La Voz De La La Carta Final

cap18

El eco de la condena⚰️

Ariadna

El mazo pesaba como una cadena de hierro en mis manos. Cada respiración era un latido compartido con esa cosa, como si ya no pudiera distinguir qué era mío y qué era de él.

“Sangre. Destino. Nombre.”
El susurro seguía ahí, mordiendo en mi cabeza, cada vez más fuerte.

Di un paso hacia atrás, tambaleándome, mientras la carpa temblaba con el caos. Los híbridos recién liberados rugían, algunos lanzándose contra las sombras de Lucien, otros mirándome con desconfianza, como si temieran que yo fuera la próxima en encadenarlos.

Kael corrió hacia mí, sujetando mis hombros.
—¡Resiste, Ariadna! No dejes que te robe.

Quise creerle, pero sus ojos delataban la verdad: él mismo no sabía si yo podía resistir.

Sentí que la carta ardía. La miré y lo vi de nuevo: mi reflejo distorsionado. No una Ariadna, sino decenas. Una con alas, otra con colmillos, otra con la piel hecha cenizas. Cada una de esas versiones me sonreía, invitándome a dejarme caer.

Lucien reía entre las sombras, disfrutando de mi tormento.
—¿Lo ves, pequeña? El poder siempre exige un precio. Yo lo acepté… y mírame ahora. ¿Tú qué darás? ¿A ese lobo? ¿A ti misma?

Lo odiaba.
Odiaba su voz, su calma.
Pero lo peor era que parte de mí sabía que decía la verdad.

El mazo quería algo.
Y tarde o temprano, lo tomaría.

Mis rodillas flaquearon. El aire alrededor de mí se volvió pesado, como si la carta me hundiera en un lago oscuro. Cerré los ojos, apretando los dientes.
—¡No soy tu esclava! —grité.

La carta estalló en un resplandor que me lanzó al suelo. Sentí la sangre arder en mis venas, como si alguien hubiera escrito un guion nuevo sobre mi piel.

Cuando abrí los ojos, Kael estaba a mi lado, jadeando, tocándome el rostro con miedo.
—Ariadna… tus ojos…

Me incorporé lentamente. Vi mi reflejo en un pedazo roto de espejo del escenario.

Mis ojos brillaban en dos colores distintos:
uno dorado como los lobos.
otro rojo como los vampiros.

La Rebelde me había marcado.

Y supe que ya no pertenecía a un solo mundo.
Era el inicio de algo nuevo… o de algo monstruoso.

Las voces dentro del mazo no callaban.
Cada paso que daba sobre las tablas rotas de la carpa, sentía que estaba caminando sobre los restos de mi propia humanidad.

Los híbridos me seguían con los ojos, algunos inclinándose ante mí, otros retrocediendo como si temieran que los devorara.
Kael se mantenía firme a mi lado, pero sus garras no habían desaparecido. Su instinto lo obligaba a estar preparado… por si yo dejaba de ser yo.

Lucien, en cambio, ya no sonreía.
Su rostro era una máscara de rabia contenida.
—Crees que puedes sostenerlo —dijo, sus sombras girando en círculos como lobos hambrientos—, pero te destruirá. Y cuando eso ocurra, yo recogeré las piezas.

La carta de La Rebelde latió con tanta fuerza que me hizo arrodillarme. Vi sangre resbalando entre mis dedos. No entendía si era mía o del propio mazo.

“Nombre… Sangre… Destino…”

La voz me atravesaba el cráneo. Me tapé los oídos, pero seguía ahí, burlona, inevitable.

Kael me sostuvo con fuerza.
—¡Mírame, Ariadna! —rugió—. No eres tu carta. ¡Eres más que esto!

Lo miré. Sus ojos eran lo único que me anclaba a la realidad. Lo único que me recordaba que aún existía alguien que creía en mí.

Y entonces lo decidí.

Me puse en pie, la carta en mi mano brillando con un fuego negro y plateado.
—Si el mazo exige un precio… —mi voz temblaba, pero se escuchaba en toda la carpa— entonces será mi decisión quién paga.

El eco de mis palabras retumbó en los tablones. Los híbridos rugieron como respuesta. Kael apretó los dientes, sin saber si debía alegrarse o temerme.

Lucien, por primera vez, retrocedió.

Yo levanté la carta hacia el techo de la carpa rota. El mazo gritó en mi mente, exigiendo, reclamando.
Y yo respondí con un grito propio:

—¡Yo escribo mi condena!

La carta estalló en luz oscura, dividiendo el cielo en dos. La carpa se desplomó, y por un instante creí que todo se desmoronaba conmigo.

Cuando el polvo bajó, seguía en pie.
El mazo… había cambiado otra vez.

Las cartas ya no eran negras ni rojas. Ahora estaban en blanco.
Un lienzo vacío.
Un mazo esperando que yo escribiera la próxima función.

Y comprendí con un escalofrío que, aunque había sobrevivido… el verdadero peligro apenas comenzaba.

El polvo aún caía de la lona rota cuando abrí los ojos.
El silencio era denso, absoluto, como si el mundo hubiera contenido la respiración.

El mazo flotaba frente a mí, suspendido en el aire, sus cartas girando lentamente como plumas caídas. Pero ya no tenían figuras, no tenían números, no tenían símbolos.
Eran blancas.

Un vacío puro.
Un lienzo esperando ser escrito.

Los híbridos se inclinaron, confundidos, sus ojos brillando en distintos tonos. Algunos aullaban, otros lloraban como niños recién nacidos. Ellos también lo sentían: algo había cambiado en la raíz misma de la función.

Kael me sujetó del brazo, con fuerza, como si temiera que desapareciera en cualquier momento. Su respiración era agitada, su mirada fija en el mazo.
—¿Qué significa esto, Ariadna?

Yo tampoco lo sabía del todo.
Lo único claro era el peso en mi pecho: el mazo ya no me pedía nombres, ni sangre, ni destino.
Me pedía historias.

Lucien apareció entre las sombras, herido, la piel marcada por grietas negras que se expandían como veneno. Su voz sonó rota, pero aún teñida de furia.
—No entiendes lo que has hecho. Vaciar el mazo no te libera… solo te convierte en su autora.

Sentí un escalofrío.
No era la prisionera de las cartas.
Ahora era la escritora.



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En el texto hay: cartas, vampiros y lobos

Editado: 27.12.2025

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