Laboratorio de las Bestias

CAPÍTULO 2: "APRENDER A NO TEMBLAR"

"15/02/2022"

La lluvia llevaba horas cayendo. Quizá toda la noche y más. Rowan ya no estaba seguro. Las gotas resbalaban por su cabello negro y terminaban cayendo desde su mandíbula hacia el barro. El uniforme pesaba más de lo normal. Estaba empapado. Frío. Pegado a la piel, pero no se movió. Llevaba demasiado tiempo aprendiendo a no moverse. Frente a él se extendía el campo de entrenamiento de la base militar. Una enorme extensión de tierra oscura convertida en barro por las tormentas de invierno. Decenas de adolescentes permanecían alineados bajo la lluvia.

Nadie hablaba ni se quejaba. Nadie era tan estúpido como para protestar a estas alturas.

—Mantengan la posición.

La voz del instructor atravesó el campo e hizo que algunos chicos tensaron los hombros.

Rowan permaneció en silencio. Inmóvil.

La lluvia golpeaba su rostro con fuerza y el frío se clavaba lentamente en sus articulaciones. Aun así, no se movía. Moverse significaba llamar la atención. Y llamar la atención nunca terminaba bien. El barro le cubría las botas hasta los tobillos, pero Rowan seguía recto, con los nudillos marcados por cicatrices viejas que nunca terminaron de sanar bien.

El instructor comenzó a caminar frente a las filas. Las botas chapoteaban sobre el barro.

—El miedo mata más rápido que una bala.

Nadie respondió. Era una frase que repetían constantemente. Una de las muchas que había acostumbrado a escuchar. Eran frases vacías que usaban para moldearlos y convertir adolescentes sin otro lugar a donde ir en soldados.

Herramientas.

Recursos.

Material reemplazable.

El instructor se detuvo frente a Rowan.

—¿Qué eres?

La respuesta salió automática, como si alguien se lo hubiera dicho al oído antes de pensar con claridad.

—Un soldado.

—¿Y qué hace un soldado?

—Sobrevive.

—Correcto.

El hombre siguió caminando y Rowan mantuvo la vista al frente, pero por dentro algo se revolvió. El chico llevaba años escuchando las mismas preguntas y nunca le habían preguntado quién era.

Solo “qué era”.

Como si hubiera una diferencia o como si todavía importara. El comedor olía a ropa mojada y sopa caliente. Los soldados ocupaban largas mesas metálicas distribuidas por la sala y las conversaciones eran bajas y constantes, pero a la vez controladas. Como todo en aquel lugar.

Rowan se sentó en una esquina y frente a él apareció Eric con una bandeja en las manos.

—Tienes cara de muerto.

—Gracias.

—De nada.

Eric comenzó a comer.

Siempre hablaba demasiado.

Era una habilidad impresionante considerando dónde estaban.

—¿Crees que nos envíen al bosque?

Rowan levantó la vista.

—Probablemente.

—Odio ese lugar.

—Nunca has estado ahí.

—Precisamente.

Eso arrancó algo parecido a una sonrisa. Pequeña y muy breve. Prácticamente invisible, pero eso bastó, pues, Eric abrió mucho los ojos.

—¡Rowan!

Rowan suspiró.

—¿Qué?

—Sonreíste.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Cállate.

Eric soltó una carcajada y durante unos segundos todo pareció normal.

Casi.

Esa noche Rowan no logró dormir... otra vez. Estaba acostado boca arriba observando el techo oscuro del dormitorio. Escuchando respiraciones, ronquidos y el zumbido distante de los insectos en el campo. Todo parecía tranquilo, hasta que escuchó voces por fuera de la habitación. Eran dos hombres.

—¿Está listo?

—Debería estarlo.

Silencio.

—Eso dijiste de los anteriores.

Rowan frunció el ceño. No sabía de quién hablaban, pero algo en el tono de sus voces le puso la piel de gallina.

—Él no es como los demás.

—Precisamente por eso me preocupa.

Los pasos se alejaron y el silencio regresó. Rowan cerró los ojos e intentó volver a dormir.

No pudo.

Porque por alguna razón sentía que aquellas palabras tenían algo que ver con él.

A la mañana siguiente reunieron a toda la unidad. El cielo seguía cubierto por nubes grises y el viento arrastraba olor a tierra húmeda... pero... había algo más, algo extraño. Algo que Rowan no lograba identificar.

El comandante desplegó un mapa sobre una mesa portátil.

—Escuchen con atención.

Todos guardaron silencio.

—Tenemos una misión de reconocimiento.

Algunos intercambiaron miradas preocupadas y exhaustas.

—Entrarán en esta zona del bosque.

El comandante señaló una región marcada con rojo.

—Explorarán el área.

Otra pausa.

—Y regresarán.

Simple.

Demasiado simple.

Rowan observó el mapa y después observó la línea de árboles visible a la distancia. Aquella arboleda oscura, silenciosa e inmóvil. Sintió un escalofrío recorriéndole el cuerpo, y no fue por el frío. Había algo allí. Algo esperando pacientemente como un depredador escondido entre la niebla.

Mirándolos.

Calculando el momento adecuado para moverse, y por primera vez en años, Rowan sintió miedo, y no pudo evitar preguntarse si el bosque también lo sabía.




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