Lágrima de Sangre

CAPÍTULO 04

La noche había caído sobre el festival, y Altheria y yo nos escondíamos bajo las mantas de su cama como cuando éramos niñas, con dos velas encendidas que apenas delineaban nuestras siluetas entre sombras cálidas.

—Cuando estoy con él... —susurró Altheria con la vista clavada en el techo de la tienda— siento como si todo lo demás desapareciera. Es casi mágico.

La observé en silencio, con ternura. Aquella sonrisa que dibujaba era distinta, delicada y verdadera, una que pocas veces se asomaba en su rostro. Por un instante fugaz pensé en el giro con Caius, en su mirada, en sus manos en mi cintura. Pero lo espanté.

—¿Desde hace cuánto se ven a escondidas? —pregunté, genuinamente intrigada.

Ella negó con la cabeza, cubriéndose el rostro con ambas manos, y una risa contenida vibró en su pecho.

—Desde hace dos inviernos—dijo apenas audible, entre sus dedos.

Mi boca se abrió en un gesto de sorpresa.

—Y lo habías mantenido oculto todo este tiempo. Altheria, eres mejor espía que princesa —reí, sacudiendo la manta sobre nosotras.

La noche continuó entre confesiones, promesas a media voz y la ligereza del amor juvenil que tiñe todo de esperanza.

La mañana del tercer día me encontró despierta antes del alba. No había logrado conciliar el sueño. Sentada frente al pequeño escritorio de la tienda, me peinaba lentamente, con la mirada perdida en una mariposa que se había colado entre las telas y ahora reposaba sobre una flor seca que había recogido días atrás.

Las doncellas entraron en silencio y me ayudaron a vestirme. El terciopelo púrpura del vestido me abrazaba con más firmeza de la que hubiese deseado, y cada paso hacía que la tela se enredara con las zapatillas.

Llegamos puntuales al palco. Nuestro padre, como cada mañana, ya aguardaba erguido. Sus ojos nos buscaron al acercarnos y, sin más demora, alzó la voz para dirigirse a la multitud.

—Pueblo de Elaria —anunció— esta mañana el destino ha decidido torcer nuestros planes. Por causas de fuerza mayor, el tercer juego ha sido cancelado debido a la ausencia de suficientes competidores —hizo una pausa solemne— sin embargo, no todo está perdido: antes de que caiga el sol, se celebrará la semifinal con los valientes que aún permanecen. Hoy veremos no solo habilidad, sino determinación.

Un murmullo recorrió la explanada. La gente parecía aceptar la noticia con entusiasmo; los puestos se llenaban de nuevo, los niños corrían, los vendedores gritaban más alto.

Los participantes salieron al campo. Busqué instintivamente con la mirada.

—Falta Caius —murmuré, acercándome a Altheria.

—Se disculpó esta mañana con padre antes de que empezaran los juegos —respondió ella sin rodeos— escuché que decidió retirarse... ¿Acaso la pequeña Aurelisse muestra interés por un chico? —añadió con tono burlón, sonriendo de lado.

—Y tú pareces más relajada que hace dos días, hermana. ¿Qué pudo haber pasado mientras no estaba para ponerte de tan buen humor? —disparé sin pensar aún buscando con la mirada distraída.

La sonrisa de Altheria desapareció de inmediato, como si la hubiera arrancado con mis palabras y su rostro volvió a cerrarse. Me mordí el labio. Me había pasado. Quise disculparme, pero las palabras se me trabaron en la garganta. Así que solo guardé silencio y regresé la mirada hacia el campo, fingiendo interés en el bullicio.

El festival parecía más agitado que nunca. Con el final adelantado, los comerciantes se apresuraban a vender lo último, y los murmullos sobre la semifinal llenaban el aire como si fuera el mayor espectáculo del siglo.

El sol ya había trepado más alto de lo que creía. Las sombras en el campamento se acortaban, y el bullicio del festival parecía haber mutado en una inquietud nerviosa por la semifinal de esa tarde.

Una doncella me encontró cerca de los puestos, entre aromas de especias y risas fingidas.

—Su majestad desea verla, princesa. A solas —añadió, con una leve inclinación.

La seguí en silencio, intentando no imaginar razones. Caminamos por los corredores de tela hasta el pabellón real, donde mi padre descansaba en una tienda abierta al aire. No llevaba corona, ni manto. Solo una túnica azul marino bordada en hilo dorado y ese gesto entre la preocupación y la autoridad que solo él sabía sostener tan bien.

—Aurelisse —dijo al verme— siéntate, por favor.

Lo hice, frente a él, sobre un banco bajo con almohadones de lino. Su mirada recorrió mi rostro, como si buscara algo más allá de mis palabras.

—¿Estás disfrutando del festival? —preguntó con voz tranquila, aunque su ceño fruncido traicionaba el tono.

—Sí, padre. Ha sido... interesante —evité mentir con entusiasmo, pero tampoco fui del todo honesta.

Asintió, como si la respuesta le bastara.

—Vi que almorzaste ayer con el joven Dareth. El menor.

Sentí que mi cuello se tensaba.

—Así es. Fue amable en invitarme, no fue planeado.

Mi padre mantuvo silencio unos segundos. Luego apoyó sus codos en las rodillas entrelazando las manos bajo su barbilla y habló sin rodeos:

—¿Y tu hermana?

Mis labios se separaron apenas.

—¿Altheria? ¿Qué pasa con ella?

Su mirada se tornó más pesada, como si me colocara en un campo de batalla invisible.

—No es solo por el torneo. Es por todo. Sus silencios, su humor cambiante, su evasión constante. No quiero invadirla... pero tampoco soy ciego, Aurelisse —hizo una pausa—¿Hay algo más que debería saber sobre tu hermana?

Mi corazón dio un vuelco. Ahí estaba la pregunta. Directa. Ineludible.

Recordé los brazos de Elric rodeándola, la forma en que ella lo miraba, su risa bajo las mantas la noche anterior. Recordé también lo que significaría que mi padre lo descubriera.

Tragué saliva y bajé la mirada.

—No, padre. Altheria ha estado muy cansada, eso es todo. Quiere hacer las cosas bien, está intentando no fallarle al reino... ni a ti.




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