El espejo del alma🔥
Ariadna
El mundo se sentía lejano, como si lo mirara a través de un vidrio roto.
Kael me sostenía, podía sentir el calor de sus brazos, pero mi cuerpo ya no respondía como antes.
Las grietas en mi piel ardían, cada respiración era polvo que se deshacía en mis pulmones.
No era dolor. Era peor.
Era la sensación de desaparecer.
Cerré los ojos y, en la oscuridad, las cartas aparecieron de nuevo.
Blancas.
Esperando.
Todas me miraban como espejos en los que ya no quedaba reflejo.
“Decidiste libertad”, susurraban sin voz.
“Ahora aprende lo que cuesta ser libre.”
Vi fragmentos de mí misma desprendiéndose, recuerdos que se deshilachaba:
—El sabor a pan dulce en la caravana.
—Las risas de Kael la primera vez que lo llamé “terco”.
—Mi propia voz cantando de niña, antes de la primera mordida.
Cada uno se convertía en polvo y se iba.
Quise gritar, quise aferrarme a ellos, pero el mazo los arrancaba con calma, como si fueran páginas que nunca me pertenecieron.
“Me estoy borrando”, pensé.
Entonces lo sentí: Kael, afuera, aferrándome, jurándome con su respiración que no me dejaría desaparecer. Esa fuerza me sacó de la oscuridad por un instante.
Abrí los ojos y lo vi. Sus pupilas brillaban con un fuego que nunca le había visto, una determinación que era casi animal.
—Te prometo, Ariadna —me dijo, con la voz firme aunque la piel le sangraba por sus propias garras—, que aunque tenga que escribir con mi sangre, voy a traerte de vuelta.
Mi corazón dio un salto débil.
El miedo seguía allí, pero también… una chispa.
El mazo podía borrarme, pero Kael no iba a dejar que lo hiciera solo.
Y en ese instante, en medio de mi fragilidad, entendí que el acto final no sería mío.
Sería nuestro.
El polvo seguía desprendiéndose de mis manos, cayendo lento como nieve oscura.
Cada grano era un recuerdo perdido: mi primer miedo, mi primera risa, mi primera herida.
Me asustaba pensar qué sería lo siguiente en borrarse.
Kael me sacudió suavemente, con los ojos ardiendo como brasas.
—No me dejes, Ariadna. Resiste.
Yo quise responderle, pero la voz no me salía.
El mazo flotaba detrás de él, como un buitre paciente, observando mi fragilidad con calma.
Esperaba que me quebrara del todo.
Reuní lo poco que quedaba de fuerza y puse mi mano sobre el pecho de Kael.
—No es… tu lucha —susurré.
Pero él me apretó la muñeca, negando con la cabeza.
—Lo es. Desde la primera vez que te vi, lo es.
Un estremecimiento me recorrió.
Quizá era el miedo.
Quizá… era esperanza.
De pronto, una de las cartas se desprendió del mazo y cayó a mis pies.
No era blanca.
Estaba manchada de rojo.
La tomé con dedos temblorosos y leí la palabra que ardía en ella, como escrita con fuego líquido:
“Sacrificio.”
El aire se congeló.
Supe en ese instante que el mazo no iba a detenerse hasta cobrarse un precio más grande que el mío.
Y que alguien, Kael o yo, tendría que pagarlo antes de que la función llegara a su fin.
Cerré los ojos, abrazando esa certeza con un escalofrío.
El acto aún no terminaba.
Apenas comenzaba a escribirse la parte más cruel.
El mazo ya no era un objeto flotando sobre nosotros.
Era un juez.
Un dios oscuro que exigía obediencia, y yo… yo ya había escrito mi sentencia.
La carta roja seguía brillando en mis manos, con esa palabra que pesaba más que cualquier cadena:
“Sacrificio.”
Kael me miró como si esa tinta lo hubiera atravesado a él también. Vi en sus ojos el mismo miedo que yo tenía, pero mezclado con una furia salvaje, la de un lobo acorralado.
—No lo aceptaré —dijo, con voz ronca—. No permitiré que te arranque más de lo que ya hizo.
Yo quise creerle. Quise aferrarme a esa promesa.
Pero dentro de mí, el mazo ya susurraba otra cosa.
“Todo acto requiere un precio. Tú escribiste libertad… ahora escribe quién paga por ella.”
La piel de mis brazos se resquebrajó aún más, pequeñas líneas de ceniza corriendo como ríos bajo la carne. Apenas podía mantenerme en pie.
Lucien, arrodillado pero sonriente, levantó la cabeza.
—Ah… ahí está. La carta que lo decide todo. ¿Quién será, niña? ¿El lobo que te ama… o tú misma?
Quise responderle, gritarle que callara, pero las palabras no salieron.
Solo apreté la carta contra mi pecho, sintiendo cómo me quemaba.
El mazo no iba a esperar.
Y yo lo sabía: en el próximo acto, la función iba a exigir sangre.
El telón invisible había caído.
El capítulo de las cenizas estaba cerrado.
Y el siguiente sería el del sacrificio.