La Voz De La La Carta Final

cap17

El precio de La Rebelde⚜️

Ariadna

El mazo latía en mis manos.
No era un objeto. No era un juego. Era un corazón ajeno que palpitaba con mi sangre, con mis recuerdos, con cada sombra que había tragado desde que entré en esta maldita carpa.

La carta de La Rebelde ardía como una herida abierta. Sentía que podía quemarme los huesos desde dentro, pero al mismo tiempo… también sentía algo más. Libertad.

Los híbridos —ya no esclavos, ya no bestias deformes— se habían detenido frente a mí. Sus ojos brillaban en distintos tonos: algunos rojos, otros dorados, otros en un ámbar extraño. Pero todos me miraban como si esperaran un nombre, una señal, un futuro.

Yo, Ariadna.
Yo, la que había dicho no.
Yo, la que rompió la función.

Lucien retrocedía, y verlo temer fue como probar un vino prohibido. Él, que había dirigido cada acto, que había tejido los hilos de este circo desde siempre, ahora se ocultaba tras sus sombras como un animal acorralado.

—No sabes lo que has desatado —me dijo, y su voz ya no sonaba tan firme.

Tal vez tenía razón. Tal vez yo no lo sabía. Pero la sensación en mi pecho era clara: ya no era una ficha en su tablero.

Kael se acercó a mí, aún con su cuerpo temblando a medio camino entre humano y lobo. Sus ojos dorados me buscaron, y en ellos vi miedo… pero también esperanza.
—Ariadna… si sigues usando esa carta, va a devorarte.

Lo sabía.
Lo sentía.
Cada vez que el mazo respiraba conmigo, algo dentro de mí se quebraba un poco más.

Pero también sabía otra cosa:
Si no lo usaba, Lucien nos mataría a todos.

Me giré hacia los híbridos liberados, levanté la carta y susurré:
—Este circo ya no obedece a la sangre ni a las cadenas. Ahora… me obedece a mí.

Un rugido colectivo sacudió la lona.
Era como escuchar cien gargantas aullando y gritando al mismo tiempo. Un ejército. Mi ejército.

Lucien me observó, y en sus ojos pude ver la promesa silenciosa de lo que vendría:
Él no iba a huir.
Él iba a contraatacar.

Y yo tendría que decidir si La Rebelde sería mi corona… o mi condena.

El rugido de los híbridos libres seguía vibrando en mis huesos cuando lo entendí: no había marcha atrás. La carta de La Rebelde no solo me había dado poder… me había marcado. Era como si una parte de mí se hubiera arrancado para ocupar ese espacio vacío que antes llenaba el destino escrito.

El mazo respiraba conmigo.
Susurraba.
“Más… dame más.”

Cada vez que cerraba los ojos, veía reflejos distorsionados de mí misma en los bordes de la carta: una Ariadna con colmillos, otra con garras, otra con alas negras extendiéndose hasta tragarse el cielo. Eran posibilidades, futuros, advertencias.

Kael se arrodilló frente a mí, tocando mi brazo ardiente. Su mano temblaba, no de miedo a Lucien… sino de miedo a mí.
—No dejes que te controle —me dijo, y su voz era un ruego.
Lo miré. Por un instante quise prometerle que podía manejarlo. Que todavía era yo.
Pero la verdad quemaba en mi garganta: no estaba segura.

Lucien, desde las sombras, sonrió con esa calma venenosa suya.
—Mírate, Ariadna. Te crees libre, pero ya eres igual que yo. Solo que aún no lo aceptas.

Su risa llenó la carpa rota.
Los híbridos gruñeron.
Kael me sostuvo la mirada.

Y yo, con la carta palpitando en mi mano como un corazón robado, entendí que todos esperaban lo mismo de mí:

Que decidiera qué iba a ser.

¿Una reina que liberaba?
¿O un monstruo que escribía nuevas cadenas?

El mazo me ardía tanto que apenas podía respirar. Y mientras el eco de Lucien se fundía con los aullidos de los híbridos, una certeza me atravesó:

El verdadero precio de ser La Rebelde aún no había sido cobrado.

El silencio después del rugido colectivo era insoportable.
No silencio real, sino un eco contenido, como si hasta las paredes del circo estuvieran esperando lo que haría.

La carta de La Rebelde ardía en mi mano, latiendo como un corazón extraño. No era solo poder: era hambre. Pedía algo a cambio, y lo pedía con urgencia.

El mazo susurraba en mi mente, con una voz que no era solo una, sino muchas:
“Sangre. Destino. Nombre.”

Miré a Kael. Seguía de rodillas frente a mí, sus ojos dorados brillando con una mezcla de esperanza y miedo. Y entendí lo que significaba ese susurro. El mazo quería una ofrenda. Quería algo mío… o algo suyo.

Tragué saliva, temblando.
—No —susurré, apretando la carta hasta que mi propia sangre la tiñó de rojo—. No vas a decidir por mí.

Lucien se rió, bajo, venenoso, desde la sombra que aún lo envolvía.
—Eso crees, pequeña. Pero ya escuchas la voz, ¿verdad? Esa es la misma que me habló a mí cuando tomé el mazo por primera vez. Y ¿ves lo que soy ahora? —abrió los brazos, mostrando sus ojos rojos como brasas—. No puedes escapar de lo que ya elegiste.

Mis manos temblaron. La carta brillaba más fuerte, como si quisiera arrancarse de mis dedos.

El suelo se quebró a mi alrededor, pequeñas fisuras que dejaban escapar humo oscuro. Los híbridos libres retrocedieron, inquietos. Hasta Kael se puso de pie de golpe, con las garras listas, como si temiera que la amenaza ya no fuera Lucien… sino yo.

Mi corazón dio un vuelco.
Por un instante, me vi reflejada en sus ojos dorados:
Yo, con colmillos.
Yo, con garras.
Yo, convertida en lo mismo que juraba combatir.

—Ariadna… —susurró Kael, apenas audible—. Vuelve conmigo.

Quise responder, pero el mazo rugió dentro de mí, exigiendo.
La carta de La Rebelde se encendió como una estrella negra.

Y lo entendí con un escalofrío:
Si no encontraba cómo domar esa energía, iba a consumirme.



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En el texto hay: cartas, vampiros y lobos

Editado: 27.12.2025

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