La voz de tu corazón.

Capítulo 1

Presente.

Seattle.

Su móvil volvió a sonar una vez más y Aiden no necesitó verlo para saber de quién se trataba. Bufó con incomodidad mientras terminaba de corregir los exámenes de economía. No entendía por qué tanta insistencia si hace casi seis años se desentendieron de él y su hija.

Tomó el aparato y respondió.

>>¿Qué es lo que quieres, padre? ¿No te da a entender que, si no respondo las últimas treinta llamadas, o las anteriores y que cambiará mi número de teléfono es una clara muestra de que no quiero hablar contigo?

<<¿No pensaste que mi insistencia es por algo importante? Vamos, Aiden, escúchame, por favor.

>>No me interesa lo que sea que quieras decirme. Ya es tarde, voy a colgar.

<<Espera, es sobre tu abuelo.

Aiden permaneció en silencio, esperando escuchar a su padre continuar, pero el silencio reinó entre padre e hijo. Sin embargo, unos suaves pasitos le hicieron desviar su mirada a la puerta y una sonrisa pintó su rostro al ver a su hija con su pijama de unicornios y sus coletas moviéndose de un lado a otro mientras su pequeña avanzaba con su peluche favorito aferrada a su pecho.

—¿Qué sucedió pequeña?

Te echaba de menos y aún no tengo sueño.

Aiden cortó la llamada y avanzó hasta su hija para tomarla en brazos y elevarla por los aires para sacarle una hermosa sonrisa antes de bajarla al piso y señalar con sus manos.

Pequeña mentirosa, lo que deseas es que te dé helado, ¿verdad?

Dulce esbozó una sonrisa traviesa y asintió, extendiendo sus pequeños brazos a su padre para que la cargara. Aiden sin dudarlo lo hizo, pero antes de marcharse, miró el aparato una vez más y salió de la habitación. Entre besos, avanzó a la cocina y al llegar a ella, la dejó en la encimera con un último beso en la mejilla de su hija que aferró más a su pecho su juguete favorito y observaba con emoción a su padre moverse por el espacio reducido de su cocina.

De fresa con chispas de chocolate para la reina de mi vida. —pasó sus dedos en el cabello de fuego de su hija y suspiró, siéndole imposible no recordar a Regina. Su hija era el vivo recuerdo de ella. Sus cabellos, sus ojos de un verde intenso que se asemejaban a una piedra preciosa, la única diferencia entre ella, era que Dulce tenía un corazón noble. No comprendía cómo ella pudo abandonarla porque mientras Aiden la veía comer su helado, le era imposible imaginar una vida sin su pequeña. Hace un año que ella se había marchado, una mañana de invierno dejó una carta y no volvió.

Su excusa, no sentirse amada y además, la condición de su hija le hizo huir, la verdad, a Aiden le sorprendió que durara tanto, cuando siempre le exigía que hiciera las paces con su familia para poder disponer de su dinero.

Algo que era imposible porque no podía perdonar el rechazo a su familia.

Él la verdad no importaba mucho porque al fin de cuentas, jamás hubo algún sentimiento de por medio entre ellos, solamente una feroz necesidad de propiedad hacia aquella pequeña que le robó su corazón el día en que nació y su pequeña mano tomó su meñique, así que

La mano de su hija llamó su atención.

Termina el helado, pequeña, tienes que dormir para ir mañana a clases.

Papi, tú no has comido helado, ¿por qué? Compartir un helado es algo que nos hace sentir bien y quiero que estés bien.

—Lo estoy, princesa, ¿por qué crees que no lo estoy?

Dulce estiró su mano hacia la frente hacia la de su padre y luego negó con su cabeza.

Papi enojado, ¿por qué?

Tranquila, princesa, papi no está enojado, ya sabes que los alumnos de papi lo sacan de quicio, ¿no es así?

La pequeña asintió y le tendió la cuchara con su helado a su padre. Aiden besó la frente de su hija y luego aceptó el helado que le ofreció.

Eres la cura de todo, hija. Te amo.

Yo te amo más.

Aiden tomó sus pequeñas manos que le habían dicho que lo amaba y las besó. Luego terminaron el helado y Aiden llevó en sus brazos a su hija hasta su habitación para que durmiera. Encendió la lámpara de princesas antes de salir e ir a buscar el aparato.

Las llamadas perdidas y mensajes de su padre, le dio a entender que en realidad estaba sucediendo algo malo y en ese momento, odiaba tener la razón.

Estaba seguro de que Robin Ferguson seguía con vida, pero no podía decir por cuánto tiempo más.

Abrió uno de tantos mensajes y un suspiro pesado abandonó su cuerpo, por lo que contenía uno y estaba seguro de que los demás mensajes eran similares.

“Tu abuelo está muriendo, debes regresar a casa antes de que sea demasiado, por favor, regresa”

Cuatro palabras que no debían importarle, pero en realidad, ese mensaje lo golpeó certero en su estómago.

¿Demasiado tarde decía su padre?

Hace casi seis años ya había sido demasiado tarde para él y su familia, desde que decidieron que Dulce no era suficiente para ellos porque esa “diferencia” que muchos la veían como discapacidad, para él, en cambio, era una bendición.




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