Labios Ajenos

Tercer Relato: Novios

Antes de salir de clases, Gabriel se acercó hasta donde se hallaba Nathan, el cual se notaba apresurado por salir, a lo que el chico de piel morena atinó a ser más directo esta vez con el interrogatorio.

—¿Por qué lo estás evitando, Nathan? —preguntó el joven, cosa que molestó al adolescente.

—No sé de qué me hablas —mencionó el de ojos dorados, a la par que guardaba sus cosas.

—Me la debes, carnal. —Dicha afirmación molestó en sobremanera a Nathan, pues sabía que tenía razón.

Frustrado, el joven miró a Gabriel con una sonrisa apretada, listo para responder ante tal demanda.

—Sí, pero no quiero hablar de eso. Estoy enojado con él, si es lo que quieres saber. No hay más qué contar —sentenció Nathan, impresionado su amigo por esto.

—¿Hoy a qué hora sale?

—En cuarenta minutos. ¡Vámonos! —Sin más preámbulo, Nathan se puso de pie y salió del aula, seguido por Gabriel, apresurados en tratar de abandonar las instalaciones lo más pronto posible, cuando en la entrada de éstas, solitaria, se hallaron a una muchacha, a la cual el chico de tes aperlada vio con sumo desagrado, notado por quien lo acompañaba. —¡Qué perro asco, en serio! —Declaró a la par que continuaba su camino e ignoraba a la joven, misma que levantó a mirada y lo identificó, mas Nathan ya estaba muy lejos de ella, así que la chica decidió no hablarle.

—¿Quién era? —preguntó Gabriel, a lo que su amigo, a regañadientes, respondió.

—Un pinche fastidio —condenó el chico, seguido de un suspiro profundo que hacía obvio su enojo.

Una vez en casa de su amigo mayor, Nathan fue recibido por éste, el cual ya se hallaba sentado donde siempre, tranquilo y en espera de escuchar lo que seguía del relato.

—Buenas tardes, Nathan. ¿Qué tal la escuela? —preguntó serenamente el mayor, cosa que no se terminó de comer el adolescente.

—¡Ja! ¿Ahora sí eres cortes? ¡Vaya, viejecillo cagón! —expresó Nathan al tomar asiento, dejada su mochila al lado, como siempre.

—Estoy esperando, mo-co-so —enunció el mayor, cosa que hizo reír al joven.

—Buenas tardes. Me fue muy bien, gracias por preguntar.

—¿Y qué pasó después? —Desesperado, el adulto aceleró todo al relato, comenzado donde se quedó Nathan.

«Cuando me dijo que le gustaba Jocelyn, sólo pude sentir una cosa dentro de mí.

—¡Ah! Con razón le hablas mucho y la andas buscando hoy que no vino —mencioné alegre al entender las cosas a la perfección, feliz.

—¿Tan obvio soy?

—Un poco —respondí y puse una mueca con mi lengua de fuera.

—¿Y crees que yo le guste?

—Ni idea. La conozco, pero no tanto cómo crees. Además, la mayoría de los niños no está interesado en esas cosas. ¿Por qué tú sí? —Mi pregunta dejó pensativo a Robbin, el cual no supo responder de buenas a primeras sobre el porqué de sus sentimientos.

—No sé, creo que sólo me gusta y ya. Sería lindo tener novia, ¿no lo crees? —Aquello me dejó pensando unos momentos, para luego responder de vuelta con una sonrisa enorme dibujada en mi rostro.

—¡No! Porque no me gusta ninguna niña —expliqué, a lo que mi amigo se quedó pensativo.

—¿En serio? Yo creí que también te gustaba Jocelyn. —Reí al escuchar eso, algo que alivió a Robbin.

—¡Nada que ver! A mí me gusta Eduardo, el de tercero que es portero en el equipo de la primaria. —La noticia provocó que mi amigo abriera los ojos de par en par, como si se hubiera impresionado mucho.

—¿También te gustan los niños? —Lo dicho me extrañó, porque creí que me estaba preguntando si me gustaban ambos sexos, pero luego entendí que se refería que a él también le gustaban.

—¡A ti también te gustan ambos!

—Sí, la verdad es que todos tienen lo suyo. Cuando veo las películas animadas, a veces quiero ser el príncipe, o quiero que uno me rescate. ¡Qué tonto!

—¡No! Es justo lo que yo siempre he sentido. ¡Wow! Esto es increíble. De hecho, a mí me gusta mucho la sirenita y el príncipe que la enamora.

—¿Qué? El príncipe es mucho mejor que la sirenita. ¿De qué hablas? —No lo sabíamos con certeza, pero eso significaba que éramos bisexuales. Sé que era algo pronto para nuestra corta edad, pero supongo que siempre uno sabe lo que le gusta y ya».

—Bueno, creo que es algo normal que ambos hayan sido un poco más desarrollados en el aspecto de buscar afecto. —Comenzó a explicar el viejo a Nathan—. Tanto tú como Robbin no tuvieron a sus padres juntos. Sobre todo, él que estuvo pasando por su rompimiento. Esos eventos obligan a los niños a madurar más rápido y querer sentirse adultos. En tu caso, viviste la muerte de tu tío, eso debió hacerte querer buscar el afecto que te faltaba de él, y qué mejor que el dichoso «amor» —externó el hombre, bebido todo el contenido de su copa.

—Odio cuando tienes toda la razón. De Robbin no puedo estar seguro, pero sí. Desde que falleció mi tío…

—Qué en paz descanse.

—Empecé a ver a los demás niños de otra manera. También, las figuras femeninas y masculinas tanto de la ficción como de la vida real, al menos las públicas, estaban comenzando a llamarme la atención. Fue raro, porque todos los otros mocosos no tenían el mismo interés, salvo nosotros y algunos más —explicó Nathan, pensativo.

—¿Qué pasó luego de eso?

—Nada en especial. Hablamos de más crush que teníamos y el día acabó. —Prosiguió con el relato Nathan, algo triste.

«A la mañana siguiente, durante todas las clases antes del descanso, Robbin no me dejó de preguntar si debía declararle su amor a Jocelyn como lo vimos en películas o programas: de manera romántica usando un cartel, música y con regalos en mano.

Yo le dije que no era necesario. Lo mejor que podía hacer, a mi perspectiva, era ser directo y valiente, mas él se negaba a hacer eso, por lo que, en el descanso, el tonto le compró un hotdog como le gustaban a Jocelyn y se lo regaló. La chica dijo el “gracias” más incómodo que recuerdo al recibirlo.




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