La voz de tu corazón.

Capítulo 3

Si sorprendió a Aiden ver el cuerpo avejentado de Robin Ferguson, su abuelo, no lo demostró en absoluto. Su rostro, sin ninguna expresión, miró a su padre en espera de que dijese algo, pero el silencio fue su única respuesta porque él no tenía nada que decir, estaba ahí por su llamado, no al contrario.

Sin embargo, esperó y pese a su reticencia a hablar, el silencio siguió siendo lo único que reinó en aquella esterilizada habitación.

La enfermera de turno se disculpó y salió diciendo que estaría afuera por cualquier novedad.

—¿Entonces?

—Es más que obvio el motivo de tu presencia, hijo. Mi padre quería verte, pero se ha vuelto a dormir. Pasa de la inconsciencia a la conciencia y cuando está consciente te llama con desespero. Se siente muy culpable por lo que pasó hace años atrás.

—¿Tuvo tanto tiempo para redimirse y lo hace hasta ahora?

—Es mejor tarde que nunca, hijo. Reconocemos nuestro error de aquel entonces, por favor, no nos crucifiques más.

Aiden puso los ojos en blanco, reacio a emitir un veredicto en ese momento, de hecho, se negaba a decir algo más. Volvió a mirar a su abuelo, en el instante en que un sonido amortiguado llamó la atención de padre e hijo y como si estuvieran coordinados, se acercaron a la cama.

—Padre, Aiden ha llegado.

—Abuelo —susurró el aludido, pero tuvo que contener aire en cuanto los ojos de su abuelo se abrieron a la vez que se llenaron de lágrimas al verlo y que empezaron a descender por sus mejillas. Observó como la mano arrugada de su abuela se elevaba y se la tomó—. Tranquilo. Está todo bien.

—Aiden, tu hija…

—Está abajo, no te preocupes. Espero que te mejores pronto para que podamos hablar.

Robin sacudió su cabeza con lentitud y se apartó la mascarilla de oxígeno con su mano temblorosa.

—Quiero que me perdones por todo lo que hice… yo fui egoísta y…

Ante el excesivo jadeo de su abuelo, Aiden le colocó la mascarilla en su rostro para que respirara.

—Tienes que descansar. Todo a su tiempo, abuelo. Primero tienes que mejorar para que…

Robin volvió a apartarse la mascarilla.

—Tiempo es lo que menos tengo, hijo. —tomó aire y continuó—. Tu hija, quiero verla, por favor.

Este estrechó sus ojos.

—Hijo, por favor.

Miró a su padre y le fue imposible no recordar el pasado. Él también había pedido por favor, miren a Dulce, es una niña tan tierna y preciosa, estoy seguro de que la amarán; sin embargo, no sucedió nada.

Demonios, no debió haber venido, pero bueno, ya estaba ahí. Volvió a mirar a su abuelo y asintió.

Salió de la habitación y bajó hasta el salón, entonces comenzó a buscar a su hija. Avanzó por los alrededores, llegando al jardín. Ahí estaba su pequeña sonriendo mientras correteaba siguiendo a un conejo. Su madre sonreía y con un lapicero y una libreta, le seguía para comunicarse con Dulce.

Una sensación acogedora se instaló en su pecho, pero la desechó con la misma rapidez con la que se instaló

—Mamá —carraspeó para aclarar su voz—. Llevaré a Dulce a ver al abuelo. Sonrió a su hija y señaló—. Ven, princesa, vamos a ver al abuelo.

El rostro curioso de su hija se iluminó y corrió hasta él que la elevó por los aires, antes de besar sus regordetas mejillas.

—Hijo.

—La llevaré con el abuelo, quiere verla.

—Me alegro de que hayas aceptado que la conozca.

—Ya la conoció, mamá, pero en aquel entonces no quisieron saber nada de nosotros.

—Oh, hijo. Lo siento tantísimo, de verdad que sí, pero ellos…

—No los justifiques, mamá. Sé muy bien lo que sucedió. Después de todo, decidí seguir mis propios deseos y continuar con las exigencias o caprichos de mi padre y abuelo.

—No son así las cosas.

—Sea como sea, ya no importa. Estoy aquí, ¿no? —se fijó como su madre abría la boca para replicar, así que sacudió su cabeza—. No hay más que decir. Ya hablamos más después —asintió y regresó a la casa para luego subir a la habitación de su abuelo.

Dio dos golpes en la puerta y se adentró, pero no avanzó. Miró a su hija y ella colocó su pequeña mano en su mejilla antes de depositar un tierno beso en ella. Necesitaba esas fuerzas que solamente su pequeña princesa podía dársela.

—Abuelo, mi hija Dulce está aquí.

Robin abrió sus ojos con la poca fuerza que le quedaba, así mismo, estiró su mano para tocar a la pequeña. Lo que no había esperado era que su pequeña bisnieta sonriera.

—Perdón por todo lo que te hice. No merecías todo el dolor… que te causé —tosió—. Déjame recompensarlos —jadeó buscando aire—. Y gracias por haber dejado que la vea por… última vez —miró una vez más a su bisnieta, grabándose su sonrisa, la misma que le faltaba sus dos dientes frontales, aun así, aquella sonrisa fue la cura para el dolor de su corazón, el mismo que dejó de latir para siempre.

Archie llamó a su padre una y otra vez, pero ya era tarde, Robin Ferguson había muerto y todo estaba decidido.




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