Bajé las escaleras apresuradamente, casi tropezando con mis propios pasos. Mi corazón martilleaba con fuerza dentro de mi pecho, cada latido retumbaba en mis oídos como un tambor. El aire parecía escurrirse de mis pulmones, dejando una sensación de vacío y ansiedad que me oprimía.
Cuando llegué al pie de las escaleras, levanté la mirada hacia lo alto. La oscuridad reinaba, densa y absoluta, como un manto que todo lo cubría. El silencio era tan profundo que resultaba inquietante, como si la casa contuviera la respiración, esperando. La quietud, lejos de ser un alivio, me hizo estremecer.
Mis manos temblaban ligeramente al mirar los cuadernos que sostenía contra mi pecho. Las tapas desgastadas y las hojas amarillentas guardaban secretos, fragmentos del pasado de mi abuela que necesitaba descifrar. Había algo importante escondido entre esas páginas, algo que debía encontrar antes de que la sensación de vacío en mi pecho se convirtiera en algo más.
Respiré hondo, obligándome a calmarme, aunque una voz en mi interior susurraba que el tiempo se agotaba. Era como si las sombras en la casa se alargaran a propósito, como si supieran algo que yo no sabía. Tenía que seguir. Entre esos recuerdos, entre las palabras descoloridas de mi abuela, se escondía una verdad que ya no podía ignorar.
_ Todo estará bien. _ Me dije en voz alta, aunque mi voz temblorosa traicionaba la confianza que intentaba proyectar. _ No más secretos.
Apreté los cuadernos contra mi pecho con más fuerza, como si el peso de sus páginas pudiera darme el valor que me faltaba. Sin detenerme a pensar demasiado, avancé hacia el despacho de mi abuela. Cada paso retumbaba en el pasillo vacío, y el eco parecía rebotar en las paredes, siguiéndome como un recordatorio constante de lo que estaba a punto de enfrentar.
Cuando llegué al umbral de la puerta, me detuve. El aire en la habitación era distinto, denso y cargado, como si estuviera impregnado con los susurros de un pasado muy oscuro. Una corriente casi imperceptible pareció rozar mi piel, como si la habitación misma me saludara.
Mis ojos se posaron en el viejo escritorio de caoba, sus bordes redondeados y el barniz desgastado por los años hablaban de un tiempo en que había sido nuevo, orgulloso en su rincón. Ahora, sin embargo, parecía más un guardián silencioso de secretos que un simple mueble. La silla, con su tapizado de gamuza roja descolorida, estaba justo donde la recordaba, inmóvil e intacta, como si hubiera estado esperando algo... o a alguien.
Lo extraño era que no podía recordar a mi abuela sentada en esa silla. De hecho, cuanto más pensaba, más clara se hacía una certeza: ella evitaba esta habitación a toda costa. Había algo en este lugar que no solo había incomodado a mi abuela, sino que también comenzaba a afectarme.
Tomé aire con fuerza, intentando ignorar la sensación opresiva que me invadía. Todo esto era una locura, me dije. Pero una pregunta persistía en mi mente mientras daba un paso al interior: ¿qué era lo que mi abuela había escondido aquí? Y, más importante aún, ¿por qué?
14 de noviembre, 1993
Amo a mi hija más de lo que puedo expresar con palabras. Cada decisión que he tomado, cada sacrificio, ha sido por ella, por su bienestar, por su felicidad. Amo también a esos niños, mis nietos. Pero no entiendo por qué insiste en venir aquí, a Stone Hill, cada año, a pesar de mis advertencias. Le he pedido, casi suplicado, que se mantenga lejos, que deje este lugar atrás, como un mal sueño.
Ella no lo entiende. Cree que exagero, que es un capricho de una anciana que vive atrapada en el pasado. Pero no lo es. Hay algo aquí. Algo que me aterra. Algo que no debería alcanzarlos.
Anoche, lo oí de nuevo. La voz. Ese susurro que atraviesa las paredes, que parece brotar del aire mismo. No sé qué dice, nunca logro entender las palabras con claridad, pero sé lo que quiere. Siempre lo he sabido. Los reclama.
¿Qué haré si algún día logra alcanzarlos? Si el mal que habita en este lugar pone sus garras sobre mi familia... no podría perdonármelo. Pero, ¿cómo explicarle esto a mi hija sin que piense que he perdido la cordura?
Tal vez debería quemar este diario. Tal vez debería quemar la casa entera.
Pero el miedo me paraliza.
Deslicé la yema de los dedos por la tinta seca que se extendía como cicatrices sobre las viejas hojas amarillentas. Mientras lo hacía, un extraño frío comenzó a apoderarse de la habitación, arrastrándose lentamente como si brotara de las mismas paredes.
El aire se volvió más pesado, y mis propios suspiros parecían resonar en el silencio opresivo. Miré alrededor, inquieta. Las sombras en las esquinas parecían haberse extendido, envolviendo el lugar en una penumbra que no recordaba que estuviera allí momentos antes. Era como si la luz se estuviera retirando, dejando espacio para algo más, algo que acechaba.
_ No me detendré. _ Murmuré, mi voz apenas un susurro que trataba de sobreponerse al peso de la atmósfera.
Con manos temblorosas, pasé a la siguiente página. El leve crujido del papel al girar sonó casi como un lamento en aquel silencio abrumador. A medida que mis ojos recorrían las palabras, sentí que algo, una presencia invisible, observaba desde las sombras. Era una sensación punzante, como si la habitación misma estuviera viva y al tanto de cada uno de mis movimientos.
Editado: 31.01.2025