



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En el texto hay: cartas, vampiros y lobos

Editado: 27.12.2025

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