Ray y Kaiya caminaban abriéndose paso a través de la niebla, que se volvía cada vez más espesa conforme iban avanzando. Las lápidas y cruces de distintos tamaños se dispersaban por el suelo húmedo y algunas siluetas de árboles secos se alzaban sobre la tierra.
Ambos habían despertado allí. Sin recuerdos previos detrás de la razón de su llegada. Para Kaiya, parecía el escenario perfecto para un show de Halloween, solo que todo era más real de lo que le gustaría.
—¿Las cosas que vimos antes...? —pronunció ella en voz baja, sin saber como preguntar exactamente
—¿Los cadáveres?
La chica se sorprendió por la forma desintesada en que él lo dijo.
Cuando despertaron, Ray se levantó, sacudió su ropa y le dijo que debían avanzar. No parecía sorprendido, ni expresaba temor o incomodidad.
—¿No tienes miedo? —cuestionó ella, en un tono igual de bajo, que demostraba lo asustada que estaba.
—Sí... —murmuró él sin detenerse.
Kaiya veía a Ray como alguien confiable y su impasibilidad ante la situación la hacía sentir segura, así que siguió detrás de él sin hablar demasiado.
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Por otro lado, Mizumi y Alice habían iniciado una búsqueda de los demás y una salida. Alice estaba muy asustada; su hermano se había pasado gran parte del camino dándole palabras de apoyo e intentando tranquilizarla.
El de anteojos intentó leer las inscripciones de varias lápidas, pero la piedra desgastada y corroida en muchas ocasiones, dificultaban la lectura. A veces, podía distinguir algunas letras, pero le era imposible hallarles significado.
Llevaban mucho tiempo caminando, Mizumi se preguntó si el tiempo allí pasaría igual. El hedor de los cadáveres junto con la niebla y el cielo cubierto de nubes grises daban un aspecto más lúgubre de lo normal, incluso para ser un cementerio.
Pasaron junto a una serie de tumbas, dispuestas de forma circular, en cuyo centro se hallaban incontables cráneos humanos. Al verlo, Alice se abrazó fuertemente de su hermano, ocultando su rostro, como si evitar mirar el horror que la rodeaba, pudiese protegerla.
Mizumi no reaccionó, porque debía mostrar tranquilidad por ella. Le correspondió el abrazo y continuaron por el sendero trazado.
Los árboles marchitos se inclinaban, tratando de cerrar un arco sobre sus cabezas o quizás, asemejándose a garras que se movían para atrapar a sus víctimas.
Solo era un efecto visual, pero lo suficientemente alarmante como para disuadir a cualquiera de pasar por ese sitio. A pesar de eso, Mizumi decidió que seguirían por allí.
El camino formaba una loma ascendente, repleta de pedazos de piedras rotas, pertenecientes a las lápidas adyacentes, e incluso, algunas habían sido arrancadas de raíz.
A lo lejos, vislumbraron lo que parecía ser una persona. Él y Alice se acercaron hasta llegar a donde estaba. Resultó ser un chico, más o menos de la edad de Mizumi, tenía el cabello castaño, una camisa de mangas largas azul claro y un pantalón de mezclilla. Su ropa se veía bastante casual.
Estaba mirando a la nada hasta que Mizumi, pese a la extraña sensación que él le causaba, intentó iniciar una conversación, pues no parecía haber vida más que la de ellos por todo el lugar.
—Disculpa... —dijo, sin saber cómo iniciar una conversación con aquel desconocido— ¿estás perdido también? —Usó un tono de voz cordial, pero que albergaba un matiz de duda—. Nosotros... también nos hemos separado de nuestro grupo.
El chico les dirigió la mirada, sus ojos reflejando tristeza. Mizumi se percató de que tenía heterocromía: uno de sus ojos era rojo y el otro amarillo, pero ambos se veían apagados.
Mizumi, al notar que tenía su atención, empezó a contarle sobre lo que habían experimentado hasta ahora. No con muchos detalles, pues solo quería intentar entrar en confianza, y esperaba una respuesta por parte del contrario.
—Hemos estado caminando durante mucho tiempo...
El chico se mantenía callado, casi analizando las palabras de Mizumi.
—¿Tienes alguna idea de dónde estamos y cómo podemos salir? —cuestionó finalmente, un poco desesperado por la falta de respuesta de la persona frente a él.
—No hay manera de escapar —sentenció.
Tenía una voz calmada y carente de matiz, pero al mismo tiempo, presentaba un efecto relajante.
Mizumi alzó sus cejas en un gesto casi imperceptible, por lo que acababa de escuchar, sin embargo, no quería mostrar que se había visto afectado. Alice se aferró más a él, sus lágrimas amenazando con salir por culpa de lo que él había dicho.
Ese chico era la única persona viva que habían encontrado, por lo que siguió presionando con preguntas, creyendo que él podría saber algo que ellos ignoraban.
—¿Cuál es tu nombre? —trató de desviar el tema—. El mío es Mizumi y ella es mi hermana menor, Alice.
—Puedes llamarme Ethan —contestó, con el mismo tono de voz.
—¿Cuánto tiempo llevas atrapado aquí?
Ethan se quedó callado por unos segundos.
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Editado: 30.08.2026