Lilith O´Donnell
Cuando metes la pata hasta el fondo, los minutos parecen horas y las horas siglos… No dejo de dar vueltas a lo ocurrido anoche, ni una semana en el trabajo y he metido la pata hasta ese fondo. Solo es jueves y hoy se supone que debería estar disfrutando de mi día libre, sin embargo, estuve esperando la llamada de mi jefe toda la mañana, gritando, regañándome o algo. No pasó y como no la recibía, decidí presentarme en la oficina a primera hora de la tarde, debo dejar de esconderme y ser una cobarde. Y aquí estoy, esperando en su despacho a que finalice una llamada.
— Entonces, Lilith. ¿Qué te trae por aquí? — cuelga el teléfono y se fija en mí.
— Siento mucho lo de ayer, estoy lista para mi despido, no es necesario ni que me pague.
No mentiré, llevo horas preparándome para esto, he asumido mi destino desde el momento en que el maldito piloto rojo se apagó. No podría culparle. Nos he dejado a todos en evidencia, mi lugar está bajo la piedra más recóndita del desierto.
— No voy a despedirte— se ríe enérgico. — Hay un clip tuyo en nuestras redes que se está llevando mucha atención.
— Que vergüenza...— apoyo mi frente sobre el escritorio ocultando mi cara— ¿Cuánta gente lo ha visto?
— Mucha.
— Ummm— lloriqueo y produce su risa.
—Siento que tu vergüenza me haga ganar dinero, espero no te moleste.
—Al menos tengo trabajo, — bromeo, — no me importa.
— El público lo tomó como algo ingenioso, supongo. Otros reporteros, en tu lugar, se habrían enfadado, quizá incluso habrían reaccionado mal con los jugadores. En ese caso, sí tendría motivos para despedirte. Pero tú optaste por reírte de ti misma. No fue del agrado de ciertos colectivos, lo entiendo, pero en realidad solo debería preocuparte a ti. Y si te incomoda, lo borraremos.
— No es necesario, puedo vivir con ello. Ahora seré la reportera cachonda— me quejo mirándolo y el solo ríe, — un hombre mayor me reconoció en la calle.
Reconocer es una palabra suave, es mejor admitir que me dedico algunos insultos muy coloridos. Al parecer piensa que llevo una vida alegre. Y mejor no menciono a la chica que me gritó que soy una vergüenza para las mujeres modernas.
— Acostúmbrate a ello, querida, la gente olvidara esto, pero verán tu cara en cada partido. Siempre buscaran algo para atacar, — hace una pausa. — Y disfruta de tu día libre, no sé qué haces aquí.
— Aceptaba mi destino— digo poniéndome en pie.
— Claro, claro, te montaste una película en tu cabeza, — me apunta con su bolígrafo y me mira serio. Aquí va el regaño. — No van a nominarte a los Óscar. Ahora vete a fuera y pide a Kat tu plantilla de mañana, vas a cubrir una entrevista para la revista y la plataforma online a una jugadora de baloncesto retirada y el domingo cubres otro partido, suerte.
Sacude la mano, el mismo gesto que le hago a mi gato cuando se sube a la mesa. Pero, con todo el alivio de conservar mi trabajo, me doy por despedida. Fuera del despacho me espera Kat, con lo que nuestro jefe me prometió. Da miedo lo sincronizados que están. Le regalo una sonrisa y dejo el edificio con la intención de aprovechar la tarde e ir al gimnasio, uno que está a pocos metros de mi apartamento. Estar encerrada en casa podría volverme loca, y recoger la bolsa solo me quita diez minutos de mi vida. Elegí ese centro solo por comodidad, además de mi escaso conocimiento de la ciudad.
Aún no he decidido qué día salir a conocer la ciudad, pero estoy pensando en decírselo a Tim y a Kat. Podrían ser buenos compañeros, y seguro que no se resisten a una buena comida. Quizá mañana se lo proponga y podamos hacerlo el sábado, además de celebrar mí no-despido.
Entro al gimnasio, que literalmente está a tres portales de mi casa, y voy directa a los vestuarios para cambiarme. Me quedo en camiseta de tirantes y mallas, recojo el pelo, coloco mis auriculares lista para sudar. Zambullirme en mi nueva rutina está siendo fácil, y muy necesario.
El monitor de la tarde, Marcus, me recibe con una sonrisa como desde el lunes cuando me apunté. Hoy quiere hacer una sesión de fullbody y me acompañará haciendo lo que él llama un entrenamiento ligerito.
La gran mentira que me creí.
Casi dos horas de ejercicio después y cero gotas de energía en mi interior, llego a casa. Arrastrándome de cansancio por el pequeño apartamento, alimento a mi gato y tras una ducha, dejo que mis huesos den con el colchón hasta el día siguiente.
🌸🏈🌸
Apenas consigo salir de la cama después del entrenamiento con Marcus, pero la emoción por la entrevista me mantiene en pie. Paso la mañana trabajando en el reportaje con profesionalidad y más soltura de la que esperaba, centrándome en la carrera deportiva de Susi Prescott y evitando cualquier terreno personal innecesario.
La entrevista fluye con naturalidad, resulta cercana y honesta, y salgo de allí con la sensación de haber hecho un buen trabajo. De vuelta en la oficina, comento los puntos clave con Kat y redacto el texto sin contratiempos. Cuando se lo envío a Jeff, su respuesta no tarda en llegar: está satisfecho. Por una vez, todo ha salido exactamente como debía.
Una vez finalizada mi jornada estoy más que lista para volver a entrenar con Marcus, que como prometió en el momento que me apunté, me está esperando en el gimnasio cada día.
— Vaya, vaya, vaya. Si es mi floja preferida— se mofa. — Me he deleitado con tu mensaje de esta mañana. ¿Cómo decía? — finge pensar, pero creo que se sabe las líneas de memoria. No fue lo más apropiado, pero debía descargar mi desdicha sobre alguien. — "No puedo mover ni un músculo, mi gato morirá de hambre porque gracias a ti no puedo salir de cama."
— Eso sonó muy sexual— ríe Alan, el recepcionista.
— Lo sé, me di cuenta después de pulsar enviar.
Los dos hombres se ríen mientras el rojo, el cual parece ser mi color de la semana, inunda mi cara.
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Editado: 23.04.2026