La Voz De La La Carta Final

cap 26

La última función🕯️

Ariadna

El aire del portal era denso, frío, como si cada partícula estuviera hecha de ceniza.
Kael avanzaba delante de mí, su silueta recortada contra el resplandor oscuro, pero aun así no me soltaba la mano.
Su agarre era lo único que me mantenía en pie.

Las cartas formaban un arco sobre nosotros, vibrando como alas de vidrio. Cada paso que dábamos retumbaba con un eco que no era nuestro, como si el mazo se burlara repitiendo nuestros pasos en otro escenario.

Y entonces lo vi.

El campamento al otro lado no era un sueño ni un recuerdo.
Era real.
Las tiendas desgastadas, el fuego encendido en el centro, y él… mi hermano.
Más alto, con el rostro endurecido por los años, pero inconfundible.
El niño que creí muerto se había convertido en un hombre.

El grito se me ahogó en la garganta.
Mis venas ardieron con la contradicción: quería correr hacia él, abrazarlo, decirle que todo este tiempo había estado viva.
Pero al mismo tiempo sabía que había una sombra sobre su frente, una palabra invisible que lo marcaba como ofrenda.

El mazo murmuró dentro de mi cabeza:
“Sacrificio.”

Kael se tensó. Lo sentí en su respiración, en el rugido contenido en su pecho.
—Si el mazo lo eligió —me dijo sin mirarme—, entonces lo arrancaremos de sus garras.

Yo tragué saliva, con las lágrimas ya en mis mejillas.
—¿Y si no podemos? ¿Y si es verdad que solo se rompe con sangre?

Él apretó mi mano más fuerte.
—Entonces derramaremos la mía.

Mi corazón se desgarró.
Porque en lo profundo sabía que Kael estaba dispuesto a entregar todo.
Y yo… yo no podía perder ni a él ni a mi hermano.

El portal tembló, como una cortina a punto de cerrarse.
Tenía que decidir si corría hacia ese reencuentro imposible, o si lo apartaba de mí para siempre, salvándolo del destino.

Porque cada vez era más claro:
La función final del mazo no sería sobre la libertad.
Sería sobre quién estaba dispuesto a mancharse las manos para reescribir la obra.

El portal palpitaba como una herida abierta. Cada segundo se hacía más estrecho, como si el mazo quisiera darnos solo un instante para elegir.

—¡Ariadna! —la voz de mi hermano viajó desde el otro lado. No era un eco inventado. Me estaba mirando. Reconociéndome.

El corazón se me partió.
Él estaba vivo.
Él me recordaba.

Quise correr, pero Kael me detuvo, clavando sus garras en el suelo para sostenerme.
—Es una trampa —gruñó—. Si cruzamos sin pensar, el mazo ya habrá ganado.

Mi hermano avanzó unos pasos dentro del campamento. El fuego a su espalda iluminaba sus facciones. Tenía la misma mirada que yo cuando era niña: mezcla de miedo y esperanza.
—¿Eres tú… de verdad?

Las lágrimas me cegaron.
—¡Sí! —alcancé a gritar, con la voz rota—. ¡Soy yo, Ariadna!

Las cartas se estremecieron, celebrando como público invisible. El mazo disfrutaba del espectáculo.

Kael me jaló hacia sí, apretando mi cintura.
—Si entras, él quedará marcado de inmediato. Y si no lo hacemos… el mazo te borrará.

Las palabras me aplastaron. El precio era claro:
Mi hermano o yo.

Por primera vez, sentí un odio puro hacia el mazo. No miedo, no resignación. Odio.
—No va a elegir por mí otra vez —dije, con la voz firme, aunque el polvo de mi piel caía como escarcha.

El portal chisporroteó, como si respondiera a mi desafío.
Las cartas giraron más rápido, preparando la sentencia.

Kael se adelantó medio paso, interponiéndose entre mí y la abertura.
—Decidas lo que decidas, Ariadna… no vas a hacerlo sola.

Lo miré, y en ese instante entendí que la obra del mazo no estaba terminada.
Estábamos escribiendo algo nuevo con cada palabra, con cada paso que nos negábamos a dar.

El portal lanzó un último destello, exigiendo nuestra decisión.
Y supe que, al cruzarlo o no, nada volvería a ser igual.



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En el texto hay: cartas, vampiros y lobos

Editado: 27.12.2025

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