La Voz De La La Carta Final

cap 23

Sombras del pasado🩸

Kael

El olor de Ariadna ya no era el mismo.
No era el aroma dulce que reconocía desde aquella primera noche en la caravana. Era más amargo, metálico… como hierro quemado.

La sostenía en mis brazos, y cada segundo sentía cómo su cuerpo se enfriaba, aunque el mazo seguía flotando a su alrededor como un enjambre satisfecho.
Su piel se cuarteaba en finas líneas oscuras, como vidrio a punto de romperse.

—¡Ariadna! —la llamé, zarandeándola suavemente, como si con mi voz pudiera devolverle el calor.

Sus ojos se abrieron apenas, y en ellos vi esa dualidad maldita: dorado y rojo, lobo y vampiro.
Pero ahora había algo más.
Algo apagado, ceniciento.

—Kael… —susurró, tan débil que tuve que inclinarme para oírla—. Estoy… pagando.

La apreté más fuerte contra mí.
—¡No! No vas a morir por esto. No después de todo lo que sobrevivimos.

Ella sonrió, frágil, con un hilo de sangre en la comisura de los labios.
—No es muerte… es libertad.

Sentí un rugido crecer en mi pecho, no de furia, sino de impotencia.
El mazo había prometido liberarla, y lo estaba cumpliendo a su manera: arrancándole la vida de a poco.

Lucien, tambaleante, apoyado en un poste roto, nos miraba con deleite perverso.
—¿Lo ves, cachorro? Yo siempre me alimenté de sangre… ella se alimenta de sí misma. Cada palabra escrita será un trozo menos de su alma.

Lo hubiera destrozado en ese instante, pero Ariadna me tomó de la muñeca con una fuerza que no debería quedarle.
—No… no lo mates —susurró—. Él es… prueba. De lo que puede pasarme a mí.

Mis garras se hundieron en la tierra, luchando contra mi instinto.
No podía soportar verla así, quebrándose como cristal.
Pero entonces lo comprendí:
Si ella estaba pagando un precio, yo tendría que pagar otro.

El lobo dentro de mí lo gritaba con claridad:
Para salvarla, tendría que desafiar al mazo mismo.

Y al hacerlo, quizá no solo pondría en riesgo mi vida…
sino todo el equilibrio del circo, de vampiros, de lobos y de híbridos.

Porque lo sentía en mis entrañas: el verdadero acto de la función aún no había comenzado.

El mazo seguía flotando, girando sobre nuestras cabezas, como un dios satisfecho de su ofrenda. Sus cartas blancas brillaban, pero ya no eran puras: ahora cada una tenía grietas oscuras, como si hubieran absorbido parte del dolor de Ariadna.

Yo la sostenía contra mi pecho, escuchando sus latidos débiles, cada vez más espaciados.
Mi instinto de lobo me decía que debía arrancar esas cartas del aire y destruirlas, morder hasta que no quedara nada.
Pero otra voz, más antigua, más sabia, me recordaba lo imposible: no puedes destruir lo que está escrito. Solo puedes reescribirlo.

—Kael… —murmuró Ariadna, con los labios resecos—. Prométeme… que si desaparezco… no dejarás que el mazo caiga en manos de Lucien.

La rabia me atravesó.
—¡No hables de desaparecer! No lo permitiré.

Ella apenas sonrió, con la calma de quien ya conoce su sentencia.
—Tú eres fuerza… yo soy tinta. Y la tinta… siempre se gasta.

Sus palabras me desgarraron más que cualquier garra o colmillo.

Detrás, escuché a Lucien arrastrarse, aún vivo, aún riendo.
—El lobo se cree guardián… —escupió sangre—. Pero cuando la autora se borre… ¿a quién protegerás, cachorro?

Lo ignoré.
Me incliné hacia Ariadna y apoyé mi frente en la suya.
—Si te estás gastando, Ariadna… entonces yo encontraré la forma de llenarte de nuevo.

Ella cerró los ojos, y una lágrima se deslizó por su mejilla.
—Ojalá…

El viento apagó las últimas antorchas del circo, sumiéndonos en la oscuridad. Y mientras la sentía desvanecerse entre mis brazos, juré algo en silencio:

Aunque tuviera que enfrentarme al mazo mismo, aunque tuviera que escribir con mi propia sangre…
no dejaría que ella se convirtiera en cenizas.

Ese fue mi pacto.
Y sabía que a partir de esa noche, cada criatura del circo —vampiro, lobo o híbrido— sería testigo del precio que estaba dispuesto a pagar.

La apreté contra mí como si pudiera evitar que se deshiciera entre mis brazos.
El corazón de Ariadna latía débil, como un tambor roto que solo aguardaba el silencio.
Pero sus ojos seguían abiertos, fijos en mí, con ese brillo extraño que no pertenecía a ningún lobo ni vampiro: pertenecía al mazo.

—Kael… —susurró, con voz apenas audible—. No dejes que me olvide…

Esa frase me heló. No pedía que la salvara. Pedía que la recordara.

—¡No! —gruñí, apretando los dientes—. No voy a dejar que te borres. Ni de mí, ni del mundo.

Las cartas se estremecieron alrededor, como si hubieran escuchado mi juramento. Algunas descendieron, vibrando, queriendo rozar mi piel. Instintivamente extendí una garra para apartarlas… pero no se deshicieron. No eran enemigos de carne. Eran órdenes esperando un autor.

Lucien lanzó una carcajada rota desde la penumbra.
—Míralo, cachorro… el mazo ya te reconoce. Quiere otra pluma. ¿Vas a atreverte a escribir?

Mi respiración se aceleró.
Por un instante sentí la tentación, como si pudiera arrancar una carta y garabatear en ella la palabra que salvaría a Ariadna.
Pero el instinto también me gritó la verdad: si lo hacía, el mazo reclamaría mi vida a cambio.

Ariadna cerró los ojos, y un hilo de ceniza se desprendió de la comisura de su boca. La abracé más fuerte, con un rugido que hizo vibrar la lona rasgada de la carpa.

—Escúchame, Ariadna —murmuré contra su cabello—. No voy a dejar que esta sea tu última palabra.

Y en ese momento lo decidí:
Si el mazo solo podía ser vencido escribiendo, yo encontraría la manera de robarle la tinta.
Aunque eso significara entregar mi sangre como precio.



#1159 en Fantasía
#635 en Personajes sobrenaturales

En el texto hay: cartas, vampiros y lobos

Editado: 27.12.2025

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.