El contraataque de las sombras🕸️
LUCIEN
Nunca había sentido algo así.
Siglos domando lobos, siglos bebiendo la sangre de linajes enteros, siglos jugando con los hilos del destino como si fueran marionetas… y, aun así, ella lo había hecho.
Ariadna había roto el guión.
La carta nueva ardía en su mano como un insulto a todo lo que yo representaba. La Rebelde. Una blasfemia. Una grieta en la perfección del mazo. Y lo peor… esa grieta no era mía. No podía controlarla.
Observé cómo los híbridos me daban la espalda. Criaturas que yo mismo había moldeado, que durante décadas habían obedecido mi voz sin titubeo, ahora se inclinaban hacia ella con la devoción de quien encuentra un sol nuevo.
Mi mandíbula crujió.
—Ingenua… —susurré, aunque mi voz temblaba de rabia—. Crees que el poder que robaste te pertenece. Pero lo que no entiendes, pequeña, es que los mazos nunca dan sin cobrar.
Ella me sostuvo la mirada. Sus ojos ya no eran los de una chica temblorosa, sino dos espejos oscuros donde hasta yo me sentí reflejado.
—No lo robé, Lucien —respondió con calma—. Lo creé.
Y esa palabra… crear… me atravesó como una estaca.
El público, aún medio en trance, comenzó a levantarse otra vez, pero esta vez no por mi control. No. Era ella. El eco de su carta los había despertado. Cada aplauso, cada grito, cada respiración era un murmullo a su favor.
El circo ya no era mío.
Pero el miedo seguía siéndolo.
Sonreí, ocultando la furia que me corroía.
—Muy bien, reina caída. Juega con tus híbridos, juega con tu ejército de sombras. Haz que te aplaudan. Pero recuerda… el circo es eterno, y las funciones nunca terminan.
Extendí mi mano hacia el aire, y las sombras respondieron. No los híbridos, no los humanos. Mis sombras. El legado de cada noche que había devorado, de cada alma que había arrancado de su cuerpo. Formaban un enjambre negro, un océano de ojos brillando en la oscuridad.
Kael se interpuso, su cuerpo ya transformado casi por completo, con los colmillos y garras listos.
—¡Si tocas un solo cabello de ella, te destruyo!
Reí suavemente. El eco de mi risa se expandió como un veneno por la carpa.
—Oh, cachorro… ¿todavía no entiendes? Ella no necesita que la salves. Ella necesita que alguien la frene antes de que lo consuma todo.
Ariadna apretó la carta de La Rebelde contra su pecho.
El suelo vibró. Las cadenas del circo se quebraron.
Las sombras y los híbridos se prepararon para chocar.
Y yo, con cada fibra de mi ser, supe que la verdadera función apenas estaba comenzando.
La diferencia era que esta vez… yo no era el director.
Las sombras se alzaron como un océano viviente, llenando cada rincón de la carpa. Eran mías. Eran lo único que no podían arrebatarme. Se extendieron por los tablones, por los postes de madera, treparon la lona hasta oscurecer la poca luz que quedaba.
Ariadna me sostuvo la mirada, desafiante, con esa carta nueva brillando en su mano.
La Rebelde.
No era solo una blasfemia: era una amenaza. Y las amenazas debían ser aplastadas antes de que se creyeran dioses.
—¿Lo sientes, niña? —susurré, dejando que mi voz llenara la carpa como un eco infinito—. El mazo te dio poder, pero lo que no entiendes es que también te dio un precio. Cada carta creada pide sangre. ¿A quién ofrecerás la tuya? ¿O tomarás la de él? —señalé a Kael con una sonrisa afilada.
El lobo rugió, adelantándose un paso. El amor que le tenía era tan evidente que casi podía saborearlo. Y ese amor… era su debilidad.
Ariadna apretó la carta con tanta fuerza que la sangre empezó a resbalarle por la palma. El mazo la bebió con ansias, latiendo como un corazón ajeno. Su cuerpo tembló, y por un instante supe que estaba a un paso de quebrarse.
Me acerqué, despacio, rodeándola con mis sombras.
—Elige, Reina de Nada. O tu carta se convertirá en tu ataúd.
Pero entonces ocurrió lo impensado.
El mazo en sus manos estalló en un resplandor negro y plateado que me obligó a retroceder. Mis sombras chillaron, como si fueran seres vivos quemados por un fuego desconocido.
Ella alzó la carta de La Rebelde hacia el cielo abierto de la carpa rota y gritó:
—¡No soy tu creación!
El suelo tembló. Las gradas se partieron en dos. El público hipnotizado despertó de golpe, gritando y corriendo hacia las salidas.
Los híbridos… no. Ya no eran híbridos. Liberados de mis cadenas, comenzaron a cambiar, sus cuerpos deformes descomponiéndose en nuevas formas, mitad lobo, mitad vampiro, pero ahora… con voluntad propia.
Mi sonrisa se desmoronó.
Por primera vez en siglos, sentí miedo real.
Ariadna me miró, con los ojos ardiendo en un resplandor extraño, como si llevara siglos acumulados en su mirada.
—Lucien… el circo ya no es tuyo.
Mis sombras se estremecieron, debilitadas, y comprendí lo inevitable:
ella había tomado lo que jamás debió existir.
El poder de reescribir las funciones.
Y yo… tendría que destruirla antes de que aprendiera a usarlo por completo.