Hicimos el camino al cementerio en un silencio solemne, solo interrumpido por el crujido de las hojas secas bajo mis botas. El aire era denso, cargado con el aroma terroso de la humedad y el leve toque metálico que siempre acompaña a los camposantos. A pesar de que el sol brillaba en lo alto, la densa arboleda que rodeaba el sendero proyectaba sombras que parecían extenderse y retorcerse con vida propia.
Me detuve a mitad del camino, dejando que el silencio del cementerio se apoderara de mis pensamientos. Las tumbas se extendían a mi alrededor, algunas cubiertas por una capa de musgo que hablaba de abandono, mientras que otras mostraban rastros de amor y dedicación: flores frescas, velas a medio consumir y placas brillantes recientemente limpiadas. Era evidente que algunos corazones no dejaban que el tiempo borrara el recuerdo de sus seres queridos.
Mis pasos vacilaron al pensar en la tumba de mi hermano Tom. Nunca la había visitado. Había algo en esa idea que me paralizaba. Dolor y culpa, dos cosas que no me permitían acercarme. Me pregunté si Alex habría encontrado el valor para hacerlo en alguna ocasión, si también se enfrentaba al peso de esos recuerdos o si, como yo, prefería enterrarlos en lo más profundo de su mente.
Levanté la vista hacia la vieja iglesia, una estructura que parecía resistir el paso del tiempo con una dignidad solemne. La madera desgastada por los años conservaba una belleza melancólica, como si cada tabla contara historias de esperanza y desolación. Las ventanas, enmarcadas por arcos sencillos, reflejaban la luz tenue del día, creando destellos que daban a la construcción un aire casi sobrenatural. Aunque era modesta en tamaño, su presencia dominaba el paisaje, llenándolo de un misterio que me atrajo irresistiblemente.
A medida que el viento soplaba, llevándose las hojas caídas y susurrando entre las cruces y las lápidas, no pude evitar sentir que aquel lugar era un umbral. No solo entre la vida y la muerte, sino entre mi pasado y el futuro que intentaba comprender. La iglesia se alzaba como una guardiana silenciosa, testigo de los secretos que había venido a desenterrar.
_ Admirando el paisaje. _ Ethan me observaba con una ligera sonrisa, como si mi incomodidad en medio del cementerio le resultara divertida.
Me encogí de hombros, intentando aparentar indiferencia. _ No entiendo por qué todos insisten en decir que el pueblo está maldito. A mí me parece que tiene su encanto.
La sonrisa de Ethan se desvaneció, dando paso a una expresión grave que transformó por completo su rostro. _ En realidad, lo que está maldito es Stone Hill. Pero eso es suficiente para arrastrar al pueblo entero con ella.
Sus palabras quedaron flotando en el aire, cargadas de un peso que no supe cómo responder. La seriedad en su mirada hizo que el ambiente pareciera más frío, como si el mismo cementerio se estremeciera ante la verdad que acababa de ser dicha.
_ Ven, la casa de Ambrose esta por ahí. _ Continuo Ethan tras unos minutos de silencio.
La casa de Ambrose Lockhart era sencilla y solitaria. Era una pequeña cabaña de madera oscura, con las tablas exteriores desgastadas por la intemperie y cubiertas en partes por musgo y hiedra que parecía asfixiarla. El tejado inclinado estaba coronado por una pequeña chimenea de ladrillos que, aunque antigua, aún dejaba escapar un leve rastro de humo, señal de que alguien vivía allí.
El jardín delantero era un caos organizado, como si la naturaleza hubiera intentado reclamar el terreno, pero hubiera sido contenida por manos pacientes. Entre la maleza crecían rosales espinosos que ofrecían flores marchitas, y una vieja carretilla oxidada descansaba junto a un montón de herramientas de jardinería abandonadas.
La puerta principal era baja y estrecha, hecha de madera maciza que había visto mejores días. Un aldabón de hierro en forma de cráneo colgaba en el centro, su superficie pulida por años de uso. Las ventanas, pequeñas y cubiertas con cortinas de encaje amarillento, apenas dejaban entrever el interior.
Levanté la mano y golpeé la puerta con tres golpes firmes sobre la madera, pero no escuché ningún movimiento en el interior. Estaba a punto de intentarlo de nuevo cuando Ethan me detuvo colocando su mano sobre la mía.
_ Dale un par de minutos más. _ Dijo con calma. _ Es un viejo lento... y quizá medio sordo.
Suspiré, frustrada, mientras mis dedos tamborileaban inquietos sobre mi brazo. Mis ojos no se apartaban de la puerta, vieja y desgastada, como si de alguna forma eso pudiera apresurar lo inevitable. Justo cuando estaba decidida a golpear de nuevo, esta vez con más fuerza, escuché pasos al otro lado. El sonido creció hasta que, finalmente, la puerta se abrió lentamente con un chirrido que rompió el tenso silencio.
El hombre que abrió la puerta era alto y delgado, de espalda ligeramente encorvada, como si los años y el peso de sus secretos hubieran comenzado a doblegarlo. Su cabello blanco caía en mechones desordenados alrededor de un rostro marcado por profundas líneas de expresión. Sus ojos, de un gris pálido, parecían perforarte con una mirada que podía ser tanto sabia como intimidante.
_ ¿Julia? _ Dijo en un tono suave, aunque teñido de sorpresa. _ ¡Niña tonta! ¿Qué haces aquí?
Sus palabras me golpearon como una ráfaga de viento frío, dejándome sin aliento. El hombre frente a mí me reconocía, a pesar de los años y, más aún, a pesar de que en mi memoria apenas quedaba una tenue y borrosa imagen de él.
Editado: 31.01.2025