La Voz De La La Carta Final

cap 20

La rebelión del circo ⚔️

Ariadna

Nunca había sentido algo así.
Ni cuando huía de las jaulas, ni cuando descubrí las cicatrices que Lucien me había dejado, ni siquiera cuando encontré mi reflejo dividido entre lo humano y lo monstruoso.
Lo que me quemaba ahora no era miedo.
Era deseo.

El mazo, en sus cartas blancas, flotaba a mi alrededor como si esperara.
No me gritaba. No me exigía. No me reclamaba sangre.
Solo se ofrecía, dócil, infinito.

“Escribe”, susurraban las páginas en blanco, sin voz y sin tinta.
“Todo lo que quieras. Todo lo que temas. Todo lo que imagines.”

Y el recuerdo me atravesó: los híbridos cayendo de rodillas. El silencio absoluto cuando las palabras aparecieron en la carta.
La sensación de tener al circo entero bajo mi puño.
Por primera vez… no era la víctima.
Era la autora.

Kael me miraba desde la distancia, tenso, como si se interpusiera entre mí y el mundo entero. Sus garras aún no habían desaparecido. Él también lo había visto.
El brillo en mis ojos.
El estremecimiento en mis labios.
El placer oculto tras la primera orden escrita.

—Ariadna —dijo, casi con un ruego—, no vuelvas a hacerlo.

No respondí.
Porque en el fondo, aunque quisiera prometerle que sí, sabía que era mentira.

Lucien, medio destruido, se incorporó entre las sombras. Su risa débil fue más hiriente que cualquier golpe.
—Ya está hecho, niña. Yo me alimenté de sangre. Tú te alimentarás de historias. Y créeme… nada corrompe más rápido que la idea de poder decidirlo todo.

Quise gritarle que se callara. Quise arrancarle esa sonrisa rota.
Pero mis ojos volvieron a las cartas blancas.
Un lienzo vacío.
Un universo que podía moldear con un pensamiento.

Y un pensamiento me atravesó, venenoso y dulce al mismo tiempo:
¿Y si pudiera escribir un mundo sin Lucien?
¿Y si pudiera escribir un futuro en el que Kael nunca sufriera?
¿Y si pudiera reescribir… mi propia vida?

Las cartas vibraron, como si hubieran escuchado.

Y por primera vez, entendí el verdadero peligro:
No era que el mazo quisiera controlarme.
Era que yo empezaba a querer controlarlo a él.

Las cartas flotaban a mi alrededor como luciérnagas esperando órdenes.
Yo respiraba agitada, con el corazón desbocado, pero no por miedo: por esa chispa en mi interior que no quería apagarse.

Kael dio un paso hacia mí, extendiendo la mano.
—No lo hagas —dijo, firme, con los colmillos apenas asomando. No era una súplica. Era un mandato. Un último intento de protegerme… incluso de mí misma.

Lucien, en cambio, sonrió, con sangre todavía chorreando por la comisura de su boca.
—Hazlo. Escribe. Siéntelo otra vez. —Su voz se arrastraba como veneno, dulce y tóxico al mismo tiempo—. El poder ya es tuyo, y no hay marcha atrás.

Los híbridos contenían la respiración, como si todo dependiera de mi siguiente movimiento.

Yo levanté una carta. Blanca. Pura.
Un espacio vacío que pedía un destino.

Mis labios temblaron.
¿Qué pasaría si probaba con algo mínimo?
Una palabra inocente. Un gesto sin violencia.

Solo para ver si podía controlarlo.

La carta ardió en mis manos y las letras comenzaron a trazarse solas, respondiendo a mi pensamiento:

"Luz."

Un resplandor repentino llenó la carpa. Las sombras de Lucien se deshicieron con un chillido. Los híbridos, que habían estado agazapados, se cubrieron los ojos, confundidos, y por primera vez en siglos la carpa quedó iluminada por un brillo dorado, limpio.

Yo sonreí.
Pequeño. Simple. Sin daño.

Pero entonces lo sentí.
Un vacío en mi pecho. Como si algo hubiera sido arrancado de mí para alimentar esa chispa de luz.

Miré mis manos.
Estaban pálidas, casi traslúcidas.

El mazo vibró suavemente, como un gato satisfecho después de un banquete.

El precio no era sangre.
El precio era vida.

Y comprendí, con un escalofrío, que cada palabra escrita me iba a consumir poco a poco.

Kael corrió hacia mí y me sostuvo, notando mi debilidad.
—¿Qué hiciste? —me gritó, pero en sus ojos ya estaba la respuesta.
Yo bajé la mirada, temblando.
—Probé. Y… funcionó.

Lucien se rió, ronco y oscuro, mientras la luz lo quemaba.
—Eso es, pequeña. Dale tu aliento al mazo. Escribe tu mundo. Y mira cómo poco a poco dejas de existir en él.

Me mordí el labio, con el corazón dividido en dos certezas opuestas:
El poder era mío.
Y me estaba matando.

El resplandor todavía flotaba en el aire, tibio, casi amable.
Pero yo sentía lo contrario: un frío helado en mi pecho, un hueco que antes no estaba.
El mazo había obedecido… y había tomado algo de mí para hacerlo.

Kael me sujetaba con fuerza, como si temiera que me desplomara en cualquier momento. Podía oír su respiración acelerada, el gruñido contenido en su garganta.
—Te advertí que no lo intentaras… —dijo con un tono que mezclaba rabia y miedo.

Yo levanté la vista hacia él, aún temblando.
—Era solo una palabra, Kael. Solo luz.

Él negó con la cabeza.
—Y aun así, casi te apaga a ti. ¿Qué pasará cuando escribas algo más grande?

No supe qué responderle. Porque en el fondo ya lo sabía: había sentido ese vacío mordiéndome desde dentro, como si el mazo arrancara pedazos de mi ser para llenar las cartas.

Lucien, de rodillas entre las sombras que se deshacían, se echó a reír con voz rota.
—Ahí lo tienes, niña. El dulce veneno. Lo pruebas una vez y ya no puedes detenerte. Escribir se volverá tu necesidad, y cada línea será un ladrillo en tu propia tumba.

Sus palabras me atravesaron como cuchillas. Pero lo peor era que no me repugnaban.
Porque aunque el miedo me carcomía, algo dentro de mí quería volver a probar.



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En el texto hay: cartas, vampiros y lobos

Editado: 27.12.2025

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