Lágrima de Sangre

CAPÍTULO 01

El sol acaricia mi rostro con dedos cálidos que se filtran entre las hojas del viejo sauce bajo el que descansaba. La hierba, suave y húmeda por el rocío tardío, cosquillea mi piel descubierta, y la brisa helada del mediodía juega con los mechones caoba de mi cabello, enredándose con las hojas secas del suelo.

—¿Cuánto tiempo llevo dormida...? —musité apenas, recuperando la conciencia con lentitud.

Entonces la campana resonó en los jardines con un eco rotundo: el mediodía había llegado.

—Mierda... —susurré, llevándome las manos al rostro con torpeza. Me giré con un ligero rodar sobre la hierba y me puse de pie, el corazón me comenzó a latir con ansiedad.

Me apresuré hacia el castillo, sacudiéndome como podía el vestido rosa pastel ahora decorado con hojas crujientes y pequeñas ramas enredadas en los encajes de la falda. Al pasar por uno de los arcos laterales, me deslicé hacia la cocina, procurando no hacer ruido. El aire olía a azúcar quemada y masa horneada.

En una gran mesa de madera maciza reposaban tartaletas de ciruela recién salidas del horno, aún humeantes, brillando bajo la luz que entraba por los ventanales como si suplicaran ser probadas. No me resistí. Tomé dos —una para mí y una para ella— y salí de puntillas, descalza, para no ser descubierta.

La presentación de los jóvenes prospectos a matrimonio para mi hermana estaba a punto de comenzar. Crucé el salón principal por uno de los costados, dando pequeños brinquitos mientras me calzaba los tacones bajos sin detenerme. Me coloqué detrás de Altheria justo a tiempo, fingiendo que llevaba allí todo el rato.

—Límpiate la cara antes de que se abran las puertas. Tienes ciruela en la nariz —dijo Altheria, sonriendo con disimulo mientras me pasaba un pañuelo de seda por detrás de su espalda y giraba ligeramente el rostro para verme de reojo.

—Te traje una por supuesto, hermana —susurré, extendiéndole la tarta escondida aún caliente desde uno de los bolsillos de mi vestido.

Ella limpió mi nariz con cuidado, como una madre condescendiente, y luego devoró la tarta en un solo mordisco.

—Por los dioses, Aurelisse. ¿Dónde te metiste? Tu cabello parece un nido de pájaros —bromeó, riendo mientras retiraba un par de ramitas de entre mis rizos.

Las trompetas resonaron en todo el salón. El murmullo cesó.

—Shhh... el show está por empezar —dije en voz baja, tomando la mano de Altheria un instante antes de que se separara para sentarse al lado derecho de papá. Yo tomé mi lugar al lado opuesto.

Las puertas doradas se abrieron con solemnidad. Tres nobles ingresaron al gran salón, cada uno con su comitiva, trajes formales y regalos cuidadosamente preparados para las princesas del reino. El primero, Lord Sédrik Vanyor, barón del Norte, ofrecía un escudo de plata con el emblema ancestral de su linaje y un juego de perlas negras traídas desde los lagos de hielo. El segundo, Maelor Dareth, un joven estudioso de la Universidad Real y heredero de las minas del Este, presentó un manuscrito antiguo encuadernado en piel de dragón y una caja con polvo de estrellas —una joya entre alquimistas.

El tercero... El tercero era Rowen Auren.

Alto, de porte sereno, vestía un abrigo largo color marfil y llevaba en sus manos un cofre labrado en madera viva. Al abrirlo, reveló un pequeño brote de árbol resplandeciente, vivo y palpitante. "Un símbolo de lo que crece con el tiempo y el cuidado," dijo. Junto a él, una tiara de zafiros azul profundo y un juego de anillos trabajados en oro blanco.

Papá los escuchó con atención, agradeció con cortesía sus ofrendas y concluyó con voz firme:

—La decisión será anunciada en tres semanas. Mi hija sabrá escoger sabiamente.

Los tres se retiraron con reverencias cuidadas. Uno por uno lanzaron miradas a Altheria que habrían hecho caer de rodillas a cualquier doncella.

—Mis niñas —dijo mi padre, poniéndose de pie— tengo asuntos urgentes que atender. Los presentes serán llevados a su salón personal. Las veo para la cena.

Nos besó el dorso de la mano con afecto y partió del salón. Su capa roja ondeó con elegancia, y sus pasos, acompañados del séquito, resonaron como un tambor suave hasta que las puertas se cerraron.

Me volví hacia Altheria. Tenía la mirada baja y jugaba con sus pulgares, como solía hacer cuando algo la inquietaba. El silencio se alargó.

—¿Y bien? —dije con tono burlón— ¿Quieres ver qué trajeron esos ricachones?

Ella alzó la mirada, y sonrió.

—Quien llegue primero elige primero —exclamó, y salió corriendo hacia el salón privado que compartimos desde niñas.

Ya en nuestro santuario, el Salón de las Princesas, todo parecía brillar.

Una pared entera estaba cubierta por una biblioteca de piso a techo, rebosante de tomos encuadernados, pergaminos y secretos. Había dos escritorios gemelos de marfil, uno para cada una, con plumas de cisne y frascos de tinta fresca aún sin usar. En una esquina, listones, botones, plumas y retazos de tela estaban esparcidos como si esperaran su próxima transformación. Un gran ventanal abierto dejaba entrar la luz dorada del jardín, llenando la sala de una calidez viva. En el centro, los regalos.

—Esta vez sí se lucieron estos nobles —dije, maravillada, tomando con cuidado una tiara de rubíes de su estuche, donde descansaban también un collar y pendientes a juego.

—Parece que cada vez están más ansiosos por esta boda... —dijo Altheria, dejándose caer en un sillón carmesí mientras jugueteaba con un pequeño espejo de perlas. Su voz tenía un deje de melancolía.

Después de abrir todos los regalos —algunos sorprendentes, otros absurdamente ostentosos— y de soportar una eternidad de lecciones sobre modales con la señora Elsbeth, cuya dulzura era tan afilada como una daga en terciopelo, por fin me dirigí al comedor principal donde ya esperaban allí mi padre y Altheria, siempre puntuales.

Al cruzar el umbral, las altas puertas de roble se cerraron tras de mí con un golpe seco. El silencio que reinaba en la sala me pareció casi teatral. Lo único que rompía la quietud era el eco de mis zapatillas repicando sobre el frío mármol. Nunca me ha gustado ese suelo, impersonal, resbaloso, demasiado brillante... y ruidoso. Sentía que cada paso exponía mi impaciencia al mundo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.