La máscara del amo🌒
Ariadna
La carta flotaba frente a mí, inmóvil, con esa única palabra grabada en tinta oscura:
"Decide."
No era un mandato cualquiera. Lo sentía en cada hueso, en cada latido acelerado. El mazo no me pedía un destino para otros. Me pedía un destino para mí.
Kael estaba a mi lado, su respiración pesada, sus ojos fijos en mí con una mezcla de amor y miedo.
Lucien, desde el suelo, reía bajo, satisfecho de vernos atrapados en esa trampa invisible.
Y los híbridos, aunque dispersos, aún aguardaban en silencio, como si intuyeran que mi respuesta determinaría el rumbo de todos.
Mi garganta estaba seca.
Podía escribir una sola palabra y el mundo cambiaría.
Pero esa palabra exigiría un precio.
Lo había aprendido con “Luz”.
Y no estaba segura de cuánto de mí quedaría después.
Me miré las manos. Estaban más pálidas, con venas oscuras trepando como raíces bajo la piel. El mazo ya estaba reclamando su deuda.
Kael dio un paso al frente.
—No lo hagas —dijo en voz baja, casi quebrada—. No dejes que el mazo elija por ti.
—¿Y si no soy yo quien elige, Kael? —susurré.
—Entonces el mazo ya te venció.
Sus palabras me atravesaron. Pero cuando levanté la vista, las cartas blancas giraron a mi alrededor con un murmullo insistente. “Decide, decide, decide.”
Lucien tosió sangre y, aun así, sonrió.
—Hazlo, niña. Elige y escribe. Cada autor necesita su primera firma.
Tragué saliva.
Y con los dedos temblando, tomé la carta marcada.
Podía sentir tres caminos latiendo en mi mente:
Cada palabra pesaba más que mi propia vida.
Y en medio del silencio, comprendí que lo que decidiera esa noche sería recordado como el verdadero inicio de la función.
El mazo ardió en mis manos, esperando mi firma.
Y yo respiré hondo, sabiendo que ya no podía huir.
La carta temblaba en mis dedos. El silencio en la carpa era tan espeso que podía escuchar los latidos de mi propio corazón. Tres caminos, tres destinos, todos reclamándome como si fueran los únicos correctos.
Kael me miraba con desesperación. Sus ojos decían lo que sus labios no se atrevían: “si eliges mal, te perderé.”
Lucien, jadeando, aún tenía la fuerza suficiente para sonreír. Era una sonrisa torcida, sangrienta, pero en ella había algo que me helaba: certeza. Él ya sabía que yo iba a escribir.
Las cartas giraban cada vez más rápido, como un torbellino. El mazo quería respuesta, no dudas.
Tragué saliva. Cerré los ojos. Y escribí.
Cuando volví a abrirlos, la palabra brillaba frente a mí:
“Libertad.”
El aire se desgarró. El mazo estalló en un resplandor blanco que me lanzó al suelo. Sentí cómo un torrente me atravesaba, como si cadenas invisibles se partieran en mil pedazos.
Los híbridos gritaron, cayendo hacia atrás, liberados de la orden anterior que los mantenía sometidos.
Lucien rugió, cubriéndose el rostro, mientras sus sombras se disolvían como humo.
Y Kael… Kael me sostuvo entre sus brazos, temblando, sin comprender aún lo que acababa de pasar.
Yo sí lo entendí.
El mazo me había obedecido.
Me había concedido libertad.
Pero al mirar mis manos vi el precio.
Mis venas estaban negras hasta los codos, y la piel se cuarteaba como si estuviera hecha de cristal.
El mazo había cumplido su palabra.
Yo era libre.
Libre para convertirme, poco a poco, en cenizas.
El resplandor aún quemaba mis párpados cerrados.
Cuando por fin me atreví a mirar, la palabra seguía escrita, flotando en el aire como un juicio eterno:
“Libertad.”
El suelo de la carpa tembló bajo mis pies. Las cuerdas y las maderas crujieron como si un viento invisible recorriera todo el circo.
Los híbridos se desplomaron hacia atrás, jadeando, liberados de cualquier orden previa.
Lucien chilló, sus sombras desgarrándose en jirones, impotente.
Yo caí de rodillas.
El vacío me atravesaba como una garra por dentro. No era dolor físico, era peor: la certeza de que algo en mí había sido arrancado.
Kael corrió a sujetarme, y sus brazos me rodearon con desesperación.
—¿Qué hiciste? —me gritó, aunque en sus ojos ya lo sabía.
—Escribí… —jadeé, apenas con voz—. Escribí lo que siempre quise.
La carta ardió y se convirtió en polvo, deshaciéndose en mis manos.
Pero el precio quedó grabado en mi piel: mis venas eran negras, como si el mazo hubiera dejado cicatrices internas, veneno latiendo bajo la carne.
Lucien se incorporó tambaleante, riendo con la poca fuerza que le quedaba.
—Ahí está tu libertad, niña… —tosió sangre—. Eres libre… para desintegrarte poco a poco.
Kael gruñó, y sus colmillos brillaron con furia. Pero yo apenas lo escuchaba.
El mazo había cumplido.
Me había liberado de él.
Y sin embargo, con cada respiración sentía que algo en mi interior se quebraba, que cada segundo me acercaba más a convertirme en polvo.
Me abracé al pecho, temblando, y supe que mi “decisión” no era el final.
Era apenas el inicio de mi condena.