El eco del sacrificio💀
Kael
La carta roja seguía ardiendo contra el pecho de Ariadna, y yo podía sentir su calor desde aquí, un calor que no era vida sino condena.
El mazo la había marcado, y con ella, a todos nosotros.
No me hizo falta leer más allá de esa palabra: “Sacrificio.”
Sabía lo que significaba.
El circo, los vampiros, los lobos, los híbridos… todo estaba montado para esta función. Y ahora el guion exigía sangre, no como alimento, sino como final de acto.
Ariadna se tambaleaba, cada vez más débil, cada grieta en su piel dejando escapar un polvo gris que se mezclaba con el viento.
Corrí hacia ella y la tomé de los hombros, obligándola a mirarme.
—Escúchame bien —le dije, con el rugido del lobo apretándome la garganta—. Si alguien debe pagar, seré yo.
Ella negó, apenas con fuerzas.
—No, Kael… tú eres fuerza. Sin ti… yo…
—¡No! —la interrumpí—. El mazo quiere un sacrificio. Entonces que lo tenga. Pero no te va a tocar.
Lucien soltó una carcajada seca desde las sombras, apoyado en los restos de un poste roto.
—Patético. El cachorro jugando a héroe. No entiendes nada… —tosió, dejando caer un hilo de sangre—. El mazo no quiere cualquiera. Quiere al que más duele perder.
Mi corazón golpeó como un martillo.
Miré a Ariadna, con la ceniza extendiéndose en sus brazos, y supe que Lucien no mentía. El mazo no buscaba solo una ofrenda: quería arrancar la pieza que desarmara todo el tablero.
Ella bajó la mirada, y una lágrima oscura, mezclada con ceniza, corrió por su mejilla.
—Kael… —susurró—. No podemos huir de lo que ya está escrito.
La apreté más fuerte, con los colmillos desnudos.
—Pues entonces vamos a reescribirlo. Con mi sangre, con mis garras, con lo que sea necesario.
El mazo vibró en respuesta, como si hubiera escuchado mi desafío.
Las cartas blancas se mezclaron con las rojas, girando sobre nosotros en una espiral furiosa, mientras una nueva se desprendía lentamente, cayendo entre Ariadna y yo.
Cuando la atrapamos, el aire se detuvo.
En ella no había tinta.
Solo un espejo diminuto.
Y en ese reflejo, no vi mi rostro.
No vi el de Ariadna.
Vi a alguien más.
Alguien que no debía estar en el circo.
Alguien que el mazo ya había elegido como sacrificio.
El espejo en la carta nos devolvía un reflejo que no era mío, ni de Ariadna.
Un rostro humano apareció, nítido como si estuviera de pie frente a nosotros.
Y en ese instante, el mazo dejó de girar.
Ariadna jadeó, llevándose una mano a la boca.
Yo sentí cómo su cuerpo temblaba en mis brazos, no de frío ni de debilidad, sino de puro horror.
—Es… —balbuceó—. Es mi hermano.
El mundo se me vino abajo.
La carta ardió entre nosotros, proyectando su imagen en el aire como una verdad imposible de ignorar. Ariadna siempre me había hablado de él como un recuerdo lejano, un eco de su vida antes del circo, antes de los lobos, antes de la maldición del mazo. Ella creía que había muerto aquella noche de sangre.
Pero allí estaba.
Vivo.
Y marcado.
Lucien rió, con esa tos quebrada que le arrancaba sangre de los labios.
—El mazo es un dramaturgo cruel, ¿no lo creen? —murmuró—. Siempre elige al personaje inesperado, al que más duele perder.
Ariadna apretó la carta contra su pecho como si quisiera romperla, pero yo le sostuve las manos.
—No —le dije, con firmeza—. No vamos a entregarlo.
—Kael… —susurró, con lágrimas y ceniza mezclándose en sus mejillas—. Si no lo hacemos… el mazo me tomará a mí.
La rabia me atravesó como una lanza.
No podía dejar que ella se borrara.
No podía entregar a alguien inocente.
El mazo había puesto una trampa, y cualquiera que fuera la elección, perderíamos.
Alcé el rostro hacia las cartas flotantes, rugiendo con todo lo que quedaba en mi pecho.
—¡Entonces reescribiremos tu obra, maldito mazo! ¡Con mi sangre si es necesario!
El mazo vibró.
Las cartas se agitaron como si respondieran a mi desafío.
Y una chispa oscura recorrió el aire, marcando el inicio de un acto que aún no entendíamos.
Pero yo lo sabía en mis entrañas de lobo:
El sacrificio estaba escrito.
Y nosotros teníamos apenas unos hilos de tiempo para cambiarlo.
El rostro en la carta no se desvanecía. Estaba allí, inmóvil, respirando dentro del espejo como si el mazo hubiese abierto una ventana a otro lugar.
Ariadna temblaba en mis brazos, repitiendo una y otra vez con un hilo de voz:
—No puede ser… no puede ser…
—¿Quién es? —pregunté, aunque en el fondo ya lo intuía por cómo lo miraba.
Ella levantó los ojos, rotos por dentro.
—Es mi hermano. Creí que había muerto aquella noche…
Su confesión me atravesó como una daga. Yo había escuchado su historia, pero nunca pensé que el mazo fuera tan retorcido como para hurgar en un recuerdo enterrado y traerlo de vuelta solo para usarlo como peón.
Las cartas giraban más rápido, y un portal empezó a formarse frente a nosotros, una abertura hecha de símbolos y sombras. Del otro lado, se alcanzaba a ver un campamento solitario, donde él —el hermano de Ariadna— vivía ajeno a todo.
Lucien carcajeó, arrastrando las sílabas como cuchillas.
—El sacrificio perfecto. No solo perderías a alguien amado, niña… sino que él ni siquiera sabría por qué muere. Eso es verdadero arte.
Me giré hacia Ariadna y tomé su rostro entre mis manos.
—Mírame. —Esperé hasta que sus ojos chocaron con los míos, dorado contra ceniza—. No lo aceptes. No dejes que el mazo decida por ti.
—Pero si no lo hago… —su voz se quebró—, yo desapareceré, Kael.
Mi pecho ardió.
El lobo en mí quería arrancar esas cartas con los dientes, pero el hombre sabía que no podía. El mazo solo cedía a la escritura.
A nuestra escritura.