El sol apenas asomaba sus primeros destellos sobre el horizonte cuando terminé de sujetarme el cabello en una media coleta alta. Algunos mechones sueltos enmarcaban mi rostro, y aseguré el peinado con un listón café más oscuro que mis cabellos y el cuál hacía juego con mi vestido anaranjado, vaporoso y ligero, como las hojas que caían en esta estación. Afuera, los jardines aún susurraban con rocío, y el aroma de tierra húmeda anunciaba un día vibrante.
Salí corriendo por el sendero empedrado hasta donde el carruaje ya aguardaba. Altheria y mi padre estaban dentro, perfectamente acomodados, y uno de los caballos relinchó al verme subir apresurada. El olor interior impregnó mis fosas nasales con aroma a cera y perfume de azahar.
—Buenos días, padre —dije, dándole un beso en la mejilla. Él me respondió con una sonrisa que escondía cierta reprimenda.
—Buenos días, Aurelisse. ¿Qué hemos hablado sobre la puntualidad? —inquirió alzando una ceja, cruzándose de brazos con elegancia teatral.
El carruaje arrancó con un leve sacudón que me hizo caer sobre el asiento de terciopelo. Me reí y tomé el brazo de Altheria con cariño, como si eso pudiera detener el trote de los caballos.
—Lo siento, padre. Prometo que no volverá a pasar —dije, y él asintió, aparentemente satisfecho... por el momento.
El trayecto nos llevó por senderos bordeados de árboles encendidos de naranja, dorado y rojo. Al llegar a la explanada del festival, el corazón me dio un vuelco. Tiendas de campaña de distintos colores y telas ondeaban con el viento, ordenadas como un mosaico perfecto. El lugar bullía con vida: nobles, comerciantes, niños, soldados y campesinos, todos mezclados sin protocolo, unidos por la emoción del festival.
Fuimos escoltadas hasta nuestra carpa, donde Altheria y yo dormiríamos durante las cinco noches que durarían los juegos. Era amplia y decorada con alfombras tejidas a mano; algunas hierbas silvestres asomaban entre las costuras del suelo. Nuestras pertenencias ya estaban allí: cofres de madera fina, vestidos doblados con esmero y una bandeja con fruta fresca. Las camas, bajas y mullidas, estaban cubiertas por colchas bordadas con motivos otoñales.
Poco después, nos asignaron una dama de compañía para ambas, ya que siempre estábamos juntas. En pocos minutos la carpa se llenó de actividad: doncellas que cosían, arreglaban peinados, repasaban las rutinas del día y afuera, la música comenzaba a sonar.
—¿Cuál crees que sea el primer juego? —pregunté mientras danzaba por la amplia estancia, jugando con una flor amarilla que había encontrado en el camino.
Altheria, en cambio, se mantenía inmóvil mientras dos doncellas la rodeaban, ajustándole el vestido blanco decorado con bordados dorados. El contraste con su piel de porcelana y su cabello negro era tan perfecto que parecía una pintura viviente. Las pestañas largas, sus ojos oscuros, la figura elegante... era como una muñeca de carne y hueso.
El vestido caía sobre su cuerpo con naturalidad. Un cinturón de oro abrazaba sus caderas, ceñido con tal precisión que parecía no necesitar ningún esfuerzo para mantener la postura de una reina. La observé con admiración en silencio, hasta que las doncellas se retiraron.
Me acerqué. Ella tenía la cabeza baja, como si la habitara algún pensamiento que no quería compartir. Busqué su mirada, deseando aliviar el peso invisible sobre sus hombros, aunque las palabras no fueran mi fuerte.
—¿Lista para deslumbrar al público? —pregunté con una sonrisa que intentaba devolverle un poco de ligereza.
—Lista —respondió con suavidad, regalándome una sonrisa pequeña pero firme.
Fuimos escoltadas hasta el palco principal, una estructura de madera adornada con hiedra trenzada, telas carmesíes y estandartes dorados. Desde allí se tenía la mejor vista del campo de competencias. Nuestro padre ya aguardaba de pie, observando con solemnidad a la multitud.
La explanada bullía de emoción. Gente de todas las regiones del reino compartía pan, bebida y risas. No había títulos ni privilegios en ese instante, solo alegría compartida. Entonces, mi padre alzó la mano, y el murmullo se apagó como si alguien hubiera vaciado el aire.
Su sola presencia imponía respeto. Su porte erguido, su cabello castaño claro con luces plata cuidadosamente peinado, la corona familiar brillando con el primer sol. Llevaba la capa real, carmesí con bordados dorados, que ondeaba con el viento como si respirara.
—Habitantes de Elaria —anunció con voz clara, proyectando cada palabra hasta el rincón más lejano—. Me complace, como su rey, dar inicio a los Juegos de Otoño de este año.
Un aplauso contenido vibró en el aire.
—El premio, como ya sabrán, son mil chelines de plata... y el honor eterno de ser el ganador. Estos juegos constarán de cinco pruebas, cada una anunciada el día de su celebración. Al final, los mejores competirán en una prueba final para definir al campeón. Y recuerden, el uso de dones está estrictamente prohibido.
Se hizo un silencio reverente. Entonces, con un brillo en los ojos, mi padre continuó.
—Empezaremos con la primera prueba de eliminación. Arqueros, preparen sus flechas... y que la dirección de su tiro obedezca al mismo destino que guía su alma.
Los participantes comenzaron a alinearse. Reconocí a Maelor Dareth, uno de los nobles que nos visitó en el castillo. No me sorprendía verlo ahí, los nobles siempre querían demostrar su valía en público. A su lado, otro joven —probablemente su primo— lucía una capa de terciopelo y un carcaj nuevo. Más atrás, gemelos de ropas de cuero, con mirada alerta y arcos usados. Me recordaban a los hijos del herrero de la plaza.
Una figura femenina captó mi atención. No parecía mayor que nosotras. Llevaba pantalones y una camisa de lino manchada con tinta. Su cabello negro como la noche estaba recogido en una coleta alta y despeinada, sostenida con un listón azul. Tenía un rostro afilado, decidido. A su lado, un chico alto, ancho de hombros, con manos enormes y mirada serena. Por un instante temí que partiera su arco con solo tensarlo.
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Editado: 29.01.2026