La voz entre las cartas
El silencio me envuelve, interminable.
No hay aplausos, no hay música, no hay carpa.
El circo se ha apagado, y con él, todo lo que alguna vez fui.
Me miro —aunque ya no tengo cuerpo— y solo encuentro sombras. Las cartas me rodean, flotando eternamente en la oscuridad. Cada una lleva un fragmento de mí: mi miedo, mi dolor, mi recuerdo. Me convertí en su dueña, y al mismo tiempo en su prisionera.
Soy la baraja.
Soy la carta que nadie quiere robar, pero que siempre aparece al final.
Kael… si pudieras verme ahora, sé que maldecirías mi nombre. Me odiarías por dejarte, por arrebatarte la única razón que te mantenía humano. Pero también sé la verdad: no había otro camino.
El sacrificio me eligió mucho antes de que yo entendiera las reglas.
Tu aullido todavía vibra en mí, aquí, en esta cárcel de símbolos y silencio. No es un sonido, es un latido, un eco que rompe el vacío. Lo escucho cada noche, aunque tú no lo sepas. Lo escucho y me aferro a él, como quien se aferra a una chispa en medio de la oscuridad infinita.
Lucien se equivocaba.
El destino no era suyo.
Tampoco tuyo.
El destino siempre fue mío, incluso cuando pensé que era prisionera de la baraja. Y aunque pagué el precio más alto, sé que rompí el ciclo. Nadie más tendrá que caer como yo. Nadie más llevará la marca de este circo maldito.
Y sin embargo… me duele.
Me duele no haber sentido tu mano una última vez.
Me duele no haber probado la libertad contigo.
Me duele haberte amado en el silencio, y haberlo gritado solo cuando ya era demasiado tarde.
Aquí no hay tiempo, Kael. No hay amaneceres ni noches. Solo un espacio eterno donde el eco de mi sacrificio arde como una llama que nunca se apaga. Y en esa eternidad, lo único que me ata a lo que fui… eres tú.
Si alguna vez vuelves a escuchar el crujir de las cartas en la penumbra, sabrás que estoy allí.
No como mujer.
No como vidente.
No como víctima.
Sino como la voz de la última carta.
Y mientras tu memoria me nombre, aunque la luna se apague y los tambores del mundo se callen… yo seguiré contigo.
En tu dolor.
En tu rabia.
En tu soledad.
Porque eso es lo que soy ahora:
un susurro eterno en la oscuridad.
Y aunque no lo sepas, Kael… cada vez que aúlles, yo aullaré contigo.