Lilith O´Donnell
—No me puedo creer que mi idea no os parezca increíble.
—Kat, nos has traído de picnic al parque —gruñe Tim, el cámara, que aun no comprendo por qué se apuntó en este plan.
—Deja de quejarte, vas a recibir días libres por esto.
—Pensaba que os caía bien y me ibais a enseñar la ciudad —bufo, molesta.
He pasado dos horas con mis compañeros de trabajo visitando museos. Ambos han sido un encanto, pero Tim parece empeñado en desquiciar a Katlyn, y discuten a cada momento. Aun no comprendo si lo hacen en serio o no. Aun así, se lleven como se lleven, aprecio que hayan sacado tiempo para salir conmigo.
—Para nada.
—Vaya, gracias, Tim.
—No confundas mis palabras. Me caes bien, pero no quería enseñarte la ciudad. Yo propuse un plan mejor —me mira serio—. Siempre hay alternativas más interesantes que caminar.
—Ir a una convención de cómics no es un plan mejor —gruñe Kat, exasperada, mientras desempaca todo lo que compró en una tienda de comida junto al parque—. Timothee, eso también es andar.
—Es verdad, pero es un millón de veces mejor.
—Oye —empiezo a molestarme—, nadie te obliga a quedarte.
—¿Y perderme la comida gratis? —Toma uno de los refrescos que Kat coloca sobre la manta que ha extendido—. No, gracias.
—No te entiendo.
—Solo quiero molestarla —se acerca a mí y susurra como si fuera un secreto, pero Kat puede oírlo claramente.
—No lo haces —Kat apuñala su ensalada sin apartar su mirada entrecerrada de Tim—. Iremos a ver esos cómics.
La bandera blanca que arroja es el impulso perfecto para que nuestro compañero parezca resplandeciente. Y, literalmente, no entiendo nada. Ni siquiera cuál es la mecánica de este par. ¿Son amigos? ¿Enemigos? ¿Se toleran? No lo sé. Sin embargo, aquí estoy, comiendo junto a dos psicópatas que he juntado porque son las únicas personas que conozco en la ciudad y les he prometido costear la salida.
🌸🏈🌸
Para media tarde, Tim se despide con un montón de bolsas cargadas de cómics y novelas gráficas. Katlyn y yo decidimos que es momento de visitar algunas tiendas de ropa. Necesitamos una pequeña dosis de frivolidad femenina y gasto innecesario.
—¿Y bien?
Kat sale del probador pareciendo toda una modelo. Nunca elegiría un vestido color lavanda para mí, pero en ella... wow. Le queda increíble con su piel clara y ese cabello rojo tan llamativo.
—Sin palabras.
—¿Eso es un sí? —Asiento, y da saltitos emocionada—. Me lo llevo.
Cierra la cortina una vez más y la oigo pelearse con la ropa desde mi sitio. Ignoro sus malas palabras con humor. La señora del probador de al lado sale con cara de desagrado. Me cuesta no reírme en su cara.
Mi móvil vibra: tengo un mensaje, justo a tiempo para librarme de sostener la mirada de la señora.
<< ¿Quieres quedar?>>
<<Sé dónde hay un puesto de perritos increíble.>>
<< ¿No predicabas la vida sana?>>
<<Soy un simple mortal. Merezco un día de antojos.
Y sé que necesitas conocer gente.>>
<<Te comparto mi ubicación>>
No tengo tiempo ni de volver a bloquear el teléfono, Marcus responde al instante:
<<Estoy en el mismo centro comercial.>>
<< ¿Me estás siguiendo?>>
<<No seas egocéntrica. Mi hermano está comprando decoración para su casa.>>
<<No sé si creerte.>>
<<Ve a la zona de restaurantes, junto a la fuente.>>
<<Espéranos. Mi acompañante está teniendo dificultades para salir del probador.>>
Finalmente, mi compañera sale del probador con una cantidad de ropa que probablemente equivale a su sueldo, pero no seré yo quien lo cuestione. Pago mi única prenda y la acompaño mientras paga.
—He quedado con alguien, — informo mientras caminamos por el abarrotado centro comercial, — espero que no te importe.
—Para nada, cuantos más, mejor.
Mi invitado no tarda en hacerse notar antes de que nosotras podamos siquiera verlo.
—¿Quién soy? —Unas manos cubren mis ojos desde atrás. La voz junto a mi oído me hace sonreír; la conozco muy bien—. Además de un chico guapo.
—¡Nicholas Cage!
La risa de Katlyn es escandalosa y Marcus baja las manos sobre mis hombros para voltearme y mirarme, fingiendo indignación.
—¿Me estás vacilando? Soy mil veces más guapo.
—Depende de quién lo mire —bromeo.
—Solo espero que sea una gran broma.
La diversión es tan palpable en su rostro que se contagia. Quizá es lo que más me gusta de él, su optimismo, la alegría que derrocha, el mundo necesita más personas como él.
—Kat, este es Marcus, mi entrenador.
—Y amigo de acogida —añade él, estirando la mano izquierda sin soltar la otra de mi hombro—. Encantado.
—Un placer, Marcus.
—Ya que hemos hecho presentaciones y veo que vais muy cargadas, podemos dejar las bolsas en el coche e ir a comer algo.
—¿Mencionaste perritos?
—Los mejores de la ciudad.
—Tienes toda mi atención —aplaude Kat—. Mi coche está abajo, puedes guiar el camino.
—Hecho.
Seguimos el coche de Marcus durante unos quince minutos. Kat no para de comentar lo bien que conduce y lo mucho que se nota que va al gimnasio. Me limito a asentir con una sonrisa que ella no ve. Está demasiado entretenida, y si soy sincera, verla tan encantada tiene su punto.
—Tiene algo… —dice de repente, como si estuviera reflexionando en voz alta—. No sé qué es, pero… lo tiene.
—¿El carnet de conducir? —bromeo, aunque sé muy bien a qué se refiere.
—Ay, cállate. Me refiero a que es atento, divertido, está buenísimo, y encima nos trae a comer perritos. No es justo. ¿Dónde lo encontraste y por qué tiene que tener pareja?
#1726 en Novela romántica
#601 en Chick lit
amor desamor, problemas familia, jugadores de ftbol americano
Editado: 23.04.2026