Pasado.
Aiden encontró a Regina en la cafetería del campus y, sin dudarlo, se acercó a ella. Su rostro pasó de sorpresa al desconcierto en cuestión de segundos y por un momento, Aiden pensó que ella ya había actuado sin consultarlo debido a su reacción.
—He venido para hablar contigo con respecto al bebé.
—¿Por qué crees que debo hablar contigo después de estos días sin saber de ti?
Aiden suspiró, derrotado, porque Regina tenía razón, pero honestamente, no había asimilado cómo sentirse. Sabía de los cambios que su vida tendría y se podía decir que lo estaba asimilando y terminó de aceptarlo en cuanto su abuelo y padre lo visitaron.
—Lo lamento, ¿vale? Admito que he sido demasiado cobarde y egoísta al dejarte todo el peso a ti, pero debes entender que la noticia me llegó como un balde de agua fría y…
—También fue una sorpresa para mí —interrumpió ella. Aunque era mentira, Aiden no tenía por qué saberlo—. Y tú no solamente te escondiste como un caracol en su caparazón para no ser lastimado.
—Lo acepto —Aiden asintió, reconociendo su error, pero en esos días que tuvo para pensar, lo único que sentía era terror por lo que vendría, pero debía, no, necesitaba demostrar a su familia su valor y que podía hacerlo solo—. Por ello he venido a redimirme. Vamos a hacerlo.
—¿Hacer qué? Aún no soy adivina, Aiden.
El aludido resopló y a continuación, se sentó a un costado de Regina. Elevó su mirada hacia la puerta y unos miembros de su fraternidad de primero entraron entre risas y juegos. Lo saludaron con la cabeza, antes de dirigirse a su mesa. Y para recordarle la dimensión de lo mucho que su vida cambiaría, Kelly y Sabrina, unas amigas con las que solía compartir cama, la primera pasó por su lado no sin antes guiñarle un ojo, y la segunda, una animadora de piernas largas, se pasaba por su frente con sus amigas, dándole una sonrisa que prometía muchas cosas.
Un bufido, acompañado con un golpe en la mesa, lo sacó de sus cavilaciones. Fijó su mirada en Regina, que ataba su cabello color fuego en una coleta antes de cruzarse de brazos.
—Tal vez debería marcharme porque tu atención está en otra parte, ¿no lo crees, Aiden?
Aiden cerró sus ojos y emitió una sincera disculpa.
—Bueno, al punto —murmuró para sí, pero Regina lo escuchó con claridad—. Debemos tenerlo. Al bebé, me refiero.
—¿Por qué crees que aún hay un bebé?
Aiden sintió como su rostro se tornaba pálido ante las palabras de Regina.
Frunció su ceño.
—¿De qué hablas? No lo hiciste, ¿verdad? Quedamos que no actuaría por tu cuenta.
—Me ignoraste estos días —Regina se encogió de hombros y miró la reacción de Aiden. Analizó su rostro y al ver su rostro desfigurado y pálido, decidió decir la verdad, antes de suspirar—. No hice nada, no pude.
Aiden soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo y el alivio lo embargó.
—Gracias, no sé cómo me hubiera sentido si lo hubieras hecho. Jamás me lo perdonaría.
Regina asintió. Llevó su zumo a sus labios y después de largo sorbo, preguntó:
—Bueno, ¿ahora qué más sigue?
—Me haré cargo —aseveró—. Como debe ser, pero…
—Oh, sí, sí, sí, si deseas una prueba de paternidad, no hay problema. No he estado con nadie más desde que empezamos a tontear, pero en el embarazo es un poco peligroso, cuando nazca puedes hacerle las pruebas que desees.
—No he dudado de ti, sé que no serías tan estúpida como para endilgarme un hijo de otro. El problema es otro, mi familia. —Confesó y explicó lo sucedido.
Una vez que Aiden terminó de comentarle lo sucedido, Regina se dijo que debía actuar con cabeza fría. No podría demostrar sus verdaderas intenciones, no ahora, pero de una cosa estaba segura, nadie se resistía a un bebé recién nacido y los Ferguson no serían la excepción.
—No importa, querido, lo importante es que estás tú. Es suficiente para mí y seguro que para nuestro hijo.
Meses después nació una pequeña de cabellos de fuego que no necesitaba ninguna prueba de paternidad, pues era idéntica a Aiden, a excepción de las motas rojizas heredadas de su madre.
Aiden terminó de estudiar a distancia porque el grifo de dinero de su abuelo fue cortado y, por lo tanto, no tuvo otra opción más que buscar trabajo. No solamente para mantenerse a sí mismo, sino que a Regina y su hija, ya que los padres de la madre de su hija, la echaron de su casa y todo se había complicado, aún más, cuando a los días de nacida, una noticia destrozó aquel órgano que latía en su pecho y que no creía tener. Dulce, su hija no podía escuchar, lo que significaba que nunca la escucharía llamarlo papá, o te amo; sin embargo, nada de eso le importó, porque su hija era todo para ella. Algo diferente sucedió con Regina, ya que los meses y años pasaron, pero jamás le había dado una muestra de cariño, o procuró aprender el lenguaje de signos para comunicarse con su pequeña y al final, terminó huyendo, al igual que su familia le dio la espalda.
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Presente.
Editado: 12.02.2026