Lágrima de Sangre

CAPÍTULO 03

El segundo día de los Juegos de Otoño amaneció envuelto en una niebla suave, como un velo de seda gris que cubría la vasta explanada. El rocío aún descansaba sobre las hojas, y los primeros rayos del sol apenas alcanzaban a colarse entre las telas de las carpas. Los comerciantes comenzaban a destapar sus mercancías, desdoblando mantas tejidas a mano, alineando collares tallados en piedra de río, disponiendo dulces de miel en bandejas que brillaban bajo la luz incierta.

Altheria y yo despertamos con la presencia silenciosa —aunque nada sutil— de cuatro doncellas que entraron sin anunciarse. Como parte de una rutina perfectamente ensayada, nos ayudaron a asearnos y prepararnos para el día. Sus manos se movían con destreza, desenredando cabellos, abrochando corpiños, atando cintas y alisando faldas sin pronunciar palabra.

De uno de los cofres de madera extrajeron dos vestidos: uno de un rosa empolvado y otro de azul claro. Ambas telas eran finas, con bordados discretos en hilo perla, perfectos para la solemnidad del segundo día de juegos.

—¿Cuál crees que será el reto de hoy? —pregunté mientras alzaba los brazos, permitiendo que me ajustaran el vestido. Una de las doncellas envolvía mi cintura con listones blancos bordados con motivos de hojas de laurel.

—Escuché a unos soldados diciendo que marcaron todo el perímetro del festival —respondió Altheria desde el taburete donde la peinaban— si no me equivoco, hoy será una carrera.

—¿Carrera... de velocidad?

—No —dijo ella, sonriendo levemente— de resistencia.

Ya listas, fuimos escoltadas hasta el palco real, donde nuestro padre aguardaba con una túnica de terciopelo granate, bordeada en oro viejo. El estandarte ondeaba detrás de él y a nuestros pies el campo se veía distinto hoy. No había estructuras ni obstáculos, solo una pista improvisada marcada con estandartes rojos y sogas bajas que delimitaban el camino. Daban la vuelta completa al festival, entre puestos, tiendas, caminos y zonas de descanso.

Mi padre se puso de pie. La multitud, al ver su figura erguida con la capa ondeando en lo alto, guardó silencio de inmediato.

—Pueblo de Elaria —comenzó, su voz profunda llenando la explanada—, en este segundo día de Juegos, la prueba será más antigua que cualquier arma... y más difícil que cualquier magia: la resistencia.

Un murmullo reverente cruzó el aire.

—Los participantes deberán completar seis vueltas alrededor del corazón de nuestro festival —dijo—. Quienes lleguen entre los primeros cuatro lugares, avanzarán a la siguiente etapa. No hay atajos, no hay pausas, no hay excusas.

Su mirada se volvió más severa.

—Y repito: el uso de dones está prohibido. Hoy gana quien sepa resistir, quien sepa mantener el paso aun cuando las piernas duelan, el aliento falte y la mente grite por detenerse.

Los corredores comenzaron a reunirse en la línea de salida, entre ellos los jóvenes nobles Dareth, uno de los gemelos hijo del herrero de la plaza, la chica de la tinta, un hombre de rostro desconocido, una mujer adulta ... y Elric, con una cinta roja atada al cabello y las mangas arremangadas hasta los codos. Su figura era menos imponente que la de otros, pero su rostro tenía determinación.

—¿Quiénes crees que pasarán? —pregunté a Altheria, sin apartar los ojos de la línea.

—No los más rápidos —respondió con certeza— sino los más inteligentes.

Me incliné hacia adelante, con el corazón latiendo de emoción. La carrera estaba a punto de comenzar.

Un cuerno grave resonó desde la torre más alta, rasgando el aire como una advertencia.

—¡Comiencen! —gritó el heraldo, y la carrera dio inicio.

Los corredores partieron con ímpetu. El sonido de sus pisadas se mezcló con el júbilo de la multitud. Algunos espectadores vitoreaban nombres; otros agitaban pañuelos o lanzaban pétalos al camino. El festival entero parecía latir al ritmo de los competidores.

La primera vuelta fue rápida, casi ceremonial. El gemelo que quedaba en competencia, salió disparado con zancadas amplias, tratando de aprovechar su fuerza desde el inicio. Maelor y Caius Dareth corrían hombro con hombro, sus movimientos contenidos, disciplinados. La chica de la tinta mantenía un ritmo constante, algo rígido, pero eficaz. Y Elric, sin destacar ni quedarse atrás, corría con pasos largos y una respiración medida.

—Está corriendo como si contara los latidos del suelo —murmuré, observando su cadencia.

—O como si supiera que la carrera se gana en la última vuelta —añadió Altheria, cruzando una pierna sobre la otra, serena como siempre.

En la segunda vuelta, las diferencias empezaron a notarse. Algunos competidores ya mostraban señales de cansancio. El gemelo jadeaba, aunque aún resistía.

En la tercera vuelta, las piernas pesaban. Vi cómo la túnica de Caius se enredaba brevemente con una cuerda decorativa de un puesto de nueces, pero él se la arrancó con decisión, quedando en camisa de lino. Maelor, en cambio, seguía con una eficiencia admirable, como si la presión no existiera.

La chica de la tinta ya mostraba sudor en la frente, pero su mirada seguía fija hacia adelante. Había algo feroz en su manera de resistir.

Y Elric...

Elric se mantenía a la mitad del grupo. No parecía forzarse, pero su postura hablaba de alguien que aún tenía reserva. Me sorprendí, porque su complexión no era especialmente atlética, pero en cada vuelta parecía leer el suelo mejor que nadie.

En la cuarta vuelta, el gemelo herrero cometió un error. Giró demasiado cerrado una curva y chocó con un niño que se había colado por debajo de la cuerda. No fue una caída, pero el tambaleo le costó segundos vitales. Su rostro, enrojecido por el esfuerzo, ya no ocultaba el agotamiento. Su respiración era errática, y aunque intentó mantenerse, era evidente que había comenzado a perder fuerza.

—Fuerza bruta sin mente clara es solo una carga —comentó Altheria sin emoción.




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