La Voz De La La Carta Final

cap 30

Cuando callan los tambores⚰️

Kael

El circo ardía. No por fuego, sino por la fuerza oscura que salía de Ariadna.
Su cuerpo temblaba en mis brazos, las cartas giraban alrededor como cuervos, devorándose poco a poco. Sus ojos, antes oscuros y humanos, ahora brillaban con un resplandor imposible, mitad sombra, mitad luna.

—Kael… —su voz era un susurro roto—. No me sueltes… aunque ya no sea yo.

Apreté los dientes. El lobo dentro de mí rugía, queriendo arrancar de ese destino, pero yo lo sabía: no podía. El sacrificio estaba consumado. La baraja la había reclamado.

Lucien observaba desde las sombras, derrotado y fascinado a la vez. Por primera vez no sonreía. Sus labios eran una línea amarga.
—Ella es la carta final —murmuró—. El circo ya no me pertenece.

Un rugido de furia me atravesó, pero mi mirada no podía apartarse de Ariadna. La marca que compartíamos ardía en mi piel, quemándome hasta el hueso. Cada segundo que ella se deshacía, yo lo sentía en carne viva.

La sostuve contra mi pecho. Su aliento era cada vez más débil.
—Lucha, Ariadna. Vuelve conmigo.

Ella negó con la cabeza, lágrimas mezclándose con la sangre en sus labios.
—No, Kael. Si vuelvo… el ciclo nunca termina. Alguien más será el sacrificio. Mejor que sea yo.

Mi corazón se rompió.
—¡No! ¡No me dejes solo!

Su mano temblorosa rozó mi rostro. Por un instante, sus ojos fueron los de siempre, humanos, llenos de esa extraña mezcla de miedo y valentía.
—Ya no estás solo, Kael. Porque mientras me recuerdes… sigo contigo.

Y entonces, con un último aliento, su cuerpo se disolvió en luz. Las cartas estallaron en llamas negras y fueron absorbidas en el vacío. En mis brazos no quedó nada.

Nada.

El circo entero cayó en silencio. El público, hipnotizado, se desplomó como muñecos sin vida. Las jaulas se cerraron solas. Y Lucien, aquel monstruo eterno, desapareció entre la niebla, dejándome con el eco de su risa amarga.

Me arrodillé en el suelo vacío, con la marca aún ardiendo en mi piel. Pero ya no había vínculo. Solo dolor.
Un aullido salió de mi garganta, tan desgarrador que rompió la noche. No era el rugido de un lobo vencedor. Era el lamento de un hombre que había perdido lo único que le dio razón para luchar.

La carpa se desplomó a mi alrededor. El Circo de Medianoche murió con ella.
Pero yo seguí allí, entre cenizas y silencio, con las manos vacías y el alma rota.

Porque Ariadna ya no estaba.
Y el destino, cruel como siempre, me había dejado vivo para recordarlo.

El silencio tras su desaparición fue peor que cualquier grito.
El lugar donde Ariadna había estado brilló unos segundos con un resplandor tenue, luego se apagó, dejándome solo con la oscuridad.

Las lonas caídas del circo se mecían con el viento, como sudarios. Los cuerpos del público permanecían inmóviles, vacíos, con los ojos abiertos hacia la nada. Todo el espectáculo había muerto con ella.

Me puse de pie tambaleante. Sentía el olor de su sangre en mis manos aunque ya no estuviera allí. La marca en mi brazo, antes un vínculo ardiente, ahora era solo una cicatriz muerta. Un recordatorio de lo que había perdido.

—Ariadna… —su nombre escapó de mis labios como un rezo inútil.

El viento me devolvió un eco, suave, como un susurro:
"Recuerda."

Me giré, esperando verla, escucharla, tocarla una vez más. No había nadie. Solo sombras.

Lucien ya no estaba. El circo había colapsado, y con él su reinado. Pero yo no sentía victoria. Solo vacío. La baraja había reclamado su último sacrificio… y me había condenado a vivir con la culpa.

Caí de rodillas entre los restos de la carpa, mis garras hundiéndose en la tierra húmeda. Un aullido desgarró mi pecho, un lamento que se elevó hacia la luna. No era un llamado a la manada. No era un canto de guerra. Era el grito de un lobo roto, condenado a cargar con la memoria de una mujer que eligió morir para salvarnos a todos.

Las sombras del circo se disiparon poco a poco hasta que no quedó nada. Solo yo, en un descampado vacío, bajo un cielo sin estrellas.

El mundo siguió girando.
Pero el mío se había detenido con ella.

Me levanté, con la mirada perdida en el horizonte. No quedaba nada que proteger, nada por lo que luchar. Solo un recuerdo, clavado en mi carne como una herida que nunca cerrará.

El Circo de Medianoche había muerto.
Ariadna también.
Y yo… yo seguía vivo.

El viento arrastró las cenizas del circo hasta perderlas en la noche. Donde antes hubo risas y aplausos, solo quedaba un vacío inmenso, un silencio que pesaba más que cualquier grito.

Me quedé solo, de pie entre los restos, con la luna como único testigo. La marca en mi piel era ya una cicatriz fría, pero mi corazón seguía ardiendo como si estuviera en llamas. Cada latido era un recordatorio de que Ariadna se había ido… y yo no había podido salvarla.

No lloré. No podía. El lobo dentro de mí no entendía de lágrimas, solo de pérdidas.
Así que aullé.

Un aullido largo, desgarrador, que atravesó la noche y rompió la calma de los bosques. Fue mi despedida, mi condena, mi única manera de decirle al mundo que ella había existido… y que la había amado más de lo que jamás admitiría.

Cuando el eco se apagó, lo supe.
La historia había terminado.
El Circo de Medianoche había muerto.
Y yo había quedado condenado a caminar bajo la luna con un recuerdo clavado en el alma.

Ese era el verdadero precio de la baraja.
No sangre.
No poder.
Sino la pérdida.

Y en esa pérdida, yo había dejado de ser Kael.
Solo quedaba el lobo.



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En el texto hay: cartas, vampiros y lobos

Editado: 27.12.2025

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