La Voz De La La Carta Final

cap 21

Pactos de medianoche 🕯️

Kael

El abrazo que le di a Ariadna fue un intento desesperado de mantenerla conmigo, pero lo supe desde el mismo instante en que la sentí temblar: ya no era la misma.

Las cartas blancas giraban en torno a ella como mariposas hambrientas.
No la atacaban.
No la apresaban.
La celebraban.

Yo podía escuchar susurros en ese resplandor. No eran palabras humanas, ni vampíricas, ni de lobo. Eran ecos. Ecos de futuros posibles que yo no podía entender, pero que parecían hablarle solo a ella.

Lucien, medio derrumbado contra los tablones, me lanzó una sonrisa rota.
—Mírala, cachorro. ¿De verdad crees que puedes salvarla? Ya no es tuya. Es del mazo.

Lo ignoré, aunque cada fibra de mi instinto quería arrancarle la lengua.
Pero mis ojos seguían fijos en Ariadna.

Ella estaba más pálida que nunca. Sus manos temblaban, y aun así no dejaba de mirar esas cartas en blanco como si fueran la promesa de algo más grande que la vida.

Me obligué a hablar, bajando la voz, como si pudiera calmar la tormenta en su interior:
—Ariadna… tú no eres esto. El mazo no eres tú.

Ella parpadeó, como si hubiera vuelto a escucharme por un instante.
Pero enseguida apartó la mirada.

Y entonces lo entendí con un dolor punzante:
No era que no pudiera resistirse al mazo.
Era que no quería resistirse.

Ese brillo en sus ojos… no era solo miedo.
Era deseo.

Mis garras se clavaron en mi propia piel para no soltar un rugido.
El enemigo ya no era Lucien, ni las cadenas del circo, ni los híbridos liberados.
El enemigo era algo más cruel:

La tentación que estaba devorando a la chica que yo amaba.

Y en ese instante juré algo en silencio, con el corazón desgarrado:
Si Ariadna cruzaba la línea de la que no pudiera volver…
yo sería el que la detuviera.

Incluso si eso significaba perderla para siempre.

El silencio tras la risa de Lucien fue insoportable.
El circo entero parecía aguardar el siguiente movimiento de Ariadna, como si hasta la lona rota y los tablones astillados estuvieran dispuestos a inclinarse ante ella.

Yo no podía dejar de observarla.
Su piel estaba más pálida, sus labios temblaban, y sin embargo había un fuego extraño en sus ojos.
No era solo el brillo dorado del lobo, ni el rojo encendido del vampiro. Era otra cosa. Algo que el mazo había dejado allí.

Cuando le pedí que me prometiera no volver a escribir, no respondió.
Solo bajó la mirada, como si estuviera atrapada en un pensamiento demasiado profundo para compartirlo conmigo.

Y lo comprendí.
Ella ya estaba probando frases en su cabeza.
Ya estaba imaginando qué podría ordenar si nadie la detuviera.

Lucien, vencido pero aún venenoso, susurró desde el suelo:
—Tarde o temprano, cachorro… tendrás que elegir. O la amas, o la detienes.

Apreté los dientes hasta sentirlos crujir.
No podía darle la razón, no a él.
Pero en el fondo… mis instintos me gritaban lo mismo.

Ariadna se apartó de mí, caminando despacio, con las cartas blancas orbitando a su alrededor. Y en ese instante, la vi distinta. No era mi compañera, ni la fugitiva del circo, ni siquiera la rebelde que había desafiado a Lucien.

Era algo nuevo.
Algo que aún no tenía nombre.

Y tuve que tragarme el rugido que me subía por la garganta cuando lo admití en silencio:
Si seguía por ese camino… yo sería quien tuviera que alzar la garra contra ella.

El amor y la condena se habían unido en un mismo destino.

La noche se cerraba sobre la carpa derrumbada. Los híbridos se habían dispersado, confundidos, como animales que han perdido al domador. Lucien permanecía en las sombras, débil, pero su risa aún resonaba como un eco venenoso en mis oídos.

Ariadna se había quedado quieta, de pie, con las cartas girando a su alrededor. Sus dedos no las tocaban, pero ellas la seguían como planetas a su sol. Y yo lo veía claro: el mazo ya no la poseía. Ella lo atraía.

Me acerqué despacio, con miedo de que cualquier palabra equivocada la empujara más lejos de mí.
—Ariadna… —susurré—. Si sigues usándolo, te consumirá.

Ella giró el rostro hacia mí, y por un instante reconocí a la chica que había jurado proteger. Sus labios se curvaron en una sonrisa frágil.
—Tal vez ya empezó, Kael.

El dolor de esa confesión me atravesó como un cuchillo.

Pero antes de que pudiera responder, una carta descendió lentamente frente a nosotros. Era blanca, como todas, pero en cuanto flotó a la altura de sus manos, apareció una sola palabra escrita con tinta negra que no era de ella ni mía.

"Decide."

El aire se volvió insoportable. Ariadna la observó con ojos abiertos, temblando, y comprendí lo mismo que ella: el mazo ya había lanzado su desafío.

Yo tragué saliva, el corazón en un puño.
La estaba perdiendo, y quizá no habría manera de traerla de vuelta.

El capítulo terminó para mí con una certeza helada:
El circo ya no estaba dividido entre lobos y vampiros.
Ahora estaba dividido entre Ariadna… y todos los demás.



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En el texto hay: cartas, vampiros y lobos

Editado: 27.12.2025

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