La reina entre colmillos👑
Ariadna
El eco de mi voz aún vibraba en la carpa cuando los híbridos se inclinaron hacia mí.
No como enemigos.
No como bestias.
Sino como si me reconocieran.
El público rompió en aplausos, creyendo que todo era parte del espectáculo. Yo, en cambio, apenas podía respirar. Las criaturas estaban esperando órdenes… mis órdenes.
La carta ardía entre mis dedos: La Reina de Medianoche.
El dibujo parecía moverse, sonriendo con mi propio rostro.
Kael me miraba con horror.
—Ariadna… ¿qué hiciste?
Quise responder, pero Lucien se adelantó, con esa calma cruel que siempre parecía esconder siglos de paciencia.
—Ella no hizo nada, lobo. El mazo solo reclamó lo que le pertenece.
Las criaturas comenzaron a gruñir, inquietas, mirándome y mirándolo a él al mismo tiempo. Sentí que se desgarraban entre dos mandos: su creador… y yo.
El peso de la decisión me aplastaba.
Un paso en falso, y esas bestias destrozarían a todos.
—Ordénalos —susurró Lucien, su voz como un veneno dulce—. Diles que me entreguen al lobo. Hazlo, y tu reinado comenzará.
Kael dio un paso hacia mí, con los ojos dorados brillando.
—No lo escuches. ¡No eres su reina!
La marca en mi brazo ardió.
Las voces de las cartas gritaron todas a la vez dentro de mi cabeza:
“Decide. Decide. Decide.”
Me llevé las manos a la cabeza, tambaleándome. El público aplaudía sin parar, ajeno a que la carpa estaba a un suspiro de bañarse en sangre. Los híbridos comenzaron a avanzar, algunos hacia Kael, otros hacia Lucien.
El suelo tembló.
Las luces parpadearon.
Y entonces lo vi: una carta se desprendió del círculo ardiente y cayó a mis pies. La Balanza.
Dos platillos enfrentados, uno lleno de colmillos, otro de garras.
La voz de la baraja me atravesó como un cuchillo:
“Elige a quién condenas… y a quién coronas.”
Mis labios se abrieron sin que pudiera detenerme.
Sabía que estaba a punto de sellar el destino de todos.
Lucien me observaba, expectante.
Kael me suplicaba con los ojos.
Y los híbridos aguardaban mi palabra.
Inspiré hondo, con lágrimas ardiendo en mis ojos.
—Yo…
La campana sonó de nuevo, interrumpiéndome.
Un tañido brutal que desgarró la lona del circo.
El cielo entero se abrió sobre nosotros, y una lluvia negra comenzó a caer dentro de la carpa.
La función había dejado de ser un espectáculo.
Ahora era una guerra.
📖 Capítulo 14 – La reina entre colmillos (continuación y cierre)
(Narrado por Ariadna)
La lluvia negra caía sobre nosotros como un manto maldito. No era agua: era ceniza líquida, oscura, espesa, y cada gota que tocaba la piel de los espectadores los volvía rígidos, con los ojos vidriosos. Uno a uno, comenzaron a levantarse de sus asientos como marionetas sin alma.
El público ya no era público.
Eran parte del circo.
—¿Lo ves ahora? —la voz de Lucien se alzó, poderosa—. La función siempre termina igual: con todos bajo mi mando.
Yo apretaba la carta de La Balanza entre mis dedos, mientras la marca en mi brazo ardía con tanta fuerza que sentía que iba a abrirse en llamas. Los híbridos me rodeaban, inquietos, esperando una orden. Y los humanos convertidos en sombras vivientes se mezclaban con ellos, formando un ejército grotesco.
Kael rugió, sus colmillos brillando bajo la luz mortecina. Su silueta se transformó parcialmente: garras, ojos dorados, un cuerpo tensado entre hombre y lobo.
—¡Ariadna, sal de ahí! ¡Te está usando!
Pero no podía moverme.
Las cartas me tenían atrapada.
Miré a Lucien. Su sonrisa era afilada, pero detrás de esa calma perfecta noté algo nuevo: temor. Los híbridos no obedecían solo a él. Estaban esperando mi voz.
—Reina de Medianoche… —susurró el mazo, sus palabras dentro de mi cabeza—. Decide quién gobierna.
Sentí que el suelo vibraba con mi respiración.
Si elegía a Lucien, condenaba a Kael.
Si elegía a Kael, desataría una guerra contra el amo del circo.
El silencio se volvió insoportable. Todos me miraban.
Di un paso al frente, levantando la carta de La Balanza.
—¡Deténganse! —grité con todas mis fuerzas.
Y ocurrió.
Los híbridos se congelaron, quietos como estatuas.
Los humanos en trance se desplomaron, como muñecos de trapo.
El aire mismo se contuvo.
Lucien dio un paso hacia mí, los ojos rojos encendidos.
—Interesante… —dijo con voz gélida—. Has aprendido a dar órdenes. Pero todavía no sabes el precio.
Su sombra se extendió en el suelo como un mar de tinta, rodeándome los pies. Intenté retroceder, pero las cartas me sellaron al suelo.
Kael rugió, lanzándose contra él.
La carpa entera estalló en caos: sombras contra garras, colmillos contra cartas brillantes que giraban como cuchillas.
Y yo, en el centro, con el mazo latiendo en mis manos, entendí la verdad:
No podía salvarlos a los dos.
La Reina de Medianoche debía elegir a quién condenar… y a quién coronar.
El aire olía a hierro y a humo. La lluvia negra seguía cayendo dentro de la carpa, pegajosa, impregnando cada tela, cada rostro, cada grito ahogado. El circo entero parecía transformarse en un monstruo vivo, latiendo con la misma marca que ardía en mi brazo.
Los híbridos aguardaban, tensos, con las garras temblando en el aire. Los humanos caídos empezaban a levantarse otra vez, sus ojos blancos, sin alma. Todos giraban hacia mí, esperando.
Esperando.
La carta de La Balanza brillaba como un fuego helado entre mis dedos. Mis manos sangraban. El mazo había bebido de mí, y lo seguiría haciendo hasta que tomara una decisión.