Lágrima de Sangre

CAPÍTULO 05

El amanecer del cuarto y último día de los Juegos de Otoño se negaba a llegar. Una oscuridad espesa aún envolvía el campamento cuando el sonido urgente de pasos rasgó la quietud de nuestra tienda. Me incorporé de golpe, con el corazón al galope.

—Princesas, su padre solicita su presencia de inmediato en su tienda —anunció una de las doncellas, entrando con el rostro pálido y la voz temblorosa. Nos ayudaron a vestirnos a toda prisa, cubriéndonos con capas gruesas mientras el frío de la madrugada se colaba sin clemencia por los pliegues de las telas.

Al llegar, la tienda real estaba custodiada por el doble de guardias. Altheria y yo nos cruzamos una mirada cargada de presentimientos antes de entrar.

El interior estaba en penumbra. Nuestro padre yacía en su cama como una sombra de sí mismo: la tez pálida, el pecho agitado, los ojos hundidos. Su figura, que apenas ayer parecía contener la firmeza de un monarca, hoy se deshacía en la fragilidad de un hombre enfermo.

—¿Padre? —preguntó Altheria con la voz ahogada, acercándose a su lado.

—¿Qué ha ocurrido? —dije al arrodillarme y tomando sus frías manos. Sentí el impulso de sacudir a los guardias con la mirada— ¿Por qué nadie ha llamado al curandero?

—El curandero del castillo dice que debemos regresar. Que... no puede tratarme aquí —respondió él, con voz ronca, como si las palabras le costaran un mundo— los juegos... se cancelan.

—Dinos qué debemos hacer, padre. —insistió Altheria, serena, pero con la mandíbula tensa.

—Altheria —dijo él, volviendo a mirarla con un dejo de autoridad— tú y Sir Corven anunciarán el fin de los juegos. Digan que es por un asunto urgente de salud real.

—Y tú, Aurelisse... —continuó, girando su mirada hacia mí con más firmeza de la que creí que le quedaba—. Mientras partimos, necesito que uses tu don.

—Claro, padre —respondimos al unísono, como si nuestra voluntad estuviera entrelazada a la suya.

Los soldados comenzaron a moverse en el exterior. Altheria salió acompañada de Sir Corven. Yo permanecí junto a él, me senté sobre un banco acolchado y entoné una melodía suave, sin palabras, una que conocía desde la infancia, tejida para calmar y sostener. Las notas salieron con dificultad, pues mi voz temblaba con el peso de la impotencia. Pero aún así, sentí cómo su respiración se apaciguaba apenas, como si el eco de mi canto sostuviera una parte de él que no quería irse todavía.

La enfermedad que lo consumía era tan antigua como desconocida. Nadie en la corte sabía nombrarla, y ya se hablaba en susurros de la "maldición de reyes": una sombra que, según los ancianos, se arrastraba sólo entre quienes alguna vez portaron la corona.

La noticia de su estado se esparció como viento entre el campamento. La música cesó. Las banderas fueron arriadas. El festival se desmoronó en cuestión de horas, con los comerciantes empacando sus pertenencias y los visitantes emprendiendo la marcha sin protestas.

Partimos en el carruaje, con la lluvia repicando suavemente sobre el techo como si el cielo llorara en nuestro lugar. Mi padre, apenas consciente, se mantuvo despierto por tramos, mirando sin ver. Altheria y yo viajamos en silencio, con los pensamientos enredados como las ramas de los árboles que desfilaban por la ventana.

Al llegar al castillo, una comitiva de sirvientes y soldados nos recibió. Mi padre fue llevado de inmediato a sus aposentos, donde el curandero lo esperaba. Quise entrar con él, pero uno de los guardias me cortó el paso.

—Son órdenes del rey. Su Majestad desea que ambas princesas continúen con su formación mientras se recupera—

Altheria apretó mi brazo. No dijimos nada. Solo miramos cómo se cerraban las puertas de su alcoba con un golpe sordo que pareció sellar algo más que madera.

Nos escoltaron hasta el salón de estudios. El lugar estaba iluminado por lámparas de aceite y el crepitar constante de la lluvia contra los vitrales altos. La señora Elsbeth, con su andar firme y voz clara, ya nos esperaba.

—Hoy hablaremos de historia —anunció, con un tono más solemne de lo habitual.

Yo apenas escuchaba. Mi mirada se perdía más allá del cristal, entre las gotas que resbalaban como lágrimas eternas por el vidrio.

—Aurelisse —su voz me trajo de vuelta. Cerró el libro frente a ella con un golpe seco obligándome a prestar atención— como decía... es momento de que comprendan lo que realmente custodian.

Nos enderezamos, Altheria más atenta que yo. La profesora caminó lentamente hasta el centro de la sala.

—La vitalidad de Elaria, de sus tierras, su gente... está equilibrada por un corazón. Una gema. El núcleo que regula la armonía entre la vida y la muerte terrenal. Una sola piedra, resguardada durante siglos por la familia Myren.

Un silencio denso se instaló en el aula tras las palabras de Elsbeth. El crepitar suave de la lluvia en los ventanales marcaba el ritmo de nuestra inquietud. Altheria y yo nos miramos con atención renovada. Hasta ese momento, la gema era apenas una leyenda familiar, mencionada en historias para dormir y antiguos textos de estudio. Pero esa mañana, en medio del dolor y la incertidumbre, tomó un peso distinto, uno real, urgente.

—¿Dónde está? —preguntó Altheria, con una firmeza nueva en la voz.

Elsbeth levantó la mirada, como si pesara cada palabra.

—En la Sala del Corazón, hay una cámara secreta en los jardines reales. Dicen que esta protegida por sortilegios, y solo puede abrirse con una llave sellada con sangre real... y una voluntad pura.

Mi garganta se cerró. Algo dentro de mí supo que esa gema podría ser nuestra única esperanza.

—¿Y puede sanar a alguien? —susurré.

Elsbeth se acercó, y su voz bajó, como si temiera que los muros la oyeran.

—Hasta donde la historia sabe, no es una gema de milagros. Pero... responde al equilibrio. Se debe tener cuidado. Su poder no es un remedio, es una balanza.

Mi pecho se comprimió. Una parte de mí quería creer que eso era suficiente. Que si llegábamos a esa sala, si tocábamos esa gema, nuestro padre se levantaría de la cama, con su fuerza intacta, con su sonrisa firme y esa mirada que parecía sostener el mundo entero.




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