La zona roja.

CAPITULO 1

Lilith O'Donnell

La vida que había vivido durante casi tres años cabía en cuatro cajas de tamaño mediocre y dos grandes maletas, lo demás se podría quedar atrás, no sería de esas personas que reclaman objetos que pueden ser remplazables. Echaré de menos algunas cosas, algunos momentos en este apartamento y muchas de mis amistades, e incluso a los compañeros de trabajo, que obviamente fueron un grano en el culo, pero gracias a ellos pude comenzar en mi carrera como merecía. Cuando tomé la decisión de dejar atrás esta ciudad, no esperaba una fiesta de despedida, ni que mi jefe me pidiera quedarme porque, aunque sorprenda, me valoraron más fuera de mi casa.

Sin olvidar que debo agradecerle a Seth, ese jefe del que hablo, que moviera sus hilos para conseguirme un trabajo en mi próximo destino. Ese trabajo que desconozco, guardó el secreto de en qué área o cómo será, pero al que pienso presentarme en mi cita dentro de cuatro días. Seth insiste con que es mi destino.

Doy una última mirada al que fue mi hogar y tomo el trasportín que deje descansar junto a la puerta. Pensé que el descenso al garaje en busca de mi coche sería más doloroso, pero una vez instalada mi mejor amiga y todas mis pertenencias en el auto, solo me quedaba dejar esta ciudad. La búsqueda de una nueva bocanada de aire fresco

— Bien, Nubia, serán casi cinco horas de viaje, puedes dormir, — digo sacando el coche del garaje subterráneo y sintiéndome patética por hablar con un gato que seguramente ya esté dormido. — Prometo buscarte un novio nuevo, sé que el persa del tercero era de tu agrado, pero ya no nos gustan los neoyorquinos.

Incluso está empezando a dejar de gustarme la ciudad. Fue muy mala idea comenzar mi viaje a las siete de la mañana, el tráfico es denso en la ciudad de Nueva York, con suerte mi viaje hacia Boston no durará más de cuatro horas y media, quiero creer al GPS. Lo juro.

Durante todo el viaje tarareo canciones de la lista más animada que encontré entre mi playlists, una llamada Para Bailar, un intento por mejorar el ánimo. Aunque tampoco sé cómo me siento. A una hora de mi destino decido llamar con el manos libres a la relaciones públicas con la que trabaja mi padre.

— Hitman, ¿Quién es?

— Lilith O'Donnell.

— Encantada de volver a hablar con usted. ¿Para que soy buena? — Pregunta alegremente.

—Quería confirmar que mi padre estará en el estadio a la hora que me dijo, ya no me queda mucho para llegar.

— Si, estará entrenando con los chicos. Siento decirle que no pude hacer un hueco para una reunión privada.

— Bueno...—Una gran duda me asalta, aunque un poco tarde para pensar en ella. —Me recibirá, ¿verdad?

— Claro— la tensión en la voz de la mujer me hace desconfiar, pero ya no voy a dar media vuelta, ni deshacer mis planes, es demasiado tarde para ello. — ¿A qué hora llega?

— Más o menos en una hora si el tráfico no empeora.

— La esperaré en la puerta del centro deportivo, si le parece bien.

— De acuerdo, si hay más retraso, la avisaré.

— Okay, nos vemos en unas horas.

Corto la llamada, coloco la música una vez más y continuo mi viaje sin detener el coche para un descanso, con cada kilómetro que pasa estoy más ansiosa por mi llegada. Podría tener un accidente mientras me vómito encima. No dejo de dar vueltas a lo que estoy haciendo, puede no ser lo más inteligente. Quizá una llamada de sobre aviso hubiera sido lo ideal, alertar a alguien de dónde iba, bueno, mi jefe y mi mejor amiga saben dónde fui, aunque no cuando. Tampoco tengo a muchas personas a las que contar mis planes.

Llego al centro deportivo tres minutos más tarde de lo prometido, aun así, ocupo mi coche en el aparcamiento, no a mucha distancia de la puerta donde veo la mujer con la que creo haber quedado, y bajo un poco las ventanas para que mi gato no muera asfixiado.

Antes de abandonar el vehículo, tomo mi bolso y doy unas cuantas respiraciones. Con la vista fija en Karen Hitman, camino hasta llegar a ella. Es una mujer de mi estatura, diría que no mucho más mayor que yo, con el pelo rubio platino y unos grandes ojos marrones, viste un vestido blanco que parece caro y me hace recordar que el mío debe venir arrugado del viaje en coche. Paso mis manos sobre la tela azul, usé el más formal para venir a ver a mi padre, algo tonto cuando pienso en que me encontraré con él en unas instalaciones deportivas. De haberlo pensado mejor habría recurrido a algo más cómodo.

— Usted debe ser la señorita O'Donnell— asiento estrechando la mano que me tiende emocionada la rubia. — Karen Hitman, estoy encantada de conocerla en persona.

— El gusto es mío.

— Sígame, nadie sabe que viene, tuve que hacer malabares para poder darle el tiempo que necesita.

— Y le estoy muy agradecida por ello, pero por teléfono dijo que no habría problema.

Se encoge de hombros y hace un gesto con la mano, descartando mi preocupación.

—Vamos.

Su sonrisa y su energía me resultan abrumadoras, está tan encantada de tenerme aquí que al menos lo dice diez veces mientras me da una pequeña clase de historia antes de llegar al borde del campo donde practican entrenamiento táctico.

— Por favor espere aquí.

Me detengo sin cruzar al exterior, justo al borde del césped artificial. Desde aquí veo como un tumulto cuerpos musculados, enormes y cargados de testosterona simulan un partido, mientras que Karen Hitman se acerca al hombre que no les quita vista y les ladra órdenes.

— Que quieres, Karen, estoy ocupado— oigo que dice el entrenador con aburrimiento y apartándose con ella del resto de su equipo técnico. No nos separa mucha distancia desde la posición que ahora ocupan, lo que facilita que pueda oírles hablar.

— Tiene una visita, debería reunirse con ella.

— No estoy esperando a nadie, quién sea que tome una cita. No puedo perder el tiempo de los entrenamientos.

Karen mira en mi dirección dando una mirada apenada. No estoy sorprendida, ni siquiera decepcionada, es la historia de mi vida. Desde mi posición, detallo a mi padre, su pelo del mismo tono que el mío, hombros anchos, fuerte debido al ejercicio que nunca dejó de hacer…




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