La zona roja.

CAPITULO 11

Lilith

Mi día libre está siendo agotador, cuando desperté el hijo de Tim estaba ya jugando con Nubia, desconozco desde qué hora. Sin darme tiempo a procesar que era lunes y necesitaba café, el niño saltó a mí alrededor diciendo que quería tortitas para desayunar y, como buena anfitriona, se las hice. Ambos comimos tantas que llevo horas con dolor de barriga, vomité tres veces y no he podido ni comer. Cuando Tim recogió a Evan solamente me dejé caer en el sofá, ignorando mis tareas hasta que conseguí la fuerza necesaria para vestirme y venir hasta el gimnasio.

Dejo mis pertenencias en la taquilla y voy en busca de mi gymbro, juro que Marcus me pidió llamarlo así. Es vergonzoso, pero al menos mi búsqueda no dura mucho, lo encuentro instruyendo a un chico sobre cómo hacer correctamente los ejercicios de piernas.

— Pensé que hoy no vendrías— me saluda Marcus cuando llegó junto a él. — Tu mensaje no era esperanzador.

— He estado a punto, casi muero.

— ¿Se puede preguntar el motivo?

— Hice el desayuno para el hijo de mi compañero y he sentido náuseas toda la mañana.

— A lo mejor estás embarazada.

— No sabía que ahora también había que cuidarse de los vibradores, tendrás que prestarme gomitas— Marcus estalla en una carcajada acompaña del chico de la máquina, al que le fue imposible contenerse a pesar de intentarlo.

— Bien, lo descartaremos.

— SIP. — Hago énfasis en la p.— Tengo un límite de tres y no debería rebasarlo.

—¿Cuántas comiste? — Le respondo que seis con mucha nata y chocolate— Tenemos que quemar todas esas calorías vacías que consumiste, Lémur. Has tirado a la basura mi entrenamiento de la semana pasada, — niega con la cabeza, — me decepcionas.

Ruedo los ojos, pero le dejo ponerse en modo mandón, primero me ordena unos ejercicios ligeros de calentamiento y, tras explicar algunas máquinas más al que parece su nuevo cliente, se une a mí para un entrenamiento más intenso, conjunto y con mucha agua. Solo en media hora siguiendo su ritmo ya quiero dejarme caer al suelo y no volver a mover ni un dedo. La falta de alimentación del día me ha restado fuerzas.

— ¿Que harás después?

— No lo sé, no he planeado nada, supongo que me sentaré en mi sofá y veré una película — miro a Marcus mientras seca el sudor de su frente. — Mañana trabajo tarde así que será una noche larga y aburrida.

— ¿Quieres venir a mi casa? — sonríe tendiéndome una botella de agua. — Podrías quedarte a cenar. Si es que puedes, claro.

— No suena nada mal...—medito, después del café de hace un par de semanas, aseguró que deberíamos hacer más planes juntos. — ¿Dónde vives?

— Cerca, solo hay que bajar la calle...

— Menos mal— suspiro. —Aún no tengo coche.

Sé que debería dejar de posponer la compra de uno, pero cada día que lo pienso, me da más pereza, sobre todo desde que Tim hace de taxista para mí. No es que no haya mirado opciones, pero no encuentro al adecuado.

—Y cruzar otra...— continúa sonriente.

—Tu concepto de cerca y el mío, distan mucho.

— ¿Eso es un sí?

— ¡Por supuesto! Quiero invadir tu espacio y empaparme de lo que hay detrás del chico musculoso del gimnasio.

— Eso suena muy espeluznante. Ahora estoy replanteándome el haberte tomado como amiga.

¡Dijo amiga! Chilla una voz en mi interior. Suena tan bien cada vez que lo menciona.

— Pues espera a verme hurgando en tu ropa interior.

Una carcajada ronca brota de su pecho y niega con la cabeza tirándome la toalla entre sus manos y después alejándose. No espero mucho al retirarme tras él al vestuario femenino.

Quince minutos después, tras una ducha rápida, pero limpia, aunque con otra ropa deportiva, y con el pelo húmedo, estoy esperando por Marcus junto al mostrador de recepción. Demasiado emocionada, tanto que podría dar saltitos de la emoción por tener planes más allá del trabajo, Tim/Kat o mi sofá. Además, no esperaba este tipo de relación, mi única amiga quedó en Nueva York y parece que ya me olvidó… por el contrario de mi entrenador, que me mensajea y manda memes constantemente desde que lo invite a café y él a mí a un perrito. Solo hizo falta eso, aún no me lo creo.

— ¿Prefieres pedir o cocinar? — me sobresalto con la voz de Marcus a mí espalda cuando estaba a punto de tocar el calendario sobre el mostrador.

— Me va bien cualquier opción.

— ¿Sabes hacer lasaña de verduras? — pregunta sujetando la puerta para que pase.

— No, pero con una receta de cualquier chef online, eso puedo manejarlo.

No solo manejarlo, comerlo, desconozco si mi estómago está lo suficientemente recuperado.

— Entonces pararemos a comprar, necesitamos algunos ingredientes— mete la llave tras bajar la chapa y espero unos pasos tras él. — Ah, y vino. Nos lo merecemos por el gran entrenamiento que hemos hecho. — Hace una pausa. — Tu beberás agua mejor.

— Já, puedo haber pasado la peor mañana de la historia, pero no renunciaré el vino. Tengo en casa uno que me regalaron, si esperas aquí puedo subir.

— Te acompaño.

Asiento y ambos subimos a mí apartamento, Marcus se detiene en la puerta y silba recorriendo mi pequeño espacio antes de detenerse en Nubia que maúlla al verlo y corre hacia él.

— ¡Qué pasada! — se agacha a pasar sus enormes manos por mi gato mientras tomo la botella de la pequeña vinoteca que instalé y solo cuenta con cuatro botellas. Después de esta noche tres. — Sabes que lo siguiente que debo conocer es a tus padres, ¿Verdad? Estamos yendo en serio.

— Suerte con eso, apenas yo los conozco...

— Lo siento...— se pone nervioso y me mira acuclillado en el suelo sin dejar de rascar a Nubia. — No sabía... Tiene que ser una mierda no tener padres.

— ¿Que? — parece tan confundido como yo antes de que la comprensión me golpee. — No es lo que estás pensando. — sonrío tensa junto a él. — Tengo padres, solo que para ellos he sido invisible y bueno, sé lo suficiente de sus vidas ahora mismo. ¿Qué hay de ti?




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