Laboratorio de las Bestias

Prólogo: ¿Por qué seguimos aquí?

"07/02/2022"

El bosque olía a muerte,

y el laboratorio olía a cloro.

Dos lugares distintos.
Dos niños distintos.
El mismo miedo.

—Sujeto 017. Despierta.

La voz atravesó la oscuridad antes que la luz.

Aspen abrió los ojos lentamente.

Blanco.

Todo blanco.

Las paredes.
Las luces.
El vidrio frente a él.

El niño respiró rápido apenas recordó dónde estaba.

Otra vez ahí.

Otra vez la jaula.

Tenía siete años cuando lo trajeron.
Ahora tenía doce.
Y ya casi no recordaba cómo se sentía el sol.

Un pitido sonó sobre su cabeza.

Siempre el maldito número.

Aspen se incorporó despacio sobre la camilla metálica. El cuello todavía le dolía por las inyecciones del día anterior y había marcas nuevas en sus brazos.

Otra vez.

Siempre había marcas nuevas.

Una puerta automática se abrió frente al vidrio y un científico entró sin siquiera mirarlo a los ojos.

—Hoy cooperarás mejor.

Aspen no respondió.

Había aprendido rápido que ahí el silencio era más seguro.

El hombre dejó una bandeja con comida sobre el suelo.

Aspen la observó sin moverse.

—Come.

El niño seguía inmóvil.

El científico suspiró irritado.
—No hagas esto difícil.

Difícil.

Aspen quería reírse.

Como si lo difícil no hubiera empezado años atrás, cuando lo arrancaron de una calle soleada en California mientras todavía tenía helado en las manos.

Pero no rió.

Solo esperó.

El científico finalmente salió del cuarto.

La puerta se cerró.

Y apenas escuchó el clic del seguro, Aspen se movió.

Rápido.

Silencioso.

Se lanzó hacia la ventilación inferior de la pared y sacó algo escondido dentro:
una tarjeta robada.

Su pequeño tesoro.

Su supervivencia.

Una sonrisa diminuta apareció en su rostro por primera vez en días.

—Funcionó —susurró orgulloso.

—C-Claro que funcionó.

Aspen giró sobresaltado.

Un chico estaba observándolo desde la jaula contigua.

Nuno.

Cabello café grisáceo cayéndole sobre los ojos.
Mirada cansada… pero tímida.
Alas de polilla dobladas cuidadosamente detrás de la espalda, como si intentara ocupar el menor espacio posible.

Nuno sostenía las mangas de su propia ropa entre los dedos nerviosamente.

Llevaba ahí apenas unas semanas.

Y aun así ya tenía esa expresión que todos terminaban desarrollando ahí dentro.
La de alguien que había aprendido a tener miedo en silencio.

Aspen entrecerró los ojos inmediatamente.
—No le digas a nadie.

—No iba a ha-hacerlo...

Silencio.

Después Nuno habló más bajito:
—¿Cómo la robaste..?

Aspen sonrió apenas.

Esa sonrisa inquieta.
Traviesa.
Demasiado viva para un laboratorio.

—Manos rápidas.

Y por un instante pequeño…
solo uno…

el laboratorio no se sintió tan vacío.

A cientos de kilómetros de ahí, Rowan aprendía a no temblar.

—Levántate.

El chico escupió sangre hacia un lado antes de ponerse de pie otra vez.

Tenía catorce años.

Y llevaba dos dentro de la milicia.

El instructor caminó lentamente frente al grupo de adolescentes observándolos como si fueran herramientas alineadas sobre una mesa.

—El miedo mata más rápido que una bala.

Rowan permaneció recto.

Silencioso.

Perfecto.

Siempre perfecto.

Incluso con las costillas ardiéndole.

Incluso con las manos rotas.

Incluso cuando el cuerpo le pedía descansar.

Porque ahí no premiaban a los que sufrían.

Premiaban a los que ocultaban el dolor mejor que otros.

El instructor se detuvo frente a él.

—¿Qué eres?

La respuesta salió automática.

—Un soldado.

—¿Y qué hace un soldado?

—Sobrevive.

El hombre sonrió satisfecho.

Rowan no.

Ya casi nunca sonreía.

Y aun así, por dentro, algo seguía sintiéndose incorrecto.

Vacío.

Como si estuviera convirtiéndose en alguien que no reconocía.

Pero no tenía tiempo para pensar en eso.

Porque días después lo enviaron al bosque.

Y el bosque estaba hambriento.

Esa misma noche, Aspen despertó sobresaltado por gritos en el pasillo.

No eran gritos normales.

Eran gritos de dolor.

El laboratorio entero vibraba con alarmas rojas.

Pasos.
Órdenes.
Metal.

Aspen se levantó inmediatamente acercándose al vidrio.

Y entonces lo vio.

Un híbrido siendo arrastrado por guardias mientras sangre oscura manchaba el suelo.

El chico estaba llorando.

Suplicando.

Y nadie lo escuchaba.

Aspen sintió algo frío subirle por el pecho.

Rabia.

Miedo.

Impotencia.

Sus manos se cerraron lentamente.

No.

No quería ser eso.

No quería convertirse en un número que desaparecía un día y nadie recordaba después.

Entonces una voz habló desde la jaula vecina.

—Oye.

Aspen giró la cabeza.

Nuno lo observaba en silencio.

Asustado.

Pero presente.

Y muy bajito dijo:

—Si salimos de aquí… ¿crees que podamos volver a tener nombres y no un número...?

Silencio.

Las alarmas seguían sonando.

Muy lejos de ahí, entre árboles cubiertos de niebla, Rowan escuchaba por primera vez el silbido del hombre que destruiría su vida.

Y sin saberlo todavía…

ambos sobrevivientes ya estaban caminando hacia el mismo destino.



#1158 en Fantasía
#112 en Ciencia ficción

En el texto hay: amor-odio, amistad, lgtbq+

Editado: 17.05.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.