La zona roja.

CAPITULO 6

Lilith O’Donnell

Otro día más aportando estabilidad a nueva rutina a base de sudor, cuando decidí comprometerme con mantener mi cuerpo sano, debí haber pensado en batidos de verduras de colores y caminatas al atardecer, no en un gimnasio. Madrugar un sábado para ser torturada por un entrenador con sobredosis de energía, es la peor de las ideas. Pero aquí estoy, con las piernas ardiendo y el orgullo colgando de un hilo.

—¡Lilith, rodillas más arriba! —grita Marcus desde su esquina, como si estuviera animando a un equipo de fútbol, no dirigiendo una clase de cardio. — Quiero a mi lémur en máximo funcionamiento.

—Estoy más cerca del modo extinción —respondo sin aliento, dando otro salto que se siente como el último de mi vida. — De verdad, lo intento, pero no aguanto el ritmo— ahora me arrepiento de haber tomado tantos días de entrenamiento a la semana.

Salto otra vez al cajón, al apoyar los pies en la madera, mi pie izquierdo cede haciendo que pierda el equilibrio y vaya al suelo. Una caída poco elegante que lleva a mí compañero a detener también su actividad.

— Mierda— Marcus se arrodilla junto a mí. —¿Estas bien?

— Me duele el pie...

— Vamos a ver a ver a Aron.

Me ayuda a levantar, más bien, me maneja a su antojo, y sujetándome en él, caminamos hasta la sala donde Aron da masajes y hace fisioterapia.

— Creo que he lesionado al lémur.

Aron voltea a vernos y sonríe, comparte el mismo pelo que Marcus, y a simple vista no podría decir que son hermanos si ellos no me lo hubieran contado. Los rasgos de Aron son más finos, muy delicados, pero no le quita la belleza.

— Estabas tardando, la pobre no te ha bajado el ritmo como suele ocurrir con el resto de clientes.

Palmea la camilla y dramáticamente Marcus me levanta a estilo nupcial para colocarme sobre ella. Corre a la otra punta y empieza a deshacerse de mi deportivo.

— Es algo obstinada. — Su mirada ahora se fija en mi con el resto serio. — Puedes parar cuando quieras.

— Me gustan los retos y si tú puedes hacerlo, yo también — le gruño mientras desnuda mi pie con sumo cuidado.

— Y estoy muy orgulloso de ello, pero si, no te presionaré tanto, en el salto doce de la cuarta serie ya flaqueabas.

— Déjanos solos y busca a quien torturar fuera— Aron lo empuja hacia la puerta bajo las protestas de su hermano antes de venir conmigo.

—Voy a hacer unos movimientos con el pie y quiero que me digas exactamente dónde te duele. Nada de hacerte la fuerte —dice Aron, ya con los guantes puestos y esa expresión de concentración absoluta que lo hace parecer un médico viejo y experimentado.

Se coloca al final de la camilla, frente a mí y sujeta mi tobillo con precisión. Sus manos son firmes, pero cuidadosas, como si cada movimiento tuviera una intención medida. Empieza a inclinar mi pie en diferentes direcciones, observando mi rostro en busca de alguna reacción.

—Voy a moverlo hacia arriba… ¿Aquí?

—Sí, un poco —murmuro, respirando con fuerza.

—¿Y ahora? —lo gira hacia adentro, sin apartar la mirada de mi pie.

—Ay… sí. Bastante —respondo, con una mueca que no puedo evitar.

No dice nada. Palpa con sumo cuidado la parte externa y luego pasa al tendón de Aquiles, presionando puntos específicos con la yema del pulgar. Es meticuloso, casi quirúrgico. Pero no habla. Lo cual me empieza a inquietar más que el dolor.

—Me voy a quedar sin pie, ¿verdad? —intento bromear, la sonrisa que logro es muy parecida a la de su hermano.

—No —responde al fin, mientras masajea la zona sin aplicar presión—. Voy a vendarlo y luego vas a ir al hospital —añade con esa calma suya que no sé si tranquiliza o asusta.

Saca el vendaje elástico de su botiquín portátil y comienza a envolver mi pie con movimientos hábiles, envolviéndolo como si lo hubiera hecho mil veces. Probablemente lo ha hecho.

—No parece haber ninguna fractura, pero es mejor que te hagan una radiografía y descargues completamente el peso. Vas a necesitar descanso. Marcus estará devastado por perder a su alumna favorita —me lanza una media sonrisa mientras fija el vendaje—, pero no pienso dejarte cruzar la recepción hasta que me asegure de que estás bien.

—¿No estás exagerando un poco?

—Para nada. Cualquier lesión puede agravarse si se fuerza. Y tú llevas entrenando a un ritmo muy alto para ser principiante.

Le dejo darme una pequeña charla-reprimenda con tono profesional y gesto serio, como si de pronto se hubiera transformado en un fisioterapeuta de élite. No puedo discutirle. Me ayuda a levantarme, y aunque me ofrece acompañarme al hospital, insisto en que puedo con ello.

Camino hacia los vestidores cojeando y maldiciendo en voz baja. Ducharme se vuelve una hazaña: intento mantener el pie fuera del agua, haciendo equilibrios absurdos que rozan lo ridículo. Me alegra enormemente que no haya más mujeres aquí hoy. Sería el hazmerreír del gimnasio.

Pero las complicaciones no acaban con las limitaciones higiénicas. El día simplemente decide no mejorar.

Conducir hasta el hospital es molesto, entre el tráfico, el dolor palpitante y mi mal humor. Y como guinda, en mitad del aparcamiento, suena mi móvil: es mi jefe.

—Hay una urgencia en la oficina. Necesito que vengas ya. Solo tú puedes cubrirlo sin destripar la historia.

No sé qué me duele más: el tobillo o mi agenda desmoronándose como castillo de naipes.

🌸🏈🌸

— Gracias por venir, Lilith. — Karen sonríe nerviosa estrechando mi mano. —Bueno, como ya sabes, debes ayudarnos con esto.

— La verdad, señorita Hitman, no tengo ni idea de para que estoy aquí. Mi jefe me dio una carpeta y me mandó para acá, necesitaré unos minutos ya que llevo desde ayer completamente desconectada de los medios.

— No lo tenemos, lee por el camino lo que sea que te ha dado Whalt, necesitamos hacer un contraataque.

Intento seguir su ritmo, guardando para mí la molestia que me genera caminar. Solo confesaré que me entran hasta sudores con cada paso.




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