Lilith
Invitar a mi compañero a casa termino como nunca lo había hecho con un hombre, concertando una cita para mi gata con el gato de Tim, suena loco, ya que somos dos adultos comportándose como niños con un juguete nuevo. Sonrío arropando a Nubia en su cama y me pongo a limpiar para pasar la mañana, quizá debería reposar mi pie, pero no me duele nada. Enciendo el reproductor música a todo volumen mientras limpio a fondo mi pequeño espacio, no es que cuarenta metros cuadrados den para acumular mucha pelusa. Casi tengo un infarto cuando la música se corta y el tono de llamada ocupa los altavoces. Corro en busca de mi teléfono y me sorprende ver el número desconocido en la pantalla.
—¿Quién es?
— Buenos días, señora O'Donnell— habla una chica al otro lado de la línea. — Soy Sabrina, la secretaria del señor Sebastian Ashbridge — me veo tentada colgar, pero tengo más orgullo que eso, — llamaba porque aún no hemos recibido respuesta de su abogado en cuanto al acuerdo de divorcio.
— Mi abogado ha decidido apartarse del caso, esta semana intentaré buscar uno nuevo y les contactará.
Gracias a mí queridísimo futuro ex marido. Pero eso me lo guardo, nadie quiere enfrentarse a una de las firmas más importantes de Nueva York.
— Señora O'Donnell, comprenderá que es de máxima importancia que el divorcio quede pactado lo antes posible. El señor Ashbridge tiene urgencia, sino no le habría contactado en domingo. Lo ideal es que firme el acuerdo que le hemos enviado y no retrase más esto.
Pedazo de perra. Debe estar rezando por cada cosa que me pasa. Aun no comprendo qué vio Sebastian en ella, si es que alguna vez lo vio realmente. Lo único que sé es que su nombre, su tono, su actitud me revuelven el estómago. La frialdad en sus palabras, la forma en que todo suena a trámite, a algo que se firma y se olvida. Me niego a firmar nada sin un acuerdo justo.
. — Ésta semana tendrán noticias.
— Bien, también quería informarle que necesito una dirección para enviar a una grúa a por su coche.
— ¿Qué?
— Sebastian lo ha vendido— deja de lado los formalismos sonando divertida.
— No puede hacer eso...
— Sí, sí que puede, el auto está a su nombre. — Siento su regocijo como si fuera veneno— Es de su propiedad.
Mierda, mierda y más mierda.
Olvidé que mi coche era un regalo de cumpleaños, sacado de su colección privada, pero que nunca cambiamos la titularidad. El peso de las palabras me golpea como un mazo, y el dolor de darme cuenta de lo que acaba de suceder me revuelca en un torbellino de ira. Una vez más he sido ingenua, y ahora, ese simple detalle me está dejando sin nada. El coche, no me pertenece, se acabó. Y mientras me quedo ahí, con el teléfono en la mano, no puedo evitar pensar que Sebastián tiene siempre una manera de salir ganando, porque a pesar de todo lo estoy justificando y en lugar de buscar quedarme con más que un estúpido coche.
— ¿Cuándo lo recogerán?
— En tres días, en la dirección que aportes, claro. De lo contrario se solicitará por vía judicial.
— Perfecto — intento no sonar sarcástica, pero estoy jodida.
— Te recuerdo que deberás hacerte cargo de cualquier desperfecto que presente el vehículo.
— Bien— aprieto la mandíbula, está jodida perra debe estar disfrutando al máximo. —¿Algo más?
— Por ahora está todo, que tenga un buen día, señorita O´Donnell.
Corto la llama y tomo un cojín del sofá para gritar todo lo fuerte que puedo contra él. Toda mi buena vibra ha desaparecido. Dejo a un lado predisposición para la limpieza, en realidad lanzo el plumero contra la pared y me dejo caer en el sofá. No quisiera hacer un berrinche, pero gritar repetidamente contra el cojín aminora mi furia.
🌸🏈🌸
Llego al estadio con un humor de mierda, nada que ver con el retraso del conductor del Uber, pero la llamada de Sabrina ha acabado con toda mi paz. El tipo llegó tarde, y por más que intenté mantener la calma, mi frustración creció con cada minuto que pasaba. Y como si eso fuera poco, mi compañero lo nota al instante. No quiero parecer obvia, pero… no soy buena disimulando cuando las cosas no me salen como quiero.
El maldito coche de Sebastián, ese que ahora ni siquiera quiero mirar, o más bien ni tocar, me persigue en la cabeza. No puedo creer que haya llegado a este punto. Si me hubieran dicho hace un mes que terminaría en esta situación, ni lo habría creído. Pero aquí estoy, con el estómago revuelto y una tensión en los hombros que no se va ni con toda la manzanilla del mundo.
Mi compañero intenta romper el hielo con varias bromas, pero no tengo ganas de reír. Ni siquiera me interesa lo que dice.
— ¿Todo bien?
— No, — gimo y durante un largo minuto en silencio debatiéndome entre contarle mi problema o no, me decanto por pedir ayuda. — Mi futuro exmarido ha vendido mi coche y vendrán a recogerlo en tres días. — Tim alza las cejas incrédulo y suelto todo el aire. — Les he dado la ubicación de una gasolinera a una hora de la ciudad para recogerlo, no quiero que sepan exactamente dónde vivo, pero ahora tengo que ver cómo volver.
— Puedo acompañarte y regresamos en mi furgoneta.
— Gracias, pero no quiero molestar.
— Venga, Lilith... No es molestia. Hemos ido a un picnic y una convención de comic, sin olvidar lo más flipante de todo. ¡Vamos a hacer gatitos juntos! — grita ganándose las miradas de todos a nuestro alrededor.
— Que mal ha sonado eso— me tapo la cara con vergüenza.
— ¡Que tiemblen! — desabrocha la cremallera de su sudadera dejando a la vista una camiseta con la cabeza de un Sphynx de tres ojos, uno de ellos en la frente y con la frase "Veo tu futuro... Y amas a este gatito".
— Ayyy, es horrible — rompo a reír sin poder evitarlo. — ¿De dónde sacaste eso?
— Me lo regaló mi hermana y puede ser horrible, pero te ha hecho reír.
— Es peor que las que usas normalmente, — río— aunque el diseño es chulísimo.
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Editado: 23.04.2026