La zona roja.

CAPITULO 2

Matthew Lennox

La belleza de ojos azules y pelo caramelo cruza la sala con gran elegancia hacia el exterior del bar. No puedo apartar la mirada de su maldito culo, ese vestido se ciñe a sus curvas de tal forma que quisiera volverme loco. Ni mencionar sus piernas…

—¿Qué hiciste para espantarla tan rápido? — grita uno de mis compañeros de equipo.

— ¡Cállate, Anderson! — tomo mi vaso de la barra y camino de vuelta hacia mis compañeros, a reunirme con los cuatro valientes que aceptaron salir hoy. — Me ha rechazado desde que me acerqué— me dejo caer en el hueco libre en los sillones alrededor de la mesa

— Estás perdiendo el toque, Lennox— ríe Kevin Rush levantando su cerveza.

— Nunca fallo, tío.

— Después de lo que hemos visto debería darte vergüenza decir eso.

— Esa fue la excepción que confirma la regla— doy un trago a mi whisky, hoy no iba a beber fuerte, pero decidí copiar a esa belleza que me ha dejado plantado.

Llevo el vaso a mis labios para tragar el golpe a mi ego que ha supuesto el rechazo de la preciosa chica de barra. No pude apartar mi mirada de ella desde que entró al bar y tenía claro que esta noche la quería en mi cama. Lástima que la vida no es siempre como queremos.

— Y ese debería ser tu último trago— me señala Jay Scott con cara de niño bonito y sus rizos negros cayendo en su frente con ese look que él llama desenfadado. — Tenemos entrenamiento mañana y ya puedes estar fresco si no quieres que te grite el entrenador.

— Aún me duele la cabeza del entrenamiento del jueves— se queja Anderson.

— Eso te pasa por quejarte— la mano tosca de Rush palmea su espalda. — Un par de gritos más y la vena de la frente del entrenador habría estallado.

— Ya estaba aburrido de correr— se defiende. — No puede hacerme eso por llegar tarde.

— Sí, sí que puede— me río, aunque sé que nuestro entrenador es un dolor de culo, he estado en la misma posición que mi amigo. — Le hacemos caso como perritos bien adiestrados

— Aún no sé cómo controlar el tráfico, no puedo impedir los atascos.

Lo conozco desde que llegó al equipo un año después que yo, y puedo asegurar a ciencia cierta que ninguno de sus retrasos se ha debido al tráfico, hasta el entrenador lo sabe. A veces fingimos que lo creemos, pero es mal mentiroso. Uno que ama a su prometida.

— Pero si salir antes de casa— se ríe Rush. — Decide, o complaces a tu prometida o lo haces con el entrenador.

—Me quedo con mi querida futura esposa, de repente sufrir por ella no suena tan mal— el idiota enamorado pone su mejor cara de suficiencia ganándose un codazo en las costillas por parte de Rush.

— Ella sufre más soportándote— añade Scott llevando su copa a los labios.

— No os metáis con el chaval, aún está con los efectos secundarios de la luna de miel.

—¡Aún no me he casado!

—Técnicamente, llevar con la misma chica más de dos años es como estar casado. —Se burla Scott.

—No importa, mi boda será en unos meses, aún soy un hombre libre.

—Libre, —meto más leña al fuego— lo que se dice libre...

—Mi matrimonio no interfieren en nuestra desgracia.

—Cierto, aún pienso que es ilegal obligarnos a entrenar mañana. Prometieron que sería libre.

El lloriqueo de Rush cuenta con la aprobación de todos.

—Era eso o una sanción.

—Sí, aún no puedo creer que no se presentase nadie al entrenamiento del martes— Anderson nos mira como si él lo hubiera hecho.

—Bueno, todo es culpa de ese pobre becario, dijo que estábamos libres.

—Se lo pregunté ocho veces y lo aseguró, ahora es el quien está libre de su trabajo — Scott se lo toma con humor antes de dar un trago a su cerveza.

—¿Podemos acompañaros? — todos dirigimos la mirada hacia el grupo de cinco chicas que se han acercado y tanto la mirada de Scott como la mía se dirige instintivamente hacia los enormes pechos de la rubia portavoz.

— Claro — Rush se mueve haciendo hueco.

— Yo mejor me voy— Anderson termina su bebida de un trago y se pone en pie. — Estad puntuales mañana.

— No pensamos correr como tú— se mofa Scott sin mirarlo.

🏈🌸🏈

Mierda... Siento la boca seca, está claro que anoche nos pasamos con la bebida, incluso en cada respiración siento el aroma del alcohol.

Lo último que recuerdo nítidamente es hacer una apuesta con Scott sobre quién se llevaría a la chica rubia. El resto de la noche es un borrón, una copa siguió a la otra, una caricia por aquí otra por allá con la chica rubia que nos pidió unirse, Emma creo que se llamaba, y aquí estoy.

Apoyo los codos sobre mi cama entrecerrando los ojos por la luz la mañana y veo todo el desorden a mí alrededor. Hay ropa por todas partes, una botella y lo que parece el ficus de mi terraza volcado junto a la puerta.

Compruebo la melena rubia esparcida por la almohada y la chica babeando en ella. Parece que fui el ganador… Anoche podría ser divertido, pero hoy es asqueroso. Miro el reloj y casi me dan siete paros cardíacos, llego tarde al entrenamiento. Zarandeo a mí acompañante suavemente para que despierte, me lleva cuatro intentos y la perdida de suavidad por el camino.

— Tienes que irte.

Recojo su ropa apremiado y la amontono sobre los pies de la cama. La chica rubia se apoya sobre sus codos con una mirada coqueta, que ahora mismo no capta mi atención.

— ¿No hay un beso de buenos días?

—No cuando mis huevos peligran.

Corro al baño con un cambio de ropa limpia y me doy la ducha más rápida de la historia, al salir de él la chica sin sigue sentada al borde de la cama colocando su ropa interior. Estoy al borde de perder toda mi paciencia.

— Tengo prisa, vamos. — la insto mientras tomo mis cosas.

— Estás siendo un cretino.

— Estoy siendo demasiado simpático teniendo en cuenta que mi trabajo está en juego. Mueve el culo.

La levanto de la cama y le entrego sus zapatos mientras la empujo hacia la salida. Le ofrezco dinero para el taxi a la rubia como disculpa y lo toma furiosa, suspiro buscando mi teléfono en mis pantalones y maldigo por todos los mensajes que Anderson me ha dejado.




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