La Voz De La La Carta Final

cap 29

La voz de la carta final🩶

Ariadna

El aire dentro de la carpa era fuego y hielo al mismo tiempo. Kael y Lucien chocaban como bestias ancestrales: colmillos contra garras, sombra contra furia. Cada golpe sacudía el suelo, cada rugido hacía temblar mi pecho.

Las cartas giraban alrededor de mí, brillando con un fulgor que ya no parecía magia, sino hambre. La baraja se alimentaba del combate, de la sangre derramada, de mi miedo. Y lo entendí: no buscaba una solución… buscaba perpetuar el sacrificio.

Una de las cartas cayó a mis pies. La reconocí de inmediato: La Muerte. El dibujo mostraba una torre en ruinas y una figura de túnica negra sosteniendo dos cadenas. En una, el lobo. En la otra, el vampiro.

Tragué saliva. Mis dedos temblaban al recogerla. La voz de la baraja se filtró en mi mente, clara como nunca:
—Uno debe caer. Tú decidirás cuál.

Mi cuerpo se estremeció. Miré a Kael, luchando con todas sus fuerzas, su lobo desatado, protegiéndome aun sabiendo que lo destruía. Miré a Lucien, implacable, eterno, su sonrisa cruel incluso en medio de la furia. Y me miré a mí misma: temblando, sangrando, pero con la carta en mi mano.

Yo era la llave.
Yo era el sacrificio.

—¡Ariadna! —la voz de Kael atravesó el rugido de la pelea, sus ojos dorados clavados en mí—. ¡No lo hagas!

Lucien lo empujó contra el suelo y me habló sin apartar la mirada.
—Haz lo correcto, pequeña vidente. Dámelo a mí… y vivirás.

Las cartas aullaban en mi cabeza. El dolor en mi brazo ardía como fuego líquido. No podía respirar.

Entonces lo entendí. El verdadero truco de la baraja no era elegir entre ellos…
Era elegirme a mí.

Si aceptaba su juego, alguien caería y el ciclo continuaría.
Si lo rompía, el precio sería mayor: mi propia sangre.

Elevé la carta de la Muerte entre mis manos.
El aire se quebró en silencio.

Y mientras Kael rugía mi nombre y Lucien extendía su mano hacia mí, susurré la única palabra que podía cambiarlo todo:

—Yo.

La carta se encendió en mis dedos, y un dolor indescriptible me atravesó el pecho. Caí de rodillas, jadeando, mientras la baraja devoraba mi sangre y mis gritos.

Pero antes de que la oscuridad me arrastrara, vi en los ojos de Kael algo que nunca olvidaré: no rabia, no miedo. Solo dolor.

Un dolor tan humano que me arrancó el último aliento. El dolor me atravesó como mil cuchillas. La carta de La Muerte ardía en mis manos, pegándose a mi piel como si siempre hubiera pertenecido a mí. No pude gritar más: mi voz se quebró en un alarido ahogado que se mezcló con el rugido de Kael.

Sentí cómo mi sangre corría hacia la baraja, devorada por ella. Las demás cartas comenzaron a arder una a una, iluminando la carpa como estrellas negras. El público, hipnotizado, aplaudía como si el sacrificio fuera parte del espectáculo. Nadie comprendía que el circo estaba alimentándose de mí.

Lucien se detuvo en seco. Su sonrisa triunfal se quebró en un gesto de sorpresa y furia.
—¡No! —rugió, sus ojos brillando con un rojo asesino—. ¡No era tu sangre la que debía tomar!

Caí al suelo, mis manos aún aferradas a la carta, el pecho latiendo con un ritmo irregular. Todo mi cuerpo ardía, pero no de dolor físico, sino de poder. El mazo no me estaba matando. Me estaba transformando.

Kael se acercó a mí a toda prisa, aún en su forma bestial. Me rodeó con sus brazos, temblando, como si temiera que me deshiciera en cenizas entre ellos.
—Ariadna… no… no me hagas esto —su voz era mitad lobo, mitad hombre, rota en mil pedazos.

—Kael… —murmuré, apenas consciente—. No lo entiendes… el sacrificio no era entre ustedes. Siempre fui yo.

Lucien nos rodeó, caminando en círculos como un depredador frustrado. Sus pasos eran lentos, calculados, su ira contenida.
—Maldita sea… —escupió—. ¡La baraja no quería redención, quería continuidad! ¡Al ofrecerte tú, has roto la cadena!

Las cartas giraban a mi alrededor como un torbellino enloquecido. La marca en mi brazo ardió hasta extenderse por todo mi cuerpo. Vi mis propias venas teñirse de negro, como raíces atravesando mi piel.

Y entonces ocurrió.

Un grito escapó de mi garganta, pero no era mío. Era un eco profundo, antiguo, que resonó en cada rincón del circo. Las luces explotaron, las lonas se desgarraron, las jaulas se abrieron de golpe. Bestias, humanos, vampiros, todos fueron arrojados al suelo bajo la fuerza de ese rugido.

La baraja ya no flotaba. Estaba dentro de mí.

Lucien retrocedió, por primera vez con miedo en los ojos.
Kael me sujetó con más fuerza, desesperado.
Yo apenas podía respirar, pero lo supe con claridad: ya no quedaba elección. Yo me había convertido en la carta final.



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En el texto hay: cartas, vampiros y lobos

Editado: 27.12.2025

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