Ladrona

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Dimensión 41
Cinco razas luchan por el poder, pero solo una saldrá vencedora y eso condenará a las demás.

Su madre lo protegía detrás de un auto en medio del caos que se había desatado. Lo mantenía pegado a su pecho, si lo llegaba a soltar podía perderlo para siempre y era lo último que quería. Él apenas era un niño que no entendía bien lo que estaba pasando y de quienes huían esta vez, se tapó sus pequeños oídos, no le gustaba el sonido de los disparos y como muchos morían a manos de los Whico. Miró a su alrededor, ya tenían capturados a varios de sus compañeros, para convertirlos en sus prisioneros y posiblemente sus esclavos. Pero esta guerra no era solo de los Whico, eran cinco las razas que llevaban luchando años por ver quien tomaba el control total.

Whicos, Grendes, Purdos, Orajas y Bluzus.

A diferencia de ellos, las demás razas —como la de él y su mamá—quedaron metidas en el medio del problema y también estaban siendo esclavizadas, porque no les bastaba solo con derrotar a sus enemigos, querían el dominio total de todo el mundo. El pequeño, se aferró a la cintura de su madre, su estómago rugía, desde la noche anterior ninguno de los dos había comido y por eso andaban vagando en las calles. Lo que no esperaban encontrar era a los Whico luchando contra los Grendes en ese instante.

—Silencio —susurró ella —No pueden saber que estamos aquí —él asintió despacio.

Un pedazo de pan, o lo que fuera, tan solo pensar en algo se le aguaba la boca. Era lo único que quería, ni siquiera le importaba si ella no comía, su hijo era quién le preocupaba. Necesitaba buscar comida de manera urgente.

Una bomba cayó y el suelo retumbó. Varios Grendes se acercaban a ellos, lo que significaba que debían salir de ahí ahora. Para las razas en guerra, los suyos no eran más que un estorbo, una especie que no desarrolló conocimientos y quedó atrapada en un conflicto que nunca le perteneció. Nunca tuvieron la oportunidad, ni el poder de defenderse contra los bandos y mucho menos ahora. Rápido cubrió su cabello y el de su hijo con una capota, era uno de sus rasgos peligrosos, con tan solo una mirada podrían descubrir quiénes eran.

A los Whico les faltaba poco antes de tomar el poder sobre todos, y solo tenían un objetivo: salir vencedores sin importar el precio. Los Grende por otro lado no se rindieron, unieron sus fuerzas y lucharon contra ellos sin importar cuántos murieran en el proceso. Lo único que deseaban era ganar la guerra. Aun así, la tecnología de los Whico era superior. Viajaban a través de dimensiones, trayendo criaturas extrañas y elementos poderosos capaces de destruir todo a su paso. Su fórmula era única e imposible de enfrentar. Y, como sucedía en toda guerra, quienes menos tenían que ver con ella terminaron pagando el precio, los Blakgo quedaron atrapados en medio del conflicto, obligados a huir para sobrevivir. Ella y su hijo eran parte de ellos.

Comenzó a correr, abrazándolo, esperando poder llegar al campamento y mantenerlo a salvo. Logró llegar a tiempo. El sol aún no salía y los Blakgo todavía no se habían despertado, así que se escondió dentro de su carpa. Le dio de comer a su hijo cinco de los panes que encontró en el camino, y el pequeño devoró todo con desesperación. Necesitaban encontrar comida adicional. El niño abraza a su madre, sin entender bien lo que pasa y porque su mami no comía. Desde que tiene memoria llevaba noventa años huyendo junto a su madre, y la comida a veces no alcanzaba para los dos.

La guerra se acercaba a los cuatrocientos años y no iba a terminar pronto.

El tiempo pasó y él creció, faltaban dos días antes de que cumpliera ciento cuarenta años, una edad que creyó imposible alcanzar. Su mente seguía siendo la de un adolescente. Si algo tenía claro, era que le gustaba mirar las estrellas y contarlas. Lo hacía cada noche desde la entrada de la tienda donde vivía. Aquel rincón improvisado, hecho de mantas viejas y tierra fría, se convirtió en su lugar seguro. No quería enfrentar su cruda realidad. Ya quedaban alrededor de cincuenta de su raza, pocos. Soñaba vivir lejos, en la luna, lejos de todo… de la guerra, del dolor y de los Whico, que lograron su propósito, conquistarlos.

Huir no era lo que alguien de su edad debería estar haciendo, solo que no tenía otra opción. Era escapar toda su vida de los Whico y defenderse o morir sin poder proteger a su madre. No tenía amigos, era el menor de los Blakgo y, desde hacía años, ya no podían reproducirse. Entre más personas nacieran, más bocas tendrían que alimentar, y la comida era lo que menos tenían.

—Volveremos a tener una vida normal —solía decirle su madre.

Una noche ocurrió algo que cambiaría su historia. Como siempre, salió a escondidas de su madre, quería mirar las estrellas. Se acostó sobre la tierra fría, observando el cielo e imaginando historias sobre otras dimensiones y cómo sería la vida en ellas. Sabía que era posible viajar entre mundos, y aquella idea no dejaba de rondar su cabeza. Mirar las estrellas lo ayudaba a pensar, y cada noche deseaba lograr robarle a un Whico una de esas máquinas capaces de atravesar dimensiones. Las provisiones eran escasas y sabía que, en poco tiempo, los Blakgo terminarían extinguiéndose. Ese no era el único problema. Los Bluzu, Grende, Purdo y Oraja los seguían cazando, saqueando y asesinando, buscando una forma de llegar hasta los Whico para acabar con ellos. Y como los Blakgo eran inferiores en fuerza y tecnología, todos seguían viéndolos como seres débiles y fáciles de destruir.



#112 en Ciencia ficción

En el texto hay: dimensiones

Editado: 28.05.2026

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