La Voz De La La Carta Final

cap19

El temor del lobo 🐺

Kael

Nunca había tenido miedo de Ariadna.
Ni cuando era la niña temblorosa en la caravana, ni cuando se alzó contra Lucien en la carpa, ni siquiera cuando invocó esa carta imposible: La Rebelde.
Pero ahora… ahora sí lo tenía.

Las cartas en blanco giraban en el aire a su alrededor como espejos mudos. No eran simples trozos de papel. Se sentía que respiraban, que escuchaban, que esperaban algo.

El olor a sangre impregnaba el ambiente, mezclado con ceniza y ozono. Los híbridos liberados nos rodeaban, jadeando, pero ninguno se atrevía a moverse. No contra Lucien. No contra mí.
Contra ella.

Lucien estaba herido, sí, pero su sonrisa torcida me helaba.
—¿Lo ves, cachorro? —dijo, con la voz rota—. Los lobos siguen instintos. Yo sigo el hambre. Y ella… ella escribe. Dime, ¿qué será más peligroso?

Apreté los puños, conteniendo el impulso de arrancarle la garganta. Pero parte de mí sabía que, por primera vez, el vampiro maldito no mentía.

Ariadna apenas me miraba. Sus ojos brillaban en dos tonos: dorado y rojo. Como si el mazo hubiera pintado en ella una división imposible.
Cuando habló, su voz sonó distante:
—El mazo está vacío. Eso significa que podemos empezar de nuevo.

“Podemos.”
Pero lo dijo como si fuera ella sola.

Me acerqué despacio, con cuidado, como si estuviera frente a una bestia salvaje.
—Ariadna… el poder te está envenenando. Tienes que soltarlo antes de que te devore.

Ella inclinó la cabeza, observándome con un gesto que no reconocí.
—¿Y si no es veneno, Kael? ¿Y si es la cura?

Un murmullo recorrió a los híbridos. Algunos asintieron como si ya la aceptaran como líder. Otros retrocedieron, asustados.

Lucien se echó a reír, aunque la sangre le manaba del cuello.
—Ahí la tienes, cachorro. La profeta de un nuevo circo. Hoy me derrota a mí… mañana te escribirá a ti como su sombra.

Me temblaron las garras.
Quería creer en ella.
Quería protegerla, como había prometido.
Pero, mientras veía cómo las cartas en blanco flotaban esperando sus órdenes, me di cuenta de la verdad:

Tal vez la verdadera amenaza no era Lucien.
Tal vez era Ariadna… y el guion que empezaba a escribir.

Las cartas seguían girando, lentas, como si disfrutaran del silencio incómodo que pesaba entre todos nosotros.
Cada una brillaba con un destello sutil, esperando.

Ariadna estiró la mano y, en cuanto sus dedos rozaron el borde de una de ellas, la carta se volvió incandescente. Yo di un paso hacia adelante, instintivamente, pero me detuve: algo en esa luz me advertía que, si intentaba apartarla, me quemaría.

Ella cerró los ojos.
Y entonces ocurrió.

Las letras comenzaron a escribirse solas sobre la carta blanca.
No eran símbolos vampíricos ni runas antiguas, sino palabras claras, humanas.

"El circo se arrodillará."

Un escalofrío recorrió mi espalda.

Los híbridos alrededor comenzaron a doblar las rodillas, no porque quisieran, sino porque algo en ellos obedecía esa frase escrita. Algunos gemían, otros gritaban, pero todos caían uno a uno al suelo, inclinándose ante Ariadna.

—¡Ariadna, detente! —le grité.

Ella abrió los ojos y me miró.
Eran los mismos ojos que yo había amado, los mismos que me habían salvado mil veces… pero ahora tenían un brillo ajeno, un vacío que me aterraba.
—No lo controlo, Kael… —susurró—. Solo escribí… y ocurrió.

Lucien aplaudió débilmente, con una sonrisa torcida en los labios.
—¿Lo ves, cachorro? No necesita cadenas. Es peor que yo. Ella solo tiene que pensar… y el mundo obedece.

Mis garras rasgaron el aire, y un rugido escapó de mi garganta.
Quería arrancarle la vida a Lucien.
Pero mis ojos no podían apartarse de Ariadna.

Ella sostenía la carta en llamas, temblando, como si no supiera si debía soltarla o aferrarse a ella.
Los híbridos seguían de rodillas, sin voluntad propia.

Y yo lo supe.
Lo sentí con todo mi instinto de lobo:

El verdadero monstruo aún no era Lucien.
Estaba naciendo en las manos de la chica que yo amaba.

El olor a ceniza y hierro quemado lo impregnaba todo. Los híbridos permanecían de rodillas, jadeando, con los ojos vacíos como si hubieran perdido su voluntad. No era respeto. No era fe. Era obediencia escrita.

Y Ariadna, en medio de todos, parecía no comprender lo que acababa de hacer. Sus dedos aún sostenían la carta encendida, y el resplandor bañaba su rostro como si fuera una reina recién coronada.

Yo di un paso hacia ella.
—Ariadna, mírame… —susurré, intentando que mi voz sonara firme—. Esto no eres tú.

Su mirada me alcanzó.
Una mitad brillaba dorada, como fuego cálido. La otra, roja, como sangre fresca.
Y por un instante tuve miedo de que ni siquiera me reconociera.

Ella parpadeó, y el hechizo se quebró. La carta se deshizo en cenizas en su mano, cayendo como nieve oscura al suelo. Los híbridos, poco a poco, recobraron el aliento, confundidos, temblando.

Lucien se echó a reír entre las sombras.
—Lo niega, pero ya lo probó. El poder de escribir… es adictivo. Y cuando vuelva a hacerlo, cachorro, ni tú ni nadie podrán detenerla.

Lo fulminé con la mirada, conteniendo el impulso de destrozarlo. Pero no. No era él quien me asustaba ahora.

Era ella.
Ariadna.

Porque aunque lo negara, aunque temblara como si hubiera cometido un error, yo había visto su expresión cuando las cartas obedecieron su primera orden.

No fue miedo.
No fue dolor.
Fue fascinación.

Y ese brillo en sus ojos me heló el alma.

Si seguía escribiendo…
¿Cuánto tardaría en dejar de ser la chica a la que juré proteger?



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En el texto hay: cartas, vampiros y lobos

Editado: 27.12.2025

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