Los hilos del destino ⚖️
Kael
El estallido me dejó sordo por unos segundos. El aire olía a ozono y ceniza, como si los cielos mismos hubieran caído sobre la carpa. Cuando abrí los ojos, lo vi: Ariadna en medio del desastre, temblando, con la carta rota en sus manos.
La Reina de Medianoche, partida en dos.
Nunca pensé que algo así fuera posible. Había escuchado leyendas en mi manada sobre esa baraja maldita: que las cartas elegían, que ataban, que condenaban. Pero jamás… jamás nadie había desobedecido.
Lucien lo comprendió también. Su rostro, siempre sereno, se quebró en una mueca de furia.
—¡Insensata! —su voz retumbó, tan poderosa que las gradas vacías se estremecieron—. Has roto el pacto. ¡Has roto el destino mismo!
Ariadna cayó de rodillas, jadeando, con las manos ensangrentadas. Corrí hacia ella, pero una sombra me bloqueó el paso. Lucien apareció frente a mí, sus ojos carmesí encendidos, los colmillos descubiertos.
—Esto ya no es un juego de cartas, lobo —dijo, y su voz era un rugido de tormenta—. Esto es guerra.
Mi lobo dentro de mí se desató, respondiendo al peligro. Mis garras se alargaron, mi piel ardió, y mis huesos crujieron. Estaba al borde de la transformación total. No había vuelta atrás.
—Entonces pelea conmigo —gruñí, con la voz rota entre hombre y bestia.
Lucien se lanzó primero. Fue más rápido que un rayo. Apenas pude esquivarlo; sus uñas rozaron mi pecho, dejando un ardor helado que me quemaba la piel. Le devolví un zarpazo, lo bastante fuerte para hacerlo retroceder unos pasos.
Detrás de nosotros, Ariadna gritó. No de miedo, sino de dolor. La marca en su brazo brillaba como un hierro al rojo vivo, y entendí lo peor: mi lucha con Lucien la estaba desgarrando a ella también.
Me detuve en seco, con el pecho agitado. Si seguía peleando, ella moriría.
Lucien lo notó. Sonrió con esa maldita sonrisa suya.
—¿Lo ves, cachorro? —susurró, mientras la rodeaba con su sombra—. Ella es tu debilidad. Tu cadena. Y yo… la apretaré hasta romperla.
La rabia me consumió. Rugí tan fuerte que la lona de la carpa se estremeció. Pero antes de lanzarme otra vez contra él, Ariadna alzó la cabeza. Sus ojos brillaban con un resplandor que no era humano.
—No, Kael… —dijo, con la voz temblando como si hablara alguien más a través de ella—. No eres tú quien debe salvarme.
Y de las cartas rotas en sus manos comenzó a brotar una luz negra y plateada, como si el mazo estuviera renaciendo de sus cenizas.
Lucien retrocedió, por primera vez desconcertado.
Yo me quedé paralizado.
Ariadna… estaba creando una nueva carta.
Una carta que no pertenecía ni a los vampiros, ni a los lobos, ni al destino escrito.
Pertenecía solo a ella.
La luz negra y plateada brotaba de las cartas rotas como si el universo hubiera abierto una grieta en medio de la carpa. El suelo vibraba, los tablones crujían bajo mis pies, y hasta los híbridos —esas bestias sin voluntad— retrocedieron con un gemido de miedo.
Ariadna temblaba, sus manos ensangrentadas sosteniendo los fragmentos. La marca de su brazo ya no ardía en rojo, sino en un resplandor extraño, metálico, como si se hubiera fundido con la propia tinta del mazo.
Lucien gruñó, furioso, sus ojos rojos brillando como carbones encendidos.
—Eso no puede existir… —dijo, retrocediendo un paso—. Nadie puede crear una carta nueva.
Pero Ariadna alzó la cabeza, y vi en su mirada algo que me heló y me dio esperanza al mismo tiempo: ella ya no estaba siguiendo reglas. Las estaba rompiendo.
Los fragmentos se unieron en un destello. Cuando la luz se desvaneció, Ariadna sostenía una carta distinta, jamás vista en ninguna profecía.
La Rebelde.
Un dibujo de ella misma, pero con alas de sombra y fuego, una corona partida y cadenas rotas cayendo a sus pies.
El aire entero cambió.
Las sombras de Lucien se encogieron, como si temieran esa imagen.
Los híbridos se inclinaron hacia Ariadna, obedeciendo no como súbditos… sino como criaturas libres que habían encontrado su verdadero centro.
Yo no podía apartar la vista.
Mi pecho latía como un tambor, mi lobo interno aullaba, y sin embargo… supe que ella no era mía para salvarme. Ella había roto su propia jaula.
Lucien la señaló, con los colmillos desnudos.
—Eso no es poder, es herejía. Y como toda herejía, será destruida.
Ariadna lo miró de frente, con esa nueva carta brillando en su mano.
—No soy tu reina.
Alzó la voz, y la carpa entera pareció temblar con ella.
—Soy la que rompe las funciones.
Un rugido recorrió a los híbridos. Las cadenas que aún colgaban de sus cuerpos se hicieron polvo. Ellos aullaron, no para Lucien, ni siquiera para Ariadna… sino para sí mismos.
Y entonces lo comprendí.
El circo había dejado de ser suyo.
Lucien lo había perdido.
La furia en sus ojos me dio la certeza de que la guerra apenas comenzaba.