Ladrona de estrellas

✴︎ Capítulo Uno ✴︎

Con las piernas doloridas y las enormes bolsas violáceas bajo sus ojos, se dejó caer en una silla de madera; el lugar vibraba tanto que el calor se podía sentir emanado de cada uno de los presentes. La gente chocaba sus termos de vidrio y hierro, celebrando a toda costa la coronación del príncipe Alioth; no había sido la gran cosa para festejar, aunque para ella era solo una noticia de mal gusto con corona. Con una mueca en su rostro, levantó la mano hacia una señora de barra. Al verla, la mujer asintió y ella le indicó a alguien que le llevara pan y agua.

Con el estómago rugiendo como si no hubiera tomado un bocado en varios días —a veces lo eran—, comenzó a comer, sin pausas y con mucho deseo. Odiaba saltarse las comidas, pero su trabajo lo ameritaba. Los mechones de su cabello negro caían descontrolados sobre su rostro; cada bocado que daba le deleitaba el estómago. La gente la miraba, y cómo no lo iban a hacer si parecía que había olvidado los modales. Ella les devolvía la mirada; ellos no eran los únicos que no tenían clase ahí. Apenas podía ver la silueta de dos hombres, que se acercaron y tomaron una silla que no se preocuparon por pedir.

—Largo —proclamó ella con la boca llena de comida y con una mirada asesina que, si tuviera filo, habría cortado acero.

Uno de ellos, vestido como guardia con una capa negra aterciopelada y la capucha que tirada le tapaba medio rostro, no le preocupaba; su postura esbelta le indicaba que él tenía modales y no iba con intenciones bruscas. Pero, en cambio, le preocupaba más el hombre a su derecha; llevaba muchos anillos y collares, creyendo que sus joyas le provocan cierto estatus con ellas.

El más reluciente tomó una silla y dejó caer el peso de su cuerpo mientras se lamía los labios. En cambio, el encapuchado con movimientos sutiles y elegantes se sentó. Ella podía sentir que él tenía la mirada fija en ella.

Miró el rostro del hombre; varias cicatrices se asomaban cerca de su ojo, que ya ha perdido en un color blanco cenizo. Su barba y cabello estaban hechos un desastre. Largos como si hubiera estado fuera meses sin verse en un espejo.

—La comida va por nuestra cuenta. —Habló el hombre de barba aventando ciertas monedas en la mesa. Ella observó las monedas y deslizó su mirada hacia el hombre.

—No necesito que un pirata me invite mi comida.

—Entonces déjanos hacerte un trato —el hombre encapuchado habló. Su boca, apenas visible, se tornó en una sonrisa. Hoyuelos en ambos lados de su mejilla se marcaron.

—Te escucho.

—Necesitamos que nos ayudes a robar un fragmento de mapa…

—Estoy fuera —ella sacudió sus manos, soltó una risa sin humor ni descortés y estaba a punto de levantarse.

—¿Qué? ¿Ni siquiera lo has escuchado? —el hombre de barba golpeó la mesa. Tomándola por el brazo. Ella sacó una de sus dagas de su bota y la clavó en la mesa, justo por encima de la manga de la camisa que tenía.

—No es necesario que hable. Me enfadé. ¿Quieres que me quede? La próxima vez no fallaré y clavaré esto justo en donde más te duela. —Con la mirada deslizó todo su cuerpo; el hombre tragó saliva como si pudiera sentir el filo sobre su piel.

—Supongo que no te interesa robarle al príncipe heredero. —Ella abrió los ojos ante tal palabras; el hombre sin rostro se levantó apenas del asiento.

—¿Por qué un mapa? —habló volviéndose a sentar con la atención captada al hombre misterioso. Definitivamente, había llamado la atención un robo al heredero.

El hombre sin rostro se volvió a sentar y se inclinó ligeramente —Se habla del mapa de la fábrica de estrellas. ¿Has oído hablar de ella?

—Es solo un mito. Esa cosa no existe. Solo son cuentos de niños para seguir soñando.

—¡Claro que existe! El mapa ha sido entregado hace siglos por Lord Nova a la familia Velkyr. De buena fuente escuchamos que sacarán el mapa de la bóveda, y será el momento perfecto para robarla. —Ella lanzó una mirada asesina al hombre de barba.

—Yo no trabajo más que con pruebas. No sé cómo fue que llegaron a mí, pero si no me muestras más que palabras, no haré nada. Busque a alguien más que robe eso por ustedes.

El hombre sin rostro suspiró, tomó la fina línea de tela de su capucha que tenía y poco a poco comenzó a revelar su rostro.

La sorpresa inundó el rostro de la dama mientras intentaba ocultar un instinto impulsivo, el rostro del hombre parecía haber sido tallado por los dioses; un suspiro escapó entre sus labios. Él había notado su expresión; los hoyuelos en sus mejillas se marcaron aún más. Ella estaba sorprendida; su cabello dorado y rizado se asoma por su frente, cayendo suavemente sobre sus ojos grises con destellos azules. Las marcas esparcidas en su piel dorada como besos de estrellas no mentían pero no eran más que leyendas. No podía ser cierto lo que esos hombres tenían entre manos.

—Debes conocer la leyenda sobre el beso de estrella y los serafines —ella asintió.

La leyenda trataba de un polvillo de estrellas que se producía en lo más alto de la fábrica de estrellas, aquella que las estrellas desprendían al volar al cielo, un cúmulo de deseos que en las manos correctas hacían más bien que mal, y viceversa, concedían deseos y alteraban la realidad con un costo. Se decía que al estar expuesto a este polvo prohibido, tu apariencia se volvía inolvidable, dejando hileras de suspiros y amores que jamás podrían volver a pisar la tierra. A ellos les llamaban serafín.




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